Hay novelas de la Segunda Guerra Mundial escritas desde la distancia y otras escritas desde dentro. Esta lista reúne cinco del segundo tipo: libros firmados por hombres que estuvieron en el frente y que, desde las primeras páginas, meten al lector en el barro, el frío y el ruido de la primera línea. Stalingrado aparece dos veces, desde experiencias muy distintas. También el Pacífico, el frente oriental de la Wehrmacht y un frente finlandés que casi nunca entra en los recuentos habituales del género.
El criterio es la inmediatez: autores que combatieron y que escribieron sobre lo que vieron, no sobre lo que leyeron. Grossman pasó cinco meses en el frente del Volga como enviado de Estrella Roja; Nekrásov fue teniente de zapadores en Stalingrado; Mailer publicó a los veintiséis años lo que había vivido en el Pacífico; Heinrich sirvió en la Wehrmacht y fue herido cinco veces; Linna noveló la Guerra de Continuación finlandesa. No todas están en el canon habitual, pero ninguna deja al lector en la retaguardia.
4«La cruz de hierro», de Willi Heinrich: la Wehrmacht desde dentro
Willi Heinrich (Heidelberg, 1920 - Dobel, 2005) sirvió en la 101.ª División de Jäger de la Wehrmacht y fue herido cinco veces en el frente oriental. De esa experiencia nació Das geduldige Fleisch (1955), traducida en los años sesenta como Carne paciente y rebautizada después como La cruz de hierro para aprovechar el tirón del filme de Sam Peckinpah (1977). Ese origen es lo que la distingue: no hay aquí un observador externo, sino un hombre que estuvo dentro y reconstruye el frente del Este desde la piel del soldado raso. Inédita Editores la recuperó en español en 2008. Frente a la propaganda y a los relatos de los vencedores, la novela ofrece la mirada incómoda del que combate en la Wehrmacht y descubre que el enemigo no siempre está enfrente.
Ambientada en 1943 en la cabeza de puente de Kubán, tras la caída de Stalingrado, la historia sigue al sargento Rolf Steiner y a su pelotón en una retirada que los empuja por trincheras, bosques y pueblos en ruinas. La tensión no procede solo del Ejército Rojo, sino del capitán Stransky, un aristócrata prusiano que llega desde Francia obsesionado con ganar la Cruz de Hierro y para quien los soldados son piezas sacrificables. Heinrich sostiene buena parte del relato en los diálogos entre unos camaradas que se odian y se protegen a partes iguales, y en la lógica brutal de quienes ya solo luchan por sobrevivir. Esa mezcla de fango, miedo y política de despacho es lo que convierte al libro en un descenso literal a la trinchera.
