domingo, 20 septiembre 2020 11:02

La Raimunda, una selva tropical en el centro de Madrid

  • La Raimunda se encuentra situado en la actual sede de Casa América
  • Sus croquetas de chuletón o sus calamares con alioli son una delicia
  • Es imprescindible probar la tarta de huesitos del indiano

A muy pocos metros de uno de los lugares más emblemáticos de Madrid, Cibeles, se encuentra el restaurante La Raimunda, un oasis de clama en medio del ajetreado bullicio de la capital. Los sabores de la comida, mediterránea y con algún toque exótico, se potencian en un jardín idílico que hace que el comensal se transporte a lejos de su rutina diaria.

La Raimunda cuenta con una cocina de producto con guiños iberoamericanos propios del espacio en que ubica, en el Palacio de Linares, la actual sede de Casa América, en el Paseo de Recoletos, 2. En esta ocasión, el Grupo La Fábrica conocido por sus otros aciertos como La Bobia, Matute o La 21, pretende que los clientes puedan viajar a una auténtica selva tropical sin alejarse del conocido Kilómetro Cero. Lo mejor de dos mundos unidos en un solo espacio.

Decoración tropical

Las plantas son las protagonistas indiscutibles en la decoración del local, realizada por Madrid in Love. Las sillas de mimbre y sus amplios sofás se unen a una iluminación cálida para darle a ese momento especial el broche que merece.

Restaurante La Raimunda
Restaurante La Raimunda

Si el viaje comienza con la decoración, continua mediante sus platos. En la carta de La Raimunda se pueden encontrar reinterpretaciones de platos latinoamericanos con un indiscutible toque español. Entre los entrantes destacan las patatas hojaldradas con salva brava de chipotle, una auténtica delicia que fusiona un exterior crujiente con un interior tierno y sabroso, así como los tequeños venezolanos, acompañados de un espectacular mojo verde de lima. Además, en La Raimunda presentan su propia versión de las croquetas, rellenas, en esta ocasión, de chuletón. Su cremosidad y sabor intenso hacen que el producto se haya convertido en una de las estrellas de la carta.

De la mano del chef Sergio Fernández

Las carnes son una de las protagonistas del local. Dos de sus platos más aclamados son los tacos de chamorro con cerdo asado desmigado, pico de gallo y cilantro y los dados de pollo al ajillo oriental con chips de ajo y cacahuete frito. Sin embargo, no hay que desdeñar la lasagna crujiente de rabo de toro o el solomillo de ternera en dados al ajillo, tan tierno que deshace en la boca.

Restaurante La Raimunda
Restaurante La Raimunda

Por su parte, los pescados también merecen que les hagas hueco en el estómago. El tartar de atún rojo, servido con huevo, es una delicia que es imprescindible probar; y los calamares de potera con alioli de ajo negro reinventan el concepto de la clásica ‘a la romana’. Además, el trabajo del chef Sergio Fernández, asesor gastronómico del restaurante, es impecable cuando se trata el ceviche de corvina combinado con una mezcla perfecta de mango y aguacate, y capaz de refrescar al más caluroso en las noches de verano madrileñas.

Postres inolvidables

Los más golosos no pueden irse de La Raimunda sin probar los postres. Solo la tarta de huesitos del indiano, con nutella y avellanas, justifican una reserva en el local. No solo eso: su helado de violeta es capaz de transportar a cualquier madrileño a su más tierna infancia; y la textura y sabor de la tarta de queso son capaces de hacer perder la cabeza a cualquiera.

Para los más canallas, La Raimunda también es el lugar perfecto para disfrutar de un buen servicio de coctelería. Especialmente recomendables son el Mojito criollo, la Caipirosca de rosas o el Tomys margarita.

Espacio interior

De cara al invierno, La Raimunda cuenta con un espacio interior que recupera las antiguas paredes de ladrillo del Palacio y se divide en tres ambientes. En la sala principal, el suelo de cemento contrata con los tapizados coloniales, las lámparas circulares y las paredes adornadas con grafitis y espejos. Un muro semiderruido da paso a un segundo comedor, algo más íntimo, con apliques de cristal en los muros.

Restaurante La Raimunda
Restaurante La Raimunda

En el último espacio alberga una suerte de club privado, realmente acogedor con sueldo de madera y paneles tapizados. En lugar es perfecto para tomar un buen vino, ya que la bodega de La Raimunda cuenta con una cuidada selección de caldos, desde los tradicionales Rioja o Verdejo hasta algunos argentinos de gran prestigio.

30 euros por persona

Los precios no son elevados: una media de 30 euros por comensal. Ninguno de sus platos supera los 20 euros y las raciones son abundantes, perfectas para compartir. Los precios de la bodega son igualmente asequibles y ajustados al mercado, sin abusos que hagan que la velada acabe con un mal sabor de boca.

Uno de los mayores atractivos de lugar, sin duda, es la leyenda que rodea al edificio y por la que el restaurante recibe su nombre. Cuentan en Madrid que allí habitan los espectros de los primeros marqueses de Linares –José de Murga y Reolid (1833-1902) y Raimunda de Osorio y Ortega– y de una niña que supuestamente era hija del matrimonio.

Leyenda de La Raimunda

Según la historia, que ha pasado de generación en generación, José confesó a su padre haberse enamorado de una chica humilde llamada Raimunda, hija de una cigarrera del barrio de Lavapiés. El padre prohibió a su hijo cualquier contacto con la muchacha y para asegurarse de que zanjaba aquella relación, le envió a estudiar a Londres. La verdadera razón era otra: Raimunda era su hermana, fruto de una relación extramatrimonial con la cigarrera.

Pese a todo, José y Raimunda consiguieron una bula papal, «Casti convivere», con la que podrían vivir juntos, aunque en castidad. Sin embargo, engendraron a una niña, Raimundita, a quien emparedaron al poco tiempo de nacer para que el incesto jamás saliera a la luz. Dicen que, desde entonces, su fantasma vaga por el palacio y que, si se presta atención, se puede oír la voz de la pequeña.

Restaurante La Raimunda
Restaurante La Raimunda

Ahora, más de 100 años después, no es raro encontrar a comensales que se adentran en sus salas deseosos de emociones fuertes y de escuchar los lamentos de la niña. No son muchos, dicen, los que han podido completar tal hazaña. Sin embargo, la experiencia gastronómica de La Raimunda es casi del otro mundo, aunque no pueda estar amenizada por susurros del más allá.