5Cuándo parar: efectos adversos documentados y casos en los que no conviene empezar
La idea de que meditar solo puede hacer bien no resiste el escrutinio. Una revisión de más de 40 años de investigación publicada en 2020 concluyó que los efectos adversos más frecuentes son ansiedad y depresión, seguidos de síntomas psicóticos o delirantes, despersonalización y desrealización, y episodios de miedo o terror. Los datos concretos: en un estudio con 953 meditadores estadounidenses, más del 10% sufrió efectos negativos que alteraron su vida diaria durante al menos un mes; en un ensayo con 96 participantes de un programa de ocho semanas, el 83% refirió algún efecto secundario, el 58% lo valoró como desagradable y entre el 6% y el 14% arrastró consecuencias duraderas, asociadas a disociación e hiperactivación. Una revisión de 83 estudios sitúa los efectos adversos en torno al 8,3%, una tasa parecida a la de la psicoterapia.
Hay perfiles que no deberían empezar por su cuenta: antecedentes de psicosis o de episodios maníacos, trastorno por estrés postraumático y tendencia a la disociación. La revisión Las sombras del mindfulness (2025) documenta ansiedad, depresión, despersonalización y episodios psicóticos en personas vulnerables o con historial psiquiátrico, y advierte de que la práctica puede ser contraproducente sin supervisión profesional. En trauma, instrucciones tan habituales como cerrar los ojos, permanecer inmóvil o fijar la atención en la respiración pueden reactivar respuestas de alerta, por lo que se recomiendan adaptaciones: ojos abiertos, anclajes externos y microsesiones. Conviene saber además que el mayor ensayo hecho hasta la fecha, con más de 8.000 escolares británicos de 11 a 14 años, no halló mejoras frente al grupo control y apuntó posibles daños en quienes partían de mayor riesgo. Las señales para parar: ansiedad que no baja al terminar, embotamiento, sensación de irrealidad, insomnio o revivir recuerdos. No es una fase que haya que atravesar a toda costa.
