Dinero inmediato por hacer casi cualquier barbaridad: el auge de los directos extremos pone en el foco a Twitch y YouTube

Quemarse en directo, ingerir sustancias peligrosas o aceptar retos físicos extremos a cambio de donaciones ya no es una rareza, sino parte del espectáculo habitual en algunas plataformas.

¿Urgencia económica? ¿Necesidad de atención? ¿Hasta dónde estaría alguien dispuesto a llegar por unos euros en directo? ¿Y hasta dónde estamos dispuestos a mirar los demás sin cerrar la pestaña? El auge de los directos extremos ha convertido internet en un escaparate donde la humillación, la autolesión y el consumo de drogas se retransmiten casi en tiempo real.

Lo que empezó como contenido marginal se ha transformado en una economía paralela que mueve miles de millones y que se alimenta de donaciones, anonimato y plataformas con controles laxos. No es ficción ni exageración, hay personas bebiendo hasta perder el conocimiento, drogándose ante la cámara o dejándose golpear mientras una audiencia paga para que no se detengan.

Las muertes recientes de varios streamers han puesto el foco en un fenómeno incómodo que ya no puede ignorarse. Porque detrás del morbo hay dinero, plataformas que miran hacia otro lado y espectadores que sostienen el sistema.

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Humillarse, drogarse o autolesionarse: cuando el directo se convierte en moneda de cambio

Humillarse, drogarse o autolesionarse: cuando el directo se convierte en moneda de cambio
El caso más extremo ha sido la muerte en directo de Sergio Jiménez, presuntamente tras consumir alcohol y drogas. Fuente: Agencias

Los llamados “directos extremos” no van de videojuegos ni de entretenimiento ligero. Van de personas que se rapan el pelo, se emborrachan hasta el coma etílico, consumen cocaína en cámara o aceptan vejaciones físicas a cambio de donaciones. En algunos casos, los retos incluyen ingerir grandes cantidades de alcohol, pasar días sin dormir o someterse a humillaciones públicas cada vez más degradantes.

España no es ajena a este fenómeno. Streamers conocidos han pasado de tener una carrera profesional estable a sobrevivir a base de donaciones por las que se exponen a situaciones claramente autodestructivas. El caso más extremo ha sido la muerte en directo de Sergio Jiménez, presuntamente tras consumir alcohol y drogas mientras su audiencia le pedía que continuara. No fue un accidente aislado, sino el desenlace de una dinámica que llevaba tiempo normalizándose.

Plataformas permisivas, dinero rápido y una audiencia que empuja

Plataformas permisivas, dinero rápido y una audiencia que empuja
El algoritmo premia lo que retiene atención. Fuente: Agencias

Kick se ha convertido en el refugio principal de este tipo de contenidos, pero el problema no nace de la nada. Twitch y YouTube han endurecido normas, sí, pero durante años permitieron retos extremos, maratones sin descanso y emisiones donde el límite era difuso. El algoritmo premia lo que retiene atención, y pocas cosas enganchan más que ver hasta dónde puede llegar otra persona antes de romperse.

El sistema es simple y perverso, cuanto más extremo es el contenido, más donaciones llegan. El streamer recibe dinero inmediato, la audiencia siente que controla lo que ocurre y la plataforma se lleva su parte. En muchos casos, los donantes ni siquiera pagan dinero, pagan la droga o el alcohol que el creador consume en directo. Todo ocurre bajo una capa de eufemismos, chats privados y enlaces externos que esquivan la moderación.

El espejo incómodo: por qué miramos y qué responsabilidad tenemos

El espejo incómodo: por qué miramos y qué responsabilidad tenemos
Mientras haya audiencia, habrá alguien dispuesto a cruzar una línea más. Fuente: Agencias

Este fenómeno no se sostiene solo por quienes se exponen, sino por quienes miran, comentan y pagan. Hay algo profundamente humano (y preocupante) en la atracción por la caída del otro. El rechazo y el morbo conviven, y esa tensión mantiene a miles de personas conectadas durante horas, aunque sepan que lo que están viendo es real y peligroso.

Las plataformas están empezando a cerrar canales tras la presión mediática y judicial, pero el debate de fondo sigue abierto. ¿Dónde están los límites del entretenimiento? ¿Quién responde cuando el sufrimiento se convierte en contenido rentable? Si el dolor genera clics y los clics generan dinero, quizá la pregunta más incómoda no sea qué hacen los streamers, sino qué estamos dispuestos a consumir como público.

Porque mientras haya audiencia, habrá alguien dispuesto a cruzar una línea más. Y cada directo extremo dice mucho menos de quien se humilla que de la sociedad que lo convierte en espectáculo.

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