Este miércoles 25 de febrero el Estado ha iniciado formalmente la publicación de los archivos secretos del 23F, el intento de golpe de Estado de 1981. Este proceso pone fin a décadas de espera, permitiendo que todo aquel interesa pueda acceder desde La Moncloa a informes, telegramas y comunicaciones que han permanecido bajo llave hasta este momento.
Sin embargo, los documentos de aquel 23F tienen más de 45 años. Durante este tiempo, el papel se ha ido estropeando y las tintas de las máquinas de escribir se han vuelto muy sensibles. Un escáner normal de oficina destrozaría estos folios en segundos debido a la presión de las piezas y el calor de las lámparas. El roce del papel contra el cristal bastaría para borrar frases enteras de comunicaciones confidenciales que nunca han visto la luz.
Para evitar este desastre, el Gobierno utiliza escáneres robóticos con ayuda del IPCE, la sede del Instituto del Patrimonio Cultural de España, una subdirección general del Ministerio de Cultura dedicada a la investigación, conservación y restauración del patrimonio cultural español. Estas máquinas, que cuestan más de 30.000 euros por unidad, funcionan de forma segura. El documento se coloca en una base especial y una cámara de alta resolución toma la imagen desde arriba. No hay presión ni piezas que aprieten el papel. Utilizan lámparas de luz fría que no dañan el material. La luz normal altera la química de la tinta antigua y haría que el texto desapareciera para siempre al intentar capturarlo.
PROTECCIÓN CONTRA EL ESPIONAJE PARA BLINDAR LA SEGURIDAD DE LOS ARCHIVOS DEL 23F
Al convertir el papel en archivos digitales, los riesgos cambian. El objetivo del Estado es evitar que algún intruso o servicio de espionaje robe la información antes de que se publique. Por eso, el Gobierno utiliza una técnica militar llamada aislamiento físico. Esto significa que los ordenadores donde están los documentos no tienen conexión a internet ni cables de red. Son equipos que funcionan de forma aislada para que nadie pueda entrar en ellos desde fuera.
Para mover los datos de un sitio a otro, un técnico con un nivel de seguridad muy alto debe entrar físicamente en la sala acorazada. Solo se pueden usar discos duros protegidos que funcionan exclusivamente en esos equipos. Es la forma de garantizar que nadie pueda entrar en el ordenador desde el exterior. Si no hay conexión, no hay posibilidad de robo digital.
El Estado español no confía los secretos del 23F a internet ni a discos duros convencionales para su guardado a largo plazo. La tecnología elegida es la cinta magnética, que es un sistema muy resistente. Estos cartuchos guardan muchísima información y tienen una ventaja fundamental: una vez que se graban y se guardan en una estantería blindada, no necesitan energía para mantener los datos a salvo.

Un disco duro puede fallar por un problema eléctrico o un golpe, pero una cinta magnética bien guardada garantiza que la información estará intacta durante más de 30 años. Es el sistema que usan el ejército y las grandes empresas para sus copias de seguridad más críticas. El rastro de los telegramas de Zarzuela o los informes del antiguo servicio de inteligencia permanecerá disponible para los historiadores del futuro gracias a este soporte físico.
LA LIMPIEZA DE DATOS PARA ELIMINAR RASTROS DE CENSURA
Antes de que cualquiera pueda descargar los archivos, estos pasan por un proceso de limpieza profunda. No sirve de nada poner un recuadro negro encima del nombre de un agente o de una dirección secreta. Si se hace de forma superficial, alguien con conocimientos informáticos podría quitar esa capa y ver lo que hay debajo. El Ministerio de Defensa utiliza programas que eliminan por completo el texto censurado del archivo digital.
Este proceso asegura que, cuando el Gobierno decide que un dato debe seguir siendo secreto por seguridad nacional, ese dato desaparece de verdad. El trabajo destapado este miércoles incluye la revisión de cada folio por expertos en seguridad que confirmen que no se ha dejado ningún rastro oculto. Es una tarea lenta que explica por qué la apertura de los archivos del 23F se hace por partes y de forma escalonada.

Los documentos de los años 80' están llenos de manchas, arrugas e impresiones borrosas. Para que estos papeles sean útiles, el sistema necesita poder buscar palabras dentro de ellos. Se emplea una inteligencia artificial entrenada en caligrafía antigua y tipos de letra de máquinas de escribir de la época, las que se usaban en los cuarteles y ministerios en 1981.
Este programa ignora las manchas de humedad o los tachones y entiende qué letra hay debajo. El sistema convierte la imagen en texto digital. Esto permite que los investigadores encuentren resultados en un segundo al introducir nombres o lugares clave. Es dar capacidad de lectura inteligente a unos papeles que han estado guardados durante casi medio siglo en carpetas de cartón.
MÁXIMA TRANSPARENCIA PARA GARANTIZAR LA AUTENTICIAD DE LOS DOCUMENTOS ORIGINALES
El uso de estas máquinas busca que la transparencia sea total. Al usar escáneres que muestran hasta el relieve del papel, se transmite la sensación de que lo que el ciudadano ve en su pantalla es exactamente igual al archivo físico. La calidad de la imagen es fundamental para demostrar que no ha existido ninguna manipulación en los documentos originales.
Desde hoy, los documentos desclasificados sobre el intento de golpe de Estado del 23-F de 1981 pueden consultarse.
— La Moncloa (@desdelamoncloa) February 25, 2026
Un paso más en el compromiso por la transparencia sobre nuestra historia democrática.
Documentos accesibles, aquí 👇🏼https://t.co/RJObQSr3s5 pic.twitter.com/EQ38M4FuCw
Con la publicación que ha comenzado este miércoles, se pone a prueba todo este equipo. Los servidores de la web de La Moncloa se han reforzado para aguantar la gran cantidad de visitas de historiadores de todo el mundo. El uso de las máquinas más modernas sirve para que la democracia española mire de frente a su pasado, protegiendo la verdad de lo que ocurrió aquella noche de febrero.

