Hay sabores que no necesitan artificios. Las castañas asadas en freidora de aire conservan esa esencia humilde y reconfortante que transforma cualquier momento en una pausa cálida. Crujen por fuera, quedan tiernas por dentro y llenan la cocina de un aroma que invita azón y hogar, pero con la comodidad de la cocina actual.
La freidora de aire consigue algo casi mágico. El calor seco y constante abre la castaña justo en su punto, evitando que se reseque y logrando una textura suave, cremosa y natural, sin necesidad de horno ni fuego directo.
Ingredientes
- 500 g de castañas frescas
- Agua fría
- Un cuchillo pequeño y bien afilado
Nada más. Cuando el producto es bueno, sobra lo demás.
Preparación paso a paso
1. Limpieza y corte
Lava bien las castañas y sécalas. Haz un corte en forma de cruz en la parte más abombada. No es un gesto menor. El corte permite que la castaña se abra sin estallar y se pele con facilidad, marcando la diferencia entre un buen resultado y uno frustrante.
2. Remojo breve
Déjalas en agua fría entre 10 y 15 minutos. Este paso ayuda a que el interior quede más jugoso. La humedad inicial protege la pulpa durante el asado, manteniendo su textura melosa.
3. Freidora de aire
Escúrrelas bien y colócalas en la cesta, en una sola capa. Cocina a 180 °C durante 15 minutos. A mitad de tiempo, agita ligeramente la cesta para que el calor se reparta. El sonido de la piel abriéndose es la mejor señal de que todo va bien.
4. Reposo corto
Sácalas y cúbrelas con un paño limpio durante 5 minutos. Este gesto sencillo hace maravillas. El vapor termina de separar la piel y concentra el sabor, facilitando que se pelen casi solas.
Consejos que marcan la diferencia
- Si las notas poco abiertas, añade 2 o 3 minutos más, siempre vigilando.
- Pélalas en caliente; cuando se enfrían, la piel se aferra.
- Acompañan igual de bien un café, una copa de vino o una charla tranquila.
Las castañas asadas en freidora de aire demuestran que la cocina tradicional no está reñida con la tecnología. Solo cambia el camino, no el destino. Siguen siendo ese bocado sencillo que reconforta, que se come despacio y que, sin saber muy bien por qué, siempre apetece repetir.







