Seguro que alguna vez te has preguntado por qué las lenguas suenan distintas aunque digan exactamente lo mismo. La respuesta, según un estudio publicado en PLOS Biology, podría estar en algo que llevas contigo desde que naciste: la forma de tu tracto vocal.
Qué han encontrado: tu paladar se nota en cada vocal
El trabajo lo firman Steven Moran y Tiena Danner, de la Universidad de Neuchâtel, junto a Marcia Ponce de León y Christoph Zollikofer, de la Universidad de Zúrich. Analizaron vídeos de resonancia magnética en tiempo real de 32 personas mientras pronunciaban las cinco vocales básicas del inglés estadounidense.
En más de 3.200 imágenes marcaron 95 puntos del tracto vocal, desde los labios hasta las vértebras del cuello, y compararon esa forma con el sonido grabado en el mismo instante. Cada persona tiene una boca distinta: el paladar, la lengua y la faringe varían en tamaño y en forma.
Al hablar compensamos esas diferencias para que nos entiendan, pero la compensación no es perfecta. Queda una huella medible en las vocales. Y no es pequeña: la forma del tracto vocal explica cerca de la mitad de las diferencias acústicas entre hablantes.
Moran lo cuenta con un ejemplo muy gráfico: alguien con un paladar largo y plano coloca la lengua de manera distinta a alguien con un paladar corto y redondeado. Compensamos muy bien, pero no del todo.
La mitad de cómo suena una vocal depende de la anatomía de quien la pronuncia, no solo del idioma que habla.
El ruido que resulta que no era ruido
La lingüística clásica atribuye los cambios de las lenguas a procesos culturales y trata las diferencias de pronunciación entre individuos como ruido. Este trabajo se suma a la línea que cuestiona esa idea.
El equipo comparó sus patrones con casi 20.000 vocales de 3.867 hablantes de diez lenguas, entre ellas el euskera, el italiano, el ruso y el hindi. La variación entre lenguas resultó proporcional a la que existe entre hablantes de una misma lengua.
Traducido a lenguaje de andar por casa: nuestra diversidad anatómica aporta parte de la materia prima con la que cada idioma construye sus sonidos característicos. Los autores proponen un modelo biocultural, en el que la anatomía filtra la variación y la cultura decide qué se queda.
Dos estudios, una misma idea (y algún pero que otro)
No es la primera vez que Moran rasca por aquí. En 2019 vinculó en Science la expansión de sonidos como la f y la v al cambio de mordida que trajo la dieta más blanda después del Neolítico. Ahora vuelve con la misma tesis: la biología sigue metiendo mano en cómo evolucionan las lenguas.
El español no estaba entre las diez lenguas analizadas, pero Danner sí lo incluyó en su tesis doctoral. Al comparar vocales, el euskera se agrupa con el español y otras lenguas romances, y Moran lo atribuye al contacto y al bilingüismo más que a la garganta: siglos de convivencia pesan más que el parentesco.
Ander Egurtzegi, fonólogo del CNRS en el laboratorio IKER de Bayona, añade matices a ese parecido y señala dos límites del trabajo: seis de las diez lenguas comparadas son indoeuropeas y las grabaciones se hicieron con los hablantes tumbados dentro del escáner, lo que puede restar naturalidad.
Moran espera que los mismos principios se cumplan en quienes hablamos español, aunque faltan datos para comprobarlo: las resonancias son de 32 personas y de una sola lengua. El siguiente paso es ampliar la muestra con resonancia tridimensional y salir de las vocales.
🧠 Para soltarlo en la cena
Tu paladar explica la mitad del sonido de tus vocales.




