Melva L. Price, la educadora que vinculó racismo y fascismo

Desde Harlem, la educadora Melva L. Price leyó la invasión italiana de Etiopía en 1935 y el golpe de Franco en 1936 como dos episodios de una misma ofensiva fascista. Recaudó fondos y material sanitario para los desplazados de ambos conflictos.

En abril de 1933, Melva L. Price entró en el comedor del hotel Hamilton, en Washington D. C., con la misma naturalidad con que lo habían hecho los demás asistentes al congreso. Acababa de participar en unas jornadas sobre activismo por los derechos civiles y pensaba comer algo antes de emprender el regreso a Nueva York. El personal del establecimiento le negó el servicio. Price era negra; varios de los delegados que la acompañaban, no. Algunos de aquellos delegados blancos se levantaron de la mesa y abandonaron el hotel en señal de protesta. De la reacción de Price, de lo que dijo o dejó de decir en aquel instante, no quedó constancia escrita.

Tenía treinta años y una carrera docente en ascenso. Había nacido en Belmont, una localidad de Carolina del Norte, el 14 de noviembre de 1902, en el seno de una familia que en 1905 hizo las maletas y se sumó a la Gran Migración, el desplazamiento masivo de afroamericanos del sur rural hacia las ciudades del norte y el oeste. Los Price recalaron primero en Nueva York, cuando la niña tenía tres años, y se instalaron en un barrio de mayoría negra de Harlem, donde encontraron empleos estables y matricularon a sus hijos en los mejores colegios que pudieron, a veces a una hora de camino de casa. Para miles de familias sureñas, aquellas ciudades del norte representaban un refugio en un país marcado por la segregación de las leyes Jim Crow y por la violencia supremacista blanca. No eran paraísos, pero ofrecían algo parecido a un punto de partida.

Ese punto de partida fue el de una mujer que, con el tiempo, convertiría la docencia en una forma de militancia y la militancia en una lectura global del mundo. Cuando en 1935 las tropas de Benito Mussolini invadieron Etiopía y al año siguiente el general Francisco Franco se alzó contra la República española, Price no vio dos guerras lejanas y sin relación, sino dos capítulos de una misma ofensiva. Su nombre, hoy poco frecuente en los manuales, pertenece a esa generación de mujeres negras que situaron los derechos humanos en el centro de su trabajo mucho antes de que la expresión tuviera un lugar estable en el vocabulario internacional.

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Una niña que lo arrasaba todo

El primer indicio del talento de Price apareció en un aula de Brooklyn. Antes de que la familia se mudara más cerca del colegio, la niña recorría cerca de una hora para asistir a la P.S. 158, una escuela primaria integrada y mixta, algo poco común en la época. Allí sobresalió por encima del resto y en 1916 se graduó con el mejor expediente de su promoción: la única chica negra de una clase de treinta y siete alumnos. Tenía trece años y ya estaba metida en tareas de activismo local y de obra cívica. Varios periódicos se hicieron eco de sus logros, y un miembro del consejo escolar local la elogió sin cortapisas: «Una niña de raza negra se lo llevó todo por delante, intelectualmente hablando».

Ocho años después, en 1924, se licenció en Hunter College y emprendió una carrera como educadora. Le apasionaba enseñar y estaba firmemente comprometida con la mejora de las instalaciones escolares para los alumnos negros de la ciudad. En poco tiempo pasó de profesora en prácticas a dirigir un departamento en un centro grande. Sus decisiones estaban guiadas, al menos en parte, por esa dedicación a los estudiantes negros.

El aula como trinchera

El esfuerzo, sin embargo, le pasó factura. Compaginaba la docencia con estudios de posgrado y le costaba seguir el ritmo de unas exigencias que no dejaban de crecer. Faltó a algunas clases por «nervios», según las cartas conservadas en el fondo Price del Schomburg Center for Research in Black Culture, en Nueva York. Es posible que también arrastrara una anemia que la obligó a apartarse temporalmente de la enseñanza para descansar y reponerse.

A la fatiga se sumó la humillación. El episodio del hotel Hamilton, en abril de 1933, no fue un incidente aislado en la vida de una profesora negra que se movía por espacios profesionales de mayoría blanca, pero sí uno especialmente elocuente: la discriminación la alcanzaba en el mismo foro donde se discutían los derechos civiles. La afrenta llegaba, además, después de años de esfuerzo por abrirse camino en un sistema educativo que reservaba a los alumnos negros instalaciones y recursos de segunda.

racismo y fascismo

Una plataforma para los derechos humanos

A lo largo de los años treinta, Price fue cambiando de escuela mientras buscaba el mejor empleo posible en una coyuntura cada vez más dura. Durante la Gran Depresión, cuando buena parte de los afroamericanos se afanaba por sobrevivir en circunstancias muy estrechas, amplió su activismo social y abrazó causas de derechos humanos como el acceso a una atención sanitaria de calidad y a una mejor educación para todos.

En ese camino se alió con la Asociación Cristiana de Mujeres Jóvenes y con Alpha Kappa Alpha (AKA), la hermandad universitaria negra más antigua del país. En ausencia de organizaciones formales dedicadas de manera explícita a los derechos humanos, grupos como las AKA ofrecían a las mujeres negras un cauce para impulsar derechos universales para todas las personas, con independencia de su estatus de ciudadanía. El trabajo social de Price con las AKA fue una plataforma vital para una maestra joven que quería llevar el activismo mucho más lejos del aula.

Harlem, en aquellos años, funcionaba como un centro de gravedad para esa tarea. No era solo el barrio donde Price tenía su casa: era un espacio donde convergían maestras, enfermeras, sindicalistas y escritoras que entendían su propia lucha como parte de una causa mayor. Desde allí, la educadora siguió con atención creciente lo que ocurría a miles de kilómetros de distancia.

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Etiopía enciende la mecha

En 1935, las tropas del primer ministro italiano Benito Mussolini invadieron Etiopía, una de las apenas dos naciones africanas que aún no habían sido colonizadas. La agresión encendió una chispa entre los activistas negros de Estados Unidos y de otras partes del mundo, y contribuyó a iluminar los vínculos entre el racismo y el fascismo más allá de las fronteras europeas. Escritores y editores negros denunciaron abiertamente la acción de Italia, y ciudadanos de a pie crearon numerosos grupos para prestar apoyo a los refugiados etíopes.

Para las mujeres negras estadounidenses, la segunda guerra ítalo-etíope fue el acicate de un interés renovado por los asuntos globales. Las empujó a intentar colaboraciones políticas transnacionales más sólidas y, sobre todo, alimentó el deseo de abogar por los derechos humanos. Price se sumó a ese impulso sin abandonar su empleo ni su ciudad: desde Nueva York, y a través de las redes que había tejido en las AKA y en la Asociación Cristiana de Mujeres Jóvenes, participó en la recogida de fondos y de materiales para quienes huían de la violencia en el Cuerno de África.

España, el otro frente

Los activistas negros estadounidenses de aquellos años señalaron las conexiones entre la invasión italiana de Etiopía y el golpe militar de Francisco Franco en España, en 1936, como prueba del ascenso desbocado del fascismo. La guerra civil española había comenzado en julio de 1936, cuando las fuerzas nacionalistas se levantaron contra el Gobierno republicano, y terminó en abril de 1939 con la rendición de los republicanos ante Franco, que gobernaría España como dictador hasta su muerte, en 1975.

Price se incorporó al Comité del Pueblo Negro para Ayudar a los Refugiados Españoles, una organización que trabajó con ahínco en auxilio de los miles de españoles y etíopes desplazados. Para ella y para sus compañeras, sostener a aquellos refugiados equivalía también a plantar cara al fascismo y al imperialismo en Europa. Era una postura valiente, y contrastaba con la posición oficial de Estados Unidos, que al estallar la contienda española se mantuvo neutral.

El compromiso de Price y sus colegas reforzó el esfuerzo de los aproximadamente tres mil estadounidenses que se ofrecieron como voluntarios durante la guerra civil española, muchos de ellos encuadrados en la Brigada Abraham Lincoln. Procedían de grandes ciudades, Nueva York entre ellas, y en su mayoría eran trabajadores industriales e hijos de inmigrantes recientes. De los voluntarios estadounidenses, alrededor de noventa eran hombres negros, entre ellos Harry Haywood, una figura destacada del Partido Comunista. La guerra ofreció además una oportunidad insólita: la de servir en un ejército integrado en el extranjero, algo impensable en casa. Unos cuantos fueron ascendidos al grado de comandante.

«Había leído el libro de Hitler, sabía de las leyes de Núremberg, y sabía que si no se iba a permitir vivir a los judíos, ciertamente sabía que los negros no escaparían».

Así lo resumió Vaughn Love, un voluntario de Harlem, al explicar por qué había decidido alistarse en la brigada. Su razonamiento condensaba la intuición que compartían Price y tantas otras: que el odio racial y el odio fascista no eran fenómenos separados, sino dos caras de un mismo proyecto de dominio. La Segunda Guerra Ítalo-Etíope y la contienda española dejaron de ser, en esa clave, asuntos ajenos.

Los que cruzaron el océano

Entre los estadounidenses que combatieron en España hubo nombres que la memoria ha conservado con dificultad. Oliver Law, organizador sindical de Chicago, se convirtió en el primer afroamericano en mandar a soldados blancos estadounidenses en combate. Las mujeres negras no podían alistarse para combatir, pero también se ofrecieron voluntarias, a menudo en los servicios médicos.

El caso de Salaria Kea es el más documentado. Cuando Italia invadió Etiopía, Kea formaba parte de la red diaspórica de activistas que tendieron la mano. Con el apoyo de otras enfermeras de Harlem, envió abundante material sanitario a Etiopía y participó en una campaña neoyorquina que culminó con el envío al extranjero de un hospital de campaña con capacidad para setenta y cinco camas. Dos años después, con la guerra española ya en marcha, Kea zarpó de Nueva York integrada en un equipo médico voluntario formado por doce enfermeras y médicos en apoyo de la España republicana.

Para Kea, comprobar de primera mano la situación de la población rural empobrecida en España confirmó la importancia de defender unos derechos universales e irrenunciables. A su regreso a Estados Unidos, en 1938, se unió a un grupo de mujeres negras internacionalistas profundamente comprometidas con desmantelar el racismo y el fascismo. Como había hecho antes, envió suministros médicos y alimentos al extranjero. En agosto se sumó a Thyra J. Edwards, del Comité del Pueblo Negro para Ayudar a la Democracia Española, en una gira por las principales ciudades del noreste, el sur y el medio oeste para recoger materiales y reunir fondos con los que enviar una ambulancia a la España republicana.

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El Comité del Pueblo Negro, que en aquellos años treinta incluía a un nutrido grupo de mujeres negras internacionalistas, funcionaba como mucho más que una organización de socorro. En los años turbulentos de la Gran Depresión ofreció a Kea, a Price, a Edwards y a otras mujeres negras un espacio donde reclamar justicia global e igualdad de oportunidades. Las colaboraciones políticas de Price en esos años dejan entrever su conciencia racial de alcance mundial: tejió vínculos significativos con activistas de dentro y de fuera del país y siguió de cerca la actualidad internacional.

El viaje del Berengaria

Price también viajó al extranjero con frecuencia. El 2 de julio de 1936 zarpó de Estados Unidos a bordo del vapor Berengaria en compañía de su amiga y colega docente Lucile Spence, con la idea de recorrer Europa. Se detuvieron en Bélgica, Alemania y Polonia, además de en varios lugares de la Unión Soviética. Aunque había planeado el viaje como unas vacaciones, el recorrido le sirvió para profundizar en su conocimiento de la vida y la cultura rusas.

En una conversación con un periodista durante su estancia, Price elogió la nueva constitución soviética por consagrar la igualdad educativa: «Nada en ninguna otra constitución podría ser más grandioso, sobre todo cuando uno se da cuenta de que la constitución soviética significa exactamente lo que dice». Spence, por su parte, añadió: «Aquí, en la Rusia soviética, hay una democracia real en la educación, en el sentido de que a cada ciudadano se le da plena oportunidad de desarrollar cualquier interés cultural que pueda atraerle». Las dos trazaron un contraste tajante entre el sistema educativo estadounidense y las oportunidades que creían ver en la Unión Soviética, que juzgaban mucho más equitativas. La práctica de la segregación y la discriminación en las escuelas norteamericanas, sostenía Price, socavaba cualquier noción de democracia.

La grieta del ideal

Su valoración de la igualdad de oportunidades, la democracia y el acceso a la educación en Rusia era mucho más idealista que ajustada a los hechos. Como otras mujeres negras de la izquierda comunista de la época, Price pasó por alto las políticas imperialistas de la Unión Soviética y las desigualdades que persistían en su sociedad, entre ellas el maltrato a las minorías étnicas. La historia de James Lloydovich Patterson, hijo de un escenógrafo afroamericano y una artista ucraniana, que apareció en 1936 en una película de propaganda soviética que satirizaba el racismo en Estados Unidos, ilustra hasta qué punto la imagen que Moscú proyectaba de sí misma podía resultar seductora para quien llegaba desde un país segregado. Patterson se convirtió después en un símbolo de la unidad racial en la Unión Soviética.

Si Price tenía un punto ciego respecto a los crímenes y los abusos contra los derechos humanos cometidos en la Unión Soviética, en cambio estuvo mucho más atenta al imperialismo japonés. En mayo de 1938 expresó su preocupación por el creciente número de activistas negros estadounidenses que buscaban colaboraciones políticas con Japón. Aquellos sentimientos no eran nuevos en las comunidades afroamericanas, pero en los años treinta habían ganado terreno. La misma mujer que celebraba la constitución soviética desconfiaba de las alianzas que se tejían en el Pacífico, y esa mezcla de entusiasmo y recelo dibuja el retrato de una activista que pensaba el mundo entero, aunque a veces lo viera con la luz que más le convenía.

La coherencia de Price no residía en acertar siempre, sino en no dejar de mirar. De la Etiopía de 1935 a la España de 1936, de las aulas de Brooklyn a los muelles del Berengaria, fue construyendo un mapa en el que la segregación del sur estadounidense, el colonialismo italiano en África y los golpes militares en Europa ocupaban el mismo plano. Pocas de sus contemporáneas sostuvieron esa escala de análisis con tanta insistencia.

Melva L. Price no dejó un tratado ni un manifiesto. Dejó una obra dispersa en cartas, campañas, colectas y clases. Entre la niña que en 1916 se llevaba todos los premios de su promoción en Brooklyn y la mujer que en 1938 seguía recaudando fondos para ambulancias y hospitales de campaña media una misma convicción: que la dignidad no admite fronteras ni excepciones, y que el racismo que la había expulsado de un comedor de Washington no era un asunto local, sino la versión doméstica de una amenaza que en aquellos años avanzaba por Etiopía, por España y por media Europa. Su nombre rara vez figura en los grandes relatos de la época. Su trabajo, sin embargo, está en la urdimbre de todos ellos.