Los lugares más remotos del mundo: de Tristán de Acuña al Punto Nemo

Tristán de Acuña no tiene aeropuerto y su tierra más cercana queda a 2.173 kilómetros. Once rincones del planeta, de Alert a Oimiakón, miden la lejanía en días de viaje.

No hay aeropuerto. No hay pista de aterrizaje, ni helipuerto, ni puente, ni túnel, ni carretera que enlace con otra costa. Para llegar a Tristán de Acuña hay que embarcarse y navegar durante días por el Atlántico sur hasta que en el horizonte aparece una mancha verde, empinada y volcánica, rodeada de agua por todas partes. El territorio más cercano es la isla de Santa Elena, a 2.173 kilómetros. Y Santa Elena, a su vez, queda a 1.800 kilómetros del continente africano. La aritmética de la distancia, sumada, dibuja uno de los lugares habitados más inaccesibles del planeta: unos trescientos vecinos, un dialecto propio del inglés y una vida entera organizada en torno a la llegada de los barcos.

Lo remoto admite grados, y casi nunca se mide con una sola cifra. Hay sitios a los que se llega después de dos vuelos y un transbordo; otros exigen un barco que zarpa tres veces al año, o un helicóptero, o un todoterreno que trepe por una pista de tierra durante horas. La lista que sigue reúne once de esos puntos: Tristán de Acuña, la isla Alejandro Selkirk, el tepuy Roraima, Rapa Nui, Alert, Ittoqqortoormiit, La Rinconada, la isla Macquarie, Motuo, Oimiakón y el Punto Nemo. Algunos son islas; otros, minas; otros, bases militares o pueblos construidos junto a la boca de un fiordo. Lo que comparten es una sola cosa: la distancia con respecto a todo lo demás.

La distancia como medida elástica

Un lugar puede estar lejos de la tierra firme y, al mismo tiempo, ser el centro de su propio mundo. La lejanía admite al menos tres formas de medirse: la que separa un punto de la costa más próxima, la que lo separa del núcleo de población más cercano y la que impone el calendario. En unos casos el obstáculo es el agua; en otros, el hielo; en otros, la altura. Casi nunca falla una cuarta variable: la estacionalidad. Hay sitios a los que solo se puede entrar durante unos meses, cuando el mar está en calma o cuando los lagos se han congelado lo suficiente como para soportar el peso de un vehículo.

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Esa elasticidad explica que dos lugares igual de apartados en el mapa vivan realidades opuestas. Una isla del Atlántico sur recibe un barco cada muchas semanas y organiza su despensa en función de esa visita. Un pueblo siberiano recibe su suministro por una carretera que solo existe, de verdad, en invierno. Una base militar del Ártico funciona con relevos programados y con la certeza de que ninguna otra comunidad humana se encuentra a dos mil kilómetros a la redonda. La remoción no es solo geografía: es logística, es clima y es tiempo de espera.

Tristán de Acuña, la isla sin aeropuerto

Sobre el papel, Tristán de Acuña es un territorio británico con nombre de explorador. En la práctica, es una comunidad de unas trescientas personas que no puede salir por su propio pie. Al no disponer de aeropuerto, la única vía de entrada y salida es el mar, lo que convierte cada viaje en una operación que depende del estado del Atlántico. El aislamiento tiene consecuencias que van más allá de la incomodidad: la endogamia es habitual en la isla y, con ella, la aparición de enfermedades genéticas que en poblaciones grandes quedarían diluidas entre millones de combinaciones distintas.

El mecanismo es bien conocido por la genética de poblaciones. Cuando el número de personas que pueden tener descendencia entre sí es muy reducido, los rasgos recesivos —aquellos que solo se manifiestan cuando ambos progenitores los portan— encuentran muchas más ocasiones de encontrarse. Lo que en una ciudad sería una rareza estadística se convierte en un patrón familiar repetido. A ello se añade un rasgo cultural que funciona como frontera invisible: los habitantes de Tristán conservan un dialecto propio del inglés, una variante que ha crecido aislada del resto de la lengua y que suena, a quien llega de fuera, como un idioma dentro del idioma.

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La isla Alejandro Selkirk y el náufrago de Defoe

A mil kilómetros del continente americano, en el archipiélago chileno de Juan Fernández, hay una isla que ha cambiado de nombre tres veces. Se llamó Isla de los Perros; después, Más Afuera, por ser la más alejada del resto del grupo; y desde 1966 lleva el nombre de Alejandro Selkirk, en homenaje al marino escocés que en el siglo XVIII se vio obligado a sobrevivir como náufrago en una de las islas deshabitadas del archipiélago. Aquella peripecia inspiró a Daniel Defoe la novela que dio al mundo su naufragio más famoso: Robinson Crusoe.

El presente de la isla es menos literario y más prosaico. Un barco mercante viaja hasta ella unas pocas veces al año para llevar provisiones a los pescadores y a sus familias, que se instalan allí durante la temporada de la pesca de langosta. Fuera de esas semanas, el lugar queda para las aves, el viento y una vegetación que crece sin testigos. La toponimia conserva la memoria del aislamiento: «Más Afuera» no era una licencia poética, sino la descripción literal de un punto que se veía desde muy lejos y al que casi nadie tenía motivo para ir.

Alert, el confín canadiense del Ártico

A 817 kilómetros del Polo Norte se levanta Alert, el asentamiento permanente más septentrional de Canadá. Sus únicos habitantes son los que ocupan la base militar y la estación meteorológica del país. La localidad más próxima está a más de 2.000 kilómetros, una cifra que conviene repetir despacio: entre Alert y el siguiente pueblo hay la misma distancia que entre Madrid y Moscú. Las temperaturas son extremas, con casi 40 grados bajo cero en invierno y una máxima de 3 grados en verano, y el sol se comporta de forma ajena a la de las latitudes medias.

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La recompensa llega de noche. Alert es un punto de observación privilegiado de auroras boreales, esas cortinas de luz que se encienden cuando las partículas cargadas del viento solar chocan contra la atmósfera superior y son guiadas por el campo magnético terrestre hacia las regiones polares. La comunidad que vive allí no es una comunidad heredada: es una plantilla que rota, que llega, cumple un turno y se marcha. Nadie nace en Alert por casualidad, y esa es, quizá, la definición más precisa de un lugar remoto.

Ittoqqortoormiit, el nombre que no cabe en la boca

Al este de Groenlandia, cerca de la desembocadura del fiordo de Scoresby Sund, se encuentra Ittoqqortoormiit, una población a la que no se puede llegar por carretera. El acceso se hace en helicóptero o en un barco que navega hasta allí unos pocos meses al año, lo que reduce la vida social del pueblo a dos velocidades: la temporada en que el muelle se llena y la larga temporada en que no. La localidad fue fundada por un grupo de colonos noruegos en los años veinte del siglo pasado y en ella viven cerca de quinientas personas.

Comparten territorio con osos polares, zorros árticos, ballenas y morsas, una vecindad que impone hábitos muy concretos: no se camina solo, se vigila el hielo, se escucha. El nombre, que se pronuncia con dificultad para cualquier oído ajeno, funciona casi como un filtro: quien es capaz de decirlo probablemente haya leído sobre el lugar, y quien ha leído sobre el lugar probablemente sepa que no puede ir mañana.

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La Rinconada, oro a 5.100 metros

La Rinconada no está en una isla ni en un fiordo: está en los Andes peruanos, a 5.100 metros de altitud, y es la ciudad más alta del planeta. Se accede por tierra, pero solo con vehículos todoterreno, y el asentamiento se levanta sobre un glaciar congelado de forma permanente. A esa altura, la presión atmosférica ronda la mitad de la que se respira a nivel del mar, el aire contiene menos oxígeno por cada bocanada y el frío no da treguas. Y, sin embargo, hay gente que vive allí.

El motivo es el oro. La explotación de las minas sostiene la economía de la localidad y explica por qué miles de personas aceptan condiciones que en cualquier otro lugar del mundo resultarían inimaginables. La Rinconada es la prueba de que la distancia no siempre se mide en océanos: a veces basta con subir dos mil metros para entrar en otro planeta.

Rapa Nui y el enigma de los moais

Quizá sea el más famoso de esta lista. Rapa Nui, conocida universalmente como la Isla de Pascua, es una isla chilena situada en la Polinesia, a más de 3.500 kilómetros del continente sudamericano. Para llegar hay que tomar un vuelo de siete horas desde Santiago de Chile, un trayecto que ya de por sí funciona como declaración de intenciones. A pesar de su inaccesibilidad, el lugar es conocido en todo el mundo por sus moais, las enormes estatuas antropomorfas de las que se han encontrado cerca de un millar.

Cómo se construyeron y, sobre todo, cómo se desplazaron esos monolitos sigue siendo objeto de debate entre los investigadores. Las canteras, los caminos y la tradición oral de la isla ofrecen pistas, pero ninguna respuesta definitiva: durante generaciones se ha discutido si se transportaron con trineos, con rodillos, con cuerdas o mediante un movimiento de balanceo coordinado por grupos de personas. La duda forma parte del paisaje, tanto como los volcanes apagados y el verde que rodea a las figuras.

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Roraima, dos mil millones de años de piedra

El tepuy o monte Roraima es el punto más alto de la cadena de montañas tubulares de la sierra de Pacaraima, en la frontera entre Brasil, Guyana y Venezuela. Su origen se remonta al periodo Precámbrico, unos dos mil millones de años atrás, lo que lo convierte en una de las formaciones geológicas más antiguas de la Tierra. La cima se puede alcanzar por rutas de trekking que duran hasta una semana, con tramos tan exigentes como el Paso de las Lágrimas y condiciones meteorológicas que cambian sin avisar.

El paisaje ha alimentado la imaginación popular mucho antes de que existieran los documentales de naturaleza. Sus paredes verticales y sus caídas de agua inspiraron a los animadores de Pixar: las cataratas del Paraíso que persiguen Carl y Ellie en Up remiten al gran salto de la región, el Salto del Ángel. Caminar por una superficie de roca que ya existía cuando la vida apenas empezaba a organizarse en el planeta tiene algo de viaje en el tiempo sin necesidad de máquina.

Macquarie, patrimonio entre pingüinos

En mitad del océano Pacífico, entre Nueva Zelanda y la Antártida, se encuentra la isla Macquarie, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1997 por su importancia geológica. Probablemente sea el lugar con ese título más inaccesible del mundo. Sus únicos habitantes permanentes son científicos, y su población más numerosa no vota ni firma informes: una gran colonia de pingüinos rey que ha convertido la isla en uno de los santuarios de fauna más relevantes del hemisferio sur.

La paradoja de Macquarie es que se trata de un espacio protegido y estudiado con detalle al que casi nadie puede asomarse. La ciencia llega allí con logística de expedición; el turismo, prácticamente no llega. Ese desequilibrio convierte la isla en un laboratorio puro: un lugar donde las consecuencias de la actividad humana se miden sin el ruido de la actividad humana.

Motuo, la carretera que llegó en 2013

Motuo es un condado situado en las montañas tibetanas que, debido a su altitud, estuvo aislado del resto del mundo hasta 2013, cuando el gobierno chino completó la construcción de una carretera que pasaba bajo la montaña. Hasta entonces, el acceso dependía de senderos, de temporadas y de la suerte. Desde entonces, el lugar se ha convertido en un destino particularmente popular entre mochileros, aunque la ruta se considera bastante arriesgada.

La historia de Motuo resume un fenómeno contemporáneo: la carretera como final de una era. Durante siglos, la geografía decidió quién entraba y quién salía; después, una obra de ingeniería cambió las reglas en un solo movimiento. Lo que no cambia tan rápido es la montaña, que sigue imponiendo su criterio a quien se atreve a cruzar sus laderas.

Oimiakón y la Carretera de los Huesos

Oimiakón es un pueblo de la república rusa de Sajá, en el corazón de Siberia, conocido por ser el lugar habitado más frío de la Tierra. Para llegar hasta él hacen falta dos días en coche desde Yakutsk, la ciudad más cercana, y solo se puede acceder durante el invierno, cuando los lagos y ríos que lo rodean están congelados. La autopista que conduce al pueblo se conoce como la Carretera de los Huesos, y su historia es tan siniestra como suena.

La construyeron miles de presos procedentes de los gulags de Stalin. La mayoría murió durante las obras y quedó sepultada a lo largo de la carretera, bajo el mismo trazado que hoy recorren los vehículos. Es difícil pensar en otro lugar del planeta donde la infraestructura y el memorial sean la misma cosa, donde el asfalto y la nieve cubran las mismas historias. El frío extremo, que en invierno congela el paisaje entero, conserva a la vez la memoria de lo ocurrido.

El Punto Nemo, el lugar más remoto de todos

Si la lista se ordena por distancia a cualquier costa, el primer puesto no lo ocupa una isla, ni una cumbre, ni un pueblo minero. Lo ocupa una porción de mar: el llamado Punto Nemo, el polo oceánico de inaccesibilidad, situado en el sur del Pacífico. Es el lugar del planeta que se encuentra más lejos de cualquier tierra firme, a más de 2.500 kilómetros de la costa más próxima. No hay allí nada que visitar, porque no hay nada; solo agua, cielo y una soledad que no admite compañía.

Su nombre rinde homenaje al capitán Nemo, el personaje de Jules Verne que recorría los océanos sin rendir cuentas a nadie. Y su utilidad práctica es tan curiosa como su condición: las agencias espaciales lo han elegido como destino final de satélites y estaciones fuera de servicio, precisamente porque es el sitio donde los restos de una nave tienen menos probabilidades de caer sobre algo o sobre alguien.

Después de recorrer Tristán de Acuña, Alert, La Rinconada o la isla Macquarie, el Punto Nemo devuelve la lista a su verdadero sentido. Los lugares más remotos del mundo no son aquellos a los que cuesta llegar, sino aquellos en los que la distancia se mide por lo que rodea: agua, hielo, roca, nieve. Visitar uno de ellos es, en el fondo, comprobar cuánto de nuestra vida depende de que siempre haya algo cerca.