Jamás laves el pollo crudo bajo el grifo: la advertencia de Sanidad sobre la bacteria que esparces por toda tu cocina

Creemos que el agua purifica, pero en este caso actúa como un aspersor de patógenos invisibles que colonizan la encimera y el escurridor. Las autoridades sanitarias son tajantes: pasar el ave por el chorro no elimina las bacterias, solo las invita a una fiesta en tus cubiertos limpios, creando un problema de salud pública en tu propia casa.

Llevamos toda la vida viéndolo hacer en casa, como si fuera un ritual higiénico inquebrantable antes de echar el pollo a la sartén o al horno. Sin embargo, lo que nuestra intuición nos vende como limpieza es, en realidad, un error de seguridad alimentaria de manual que pone en riesgo la salud de toda la familia sin que nos demos cuenta. Es esa falsa sensación de seguridad lo que convierte este gesto cotidiano en algo tan peligroso.

Al meter la pechuga o los muslos bajo el agua, no estamos matando bichos, sino dándoles un trampolín para saltar a la encimera, los trapos o esa manzana que te ibas a comer. Los expertos advierten que el agua dispersa bacterias como la Campylobacter a casi un metro de distancia mediante salpicaduras que el ojo humano es incapaz de percibir. Y una vez ahí, el problema deja de estar en la carne para estar en todas partes.

Pollo crudo, el efecto aspersor: por qué tu fregadero es una zona de guerra bacteriológica

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La física de fluidos es caprichosa y, al chocar contra la superficie irregular de la carne, el agua se fragmenta en microgotas invisibles. Es en ese preciso instante cuando se produce una lluvia microscópica de patógenos que aterriza sobre los platos limpios que dejaste escurriendo al lado.

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No hace falta que veas un charco para que el daño esté hecho; el radio de acción de estas partículas puede superar los cincuenta centímetros fácilmente. Lo más irónico es que creemos estar limpiando la comida cuando lo único que logramos es ensuciar todo lo que la rodea de forma silenciosa.

Campylobacter: el enemigo silencioso que vive en tu pollo y no conocías

Aunque la salmonela se lleva siempre la fama en los telediarios, la campilobacteriosis es la causa más común de gastroenteritis en Europa y suele venir de las aves. Este microorganismo es un superviviente nato que aprovecha la humedad para desplazarse y colonizar superficies inertes esperando su oportunidad.

Una infección por esta bacteria no es ninguna broma, dejándote fuera de juego varios días con dolores abdominales severos y fiebre alta. Lo curioso del asunto es que basta una carga viral muy baja para tumbar a un adulto sano, por lo que esas gotitas invisibles son munición suficiente para enfermarte.

El único "desinfectante" real es el calor de tu sartén

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Hay que meterse esto en la cabeza: la única forma efectiva de eliminar los patógenos de la carne cruda es cocinarla adecuadamente por encima de los 70 grados. El fuego es implacable, mientras que el agua del grifo es totalmente inofensiva contra estas bacterias adheridas a la piel o la fibra muscular.

Olvídate del limón o el vinagre, que tampoco hacen milagros; lo que necesitas es asegurar que la pieza no quede rosada en su interior bajo ningún concepto. Los chefs profesionales saben bien que la seguridad está en la temperatura interna y no en darle un baño previo al animal antes de cocinarlo.

Si ya lo has hecho, ¿cómo demonios descontamino la cocina?

Si has leído esto tarde y acabas de lavar la carne, no entres en pánico, pero tampoco te quedes de brazos cruzados esperando a ver qué pasa. Lo urgente ahora es limpiar la zona con papel desechable y usar un desinfectante o lejía diluida para repasar la encimera y el fregadero a conciencia.

La próxima vez, saca la bandeja de la nevera y viértela directamente en la cazuela sin pasos intermedios ni enjuagues innecesarios. Es un cambio de hábito pequeño, pero te ahorrará más de un disgusto gastrointestinal y mantendrá tu cocina como un verdadero santuario seguro.

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