El acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur se ha convertido en ese invitado que nadie quiere en la mesa, pero que los anfitriones de Bruselas se empeñan en sentar a toda costa. Tras más de dos décadas de negociaciones que parecían enterradas en el cajón de los imposibles, la Comisión Europea ha decidido que este es el momento de pisar el acelerador.
Sin embargo, en el camino se ha encontrado con una resistencia que no entiende de ideologías. Desde las asociaciones agrarias hasta los colectivos animalistas, el rechazo es prácticamente unánime. El divorcio entre la burocracia europea y la realidad del campo y la calle es, hoy más que nunca, absoluto.
EL CAMPO ESPAÑOL Y EUROPEO EN PIE DE GUERRA POR EL ACUERDO DE MERCOSUR
Para el agricultor y el ganadero español, Mercosur no es una oportunidad de mercado, es una sentencia de muerte por competencia desleal. El argumento de los productores es tan sencillo como demoledor: mientras Bruselas asfixia al campo europeo con normativas verdes, exigencias fitosanitarias extremas y burocracia asfixiante, el acuerdo pretende abrir la puerta a toneladas de carne, azúcar y cítricos procedentes de Brasil o Argentina que no cumplen ni la mitad de esas reglas.

No se trata de proteccionismo barato, sino de supervivencia. El sector primario denuncia que es imposible competir en precios cuando a ti te prohíben usar ciertos pesticidas -por salud pública o ecología- mientras se permite la entrada de productos importados que sí los llevan.
En este escenario, el acuerdo con Mercosur se percibe como la estocada definitiva para un sector que ya vive en el límite. Las protestas de los tractores que colapsaron las capitales europeas el año pasado tenían un nombre en el punto de mira, y ese nombre sigue siendo el mismo.
LA PREOCUPACIÓN ANIMALISTA Y EL MEDIO AMBIENTE POR MERCOSUR
Por otro lado, los colectivos animalistas y ecologistas han encontrado en este pacto un enemigo común. Bruselas presume de ser el faro de la sostenibilidad mundial, pero el acuerdo con Mercosur parece ignorar sistemáticamente lo que ocurre al otro lado del Atlántico.
Los estándares de bienestar animal en las macrogranjas sudamericanas están a años luz de los niveles exigidos en la Unión Europea. Abrir el mercado a gran escala significa, en la práctica, incentivar modelos de producción que aquí serían ilegales.

A esto se suma la herida abierta de la deforestación. La Amazonía sigue siendo el gran sacrificio en favor de la expansión de las tierras de cultivo y pastoreo. Aunque la Comisión Europea asegura que el acuerdo incluye cláusulas espejo y compromisos climáticos, la realidad es que los mecanismos de control son, en el mejor de los casos, deficientes. Para los animalistas, es una hipocresía flagrante defender el bienestar animal y la ecología en suelo europeo mientras se financia su destrucción a miles de kilómetros.
BRUSELAS CONTRA TODOS: LA OBSESIÓN DE LA COMISIÓN
Llegados a este punto, la pregunta es obligada: si los productores no lo quieren y los activistas tampoco, ¿por qué Bruselas sigue adelante? La respuesta está en la geopolítica y en los despachos de las grandes potencias industriales, especialmente Alemania.

Para la industria automovilística y de maquinaria pesada, Mercosur es un mercado de 270 millones de consumidores hambrientos de tecnología europea. El intercambio parece claro, coches europeos por carne y soja sudamericana. Un trueque donde el sector agrícola es la moneda de cambio.
Ursula von der Leyen y su equipo están empeñados en amarrar este pacto para no perder terreno frente a China en América Latina, pero esa urgencia ignora por completo el incendio social que está provocando. Y ahí es donde aparece el gran obstáculo, y esa es Francia.
MACRON LIDERA A LOS PAÍSES EUROPEOS QUE SE PLANTAN A MERCOSUR
Emmanuel Macron lidera a los países que se plantan y exigen garantías que nadie cree que se vayan a cumplir. El presidente francés no es que sea un romántico del campo, es que es un pragmático. Sabe perfectamente que firmar el acuerdo tal cual está supondría prenderle fuego a su país. En Francia, los agricultores no solo protestan; tienen el poder real de poner en jaque a cualquier Gobierno, y Macron no va a suicidarse políticamente por una medalla comercial en Bruselas.
La política, cada vez más, se decide en la calle. Lo que Bruselas planea como un gran hito comercial se ha transformado en un símbolo de la desconexión de las élites europeas. Se habla de un anexo al tratado para calmar los ánimos, un documento que refuerce los compromisos ambientales, pero para la mayoría de los actores implicados es solo maquillaje para un acuerdo que nace muerto.
Habrá que ver si en los próximos meses la Comisión Europea sigue intentando imponer un pacto que no tiene apoyos sociales o si, finalmente, la presión de los estados miembros y de los sectores afectados logra frenar lo que muchos consideran un suicidio económico y ecológico. Por ahora, la sombra de Mercosur sigue planeando sobre Bruselas, pero cada vez con menos amigos y con un campo que ya no está dispuesto a callar.
- Más información: Milei, el sorprendente socio de Sánchez por el acuerdo UE-Mercosur.







