Las asignaturas de las emociones

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Las asignaturas de las emociones es una campaña que nace de los programas EduCaixa y CaixaProinfancia y que tiene como objetivo reconocer la labor tanto del profesorado como de los educadores y educadoras sociales en la educación emocional de los más pequeños. Para ayudarlos, hemos creado un Calendario de las Emociones que puedes descargarte aquí. Porque en cada barrio, en cada pueblo, existen referentes educativos que se esfuerzan sobre todo en que sus alumnos aprueben las asignatura de las emociones, en una sociedad cada vez más centrada en la productividad y el éxito. Seguro que os viene a la mente alguien que os marcó en la infancia, alguien como Carlos Rodríguez, psicólogo volcado en la educación en el proyecto Hogar Abierto de Málaga, con el apoyo de CaixaProinfancia, programa que acompaña a las familias que se encuentran en situación de vulnerabilidad en la gestión emocional de los pequeños; o Xavier López, director de la escuela Octavio Paz y facilitador del programa Liderazgo para el aprendizaje de EduCaixa. Porque tan importante es educar en el saber como en el ser.

Para llegar al contenido, es mucho más rápido hacerlo con un trabajo en las emociones”, afirma convencido Xavier, que llegó hace seis años a la escuela Octavio Paz y consideró que “el modelo de educación necesitaba ser revisado” y asumió “el reto de adaptarse a las necesidades de las familias, niños y maestros”, ya que estos últimos “tienen que estar motivados y tener ilusiones para ser modelos”.

¿Cómo hicieron todo esto? “Abriendo las escuelas al barrio”, buscando reuniones constantes con las familias de los alumnos. “Vivimos, como dice Irina Bokova (exdirectora de la UNESCO), en un mundo bajo presión, y teníamos que ver cómo la escuela podía diseñar un proyecto educativo para la vida, para que los niños fueran emocionalmente fuertes”. La escuela busca educar “alumnos críticos, resilientes, perseverantes, con capacidad de adaptación y que entiendan la diversidad de género”, reflexiona López.

Aunque la propuesta sea innovadora, parte de la esencia es tan sencilla como “escuchar qué les pasa a los alumnos, qué pasa en sus hogares” para alcanzar “un equilibrio entre las habilidades sociales y cognitivas, que son habilidades en definitiva para la vida”. De hecho, Xavier cree que haber ido a una escuela rural, en un pequeño pueblo, donde la relación era muy próxima entre la escuela y las familias, le ayudó en su educación emocional.

Con ese trabajo (y mucho más, cuidando los detalles como crear un espacio amable con muebles pensados para acoger) han conseguido una escuela “con un índice de conflicto muy bajo”. Y pone un ejemplo de empoderamiento: una niña que entendió sus limitaciones para hacer caso a lo que se le dice y, “aceptándose a sí misma, se propuso como objetivo hacerlo al menos a partir de la segunda vez que se le dicen las cosas”.

Con este proyecto llegó la pandemia y la respuesta fue “priorizar el bienestar del alumno. Largas horas de conversación de todos los profesores con las familias les convirtieron en maestros de referencia”; y la aportación del material necesario para llevar a cabo las clases de forma virtual y la dedicación hicieron el resto.

Las conversaciones con las familias también se multiplicaron a unos cuantos centenares de kilómetros de allí, en los barrios de Málaga donde trabaja Hogar Abierto. Lo explica Carlos Rodríguez: “De intervenciones semanales o quincenales pasé a llamar y hacer videoconferencias con las familias dos, tres o cuatro veces por semana. Los niños estaban apáticos, se les desajustaban los horarios”. Y se centraron en resolver eso porque “a la depresión y a la tristeza, cuanto más espacio y tiempo se les da, más lo llenan”. Así, decidieron ocuparlo con rutinas y actividades y escucharon las frustraciones de muchos niños y adolescentes a los que les costaba aceptar que tenían que seguir las clases por ordenador.

El trabajo de Hogar Abierto y de Carlos, en la misma línea que el de Xavier y su escuela Octavio Paz, tienen como pilares la escucha activa, el autoconocimiento, la empatía y la resiliencia, palabras usadas por ambos y que definen a la perfección un nuevo mundo en que las emociones se ponen cada vez más en el centro para responder a una sociedad que cambia a una velocidad vertiginosa y nos somete a una enorme presión e incertidumbre.

En sus años de intervención, Carlos se ha visto mediando en “discusiones explosivas” y trabajando en “que los niños reconozcan las emociones en ellos y en los demás, que distingan el miedo, la alegría, la rabia” para después canalizar cómo y cuándo expresarlas. “Hay que trabajar con la familia también, porque si un niño tiene rabietas y pataletas constantes y sin motivos hay que explicarles que es una forma de llamar la atención y que no sirve reaccionar con la misma agresividad. Es mejor decirle que no es el momento de que se enfade, que todo el mundo siente esas cosas, los padres también, y trabajar partiendo de ahí”.

Y el bullying por homofobia, o incluso por el modo de vestir, es común en los adolescentes, con los que trabajan especialmente “la empatía, la proyección de emociones y la asertividad”. Carlos destaca el caso de una adolescente que en la escuela todos daban por perdida y que tenía fortísimas discusiones con su madre. “Ella llegó al proyecto con problemas de autoestima, no se quería y lo proyectaba en su madre. Fueron dos años de trabajo continuado en el que la familia se implicó muchísimo, incluso su padre cambió su estilo de vida para estar más presente. Nadie esperaba que se sacara la secundaria y ahora está en bachillerato”.

Esta pequeña victoria de Carlos y su equipo no saldrá en el currículum de la joven, pero sí quedará en su memoria y en la de su familia, y seguramente resuene en sus momentos de respirar para tomarse las frustraciones de la vida adulta con más calma. Habrá aprobado en emociones.

Texto: Germán Aranda