Mucho ruido y pocas nueces: los ineficaces protocolos contra el racismo de la UEFA, la FIFA, el CSD y LaLiga

El último incidente racista denunciado por Vinicius en el Benfica–Real Madrid ha vuelto a activar el protocolo antirracismo de la UEFA y ha puesto bajo el microscopio un entramado de normas, gestos y campañas que, pese a su contundencia sobre el papel, no logran frenar la reiteración de episodios discriminatorios en el fútbol español y europeo.

El episodio de racismo denunciado por Vinicius Jr. en el partido de ida entre Benfica y Real Madrid de la Champions League ha vuelto a poner en primer plano a los protocolos antirracismo en el fútbol. En Lisboa se activó el de la UEFA tras la acusación del brasileño al jugador argentino Gianluca Prestianni, al que señaló ante el árbitro François Letexier por haberle llamado "mono" tras el golazo que marcó desde el perfil izquierdo del ataque blanco.

El partido se detuvo casi diez minutos, los jugadores se fueron a los banquillos y el colegiado hizo el ya conocido gesto de los brazos cruzados en forma de X, convertido en símbolo global contra el racismo desde hace unos años. Pero el juego se reanudó sin sanciones (de hecho, solo Vinicius fue sancionado por su celebración) y el presunto agresor siguió en el campo porque se había tapado la boca en el momento del incidente.

La UEFA ha confirmado que estudiará los informes oficiales del encuentro para decidir si abre un procedimiento disciplinario y, en su caso, qué sanciones adopta, que irían desde una suspensión de hasta diez partidos para el jugador, si se prueba el insulto, hasta sanciones al club si se considera responsabilidad colectiva. Mientras tanto, el organismo también investiga el lanzamiento de objetos desde la grada que alcanzaron a Vinicius y la expulsión de José Mourinho, que no podrá sentarse en el banquillo en el partido de vuelta.

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Pero no va a poder ocurrir nada real porque no hay pruebas y a los jugadores se les permite ser sibilinos dentro del terreno de juego. Tras casi dos décadas de protocolos y campañas, los futbolistas negros siguen desprotegidos ante este tipo de insultos, y las actuaciones llevadas a cabo son más un escaparate para que la organización saque pecho que una solución real para quienes lo sufren.

Cómo funcionan los protocolos contra el racismo en el fútbol

Pero vayámonos atrás en el tiempo. En 2009, la UEFA aprobó un procedimiento específico para que los árbitros gestionen incidentes racistas en sus competiciones de clubes y selecciones. Se trata de un protocolo en tres pasos que otorga al colegiado la potestad de detener, interrumpir e incluso suspender definitivamente un partido. En la primera fase, si el árbitro percibe un comportamiento racista o es informado por el cuarto árbitro, detiene el juego y ordena un mensaje por megafonía instando a cesar de inmediato las conductas discriminatorias. Si los cánticos o insultos persisten, puede detener de nuevo el encuentro y retirar a los equipos al vestuario, con un segundo aviso público. Como último recurso, si el comportamiento no cesa tras la segunda reanudación, está facultado para suspender el partido.

Ese esquema ha sido incorporado, con matices, al marco español. El Consejo Superior de Deportes, la Real Federación Española de Fútbol y LaLiga suscribieron en 2005 un amplio Protocolo de actuaciones contra el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el fútbol que combina medidas preventivas, de control e identificación y de sanción. El texto compromete a las instituciones y a los clubes a impulsar campañas de sensibilización, prohibir la difusión de material racista en los estadios, optimizar la videovigilancia para identificar a los infractores, suspender y retirar abonos a los hinchas sancionados e incluso emprender acciones legales contra páginas web que utilicen simbología de los clubes junto a mensajes de odio.

Una imagen del protocolo contra incidentes racistas de la RFEF
Una imagen del protocolo contra incidentes racistas de la RFEF | Fuente: Real Federación Española de Fútbol

En el terreno estrictamente deportivo, el protocolo obliga a los árbitros a reflejar en el acta todo tipo de ofensas racistas, les faculta para interrumpir el juego ante conductas graves y les instruye para ordenar mensajes de condena por megafonía. Antes de suspender un encuentro, deben "agotar las vías dirigidas a lograr que prosiga su celebración", consultando a capitanes y responsables de seguridad, lo que deja claro que la prioridad es que el espectáculo no se vea interrumpido, no que se zanje de forma tajante el episodio racista.

Los órganos disciplinarios de la RFEF y LaLiga se comprometen a aplicar "de forma inflexible" la normativa que califica como infracciones muy graves los actos racistas y a sancionar tanto a los autores directos como a los clubes cuando no colaboren en su identificación, pero solo ocurre a veces. Son decenas las escenas que hemos visto en las que, si la víctima no monta el pollo, se pasa de soslayo.

En todo caso, LaLiga y la RFEF han anunciado la implementación en todas sus competiciones del gesto de incidente racista aprobado en el último Congreso de la FIFA en Bangkok. El árbitro podrá activar la señal de la X si constata personalmente una actitud discriminatoria o la recibe del propio jugador afectado o del coordinador de seguridad. Esta señal se integra en el protocolo español vigente desde, que se presenta como un "escalón más" en una estrategia que va "desde las normativas y sanciones hasta la concienciación y educación", pero que dos décadas después no ha dado resultados óptimos.

Se presume de algo que en la práctica es insuficiente

Sobre el papel, el entramado normativo de las principales organizaciones y federaciones parece robusto. UEFA, FIFA, CSD, RFEF y LaLiga proclaman tolerancia cero, enumeran medidas de prevención, control y castigo e invocan la protección de la dignidad humana. Sin embargo, los episodios recurrentes evidencian que la efectividad real de estos protocolos es limitada.

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La UEFA expone casos de racismo claros en algunos de sus dosieres
La UEFA expone casos de racismo claros en algunos de sus dosieres | Fuente: UEFA

El caso de Lisboa es paradigmático. El gesto del árbitro y la pausa de casi diez minutos demostraron que el protocolo existe y puede activarse. Pero también mostró sus límites con la falta de imágenes claras del insulto, el VAR no aporta evidencias y el acusado continúa en el campo mientras la víctima es instada a dejarlo pasar y seguir jugando. El mensaje que percibe la víctima es que todo depende de un estándar probatorio casi judicial difícil de alcanzar en un terreno de juego, y que la carga de demostrar el racismo recae, de facto y constantemente, en quien lo sufre.

En la NBA, por ejemplo, existen micrófonos ambientales dirigidos a los jugadores que captan sus conversaciones. Fueron implementados para el espectáculo, pero sirven para casos así que, a diferencia del fútbol europeo, se dan muchísimo menos. Sí hay insultos, palabras malsonantes y trash talking, pero el racismo es otra barrera que no entra dentro de ser "canchero".

A nivel de grada, el problema es aún más evidente. En España, la Comisión Estatal contra la Violencia en el Deporte y los órganos disciplinarios de la RFEF y LaLiga han impuesto sanciones económicas y cierres parciales de estadios por cánticos racistas en los últimos años, e incluso se pueden denunciar anónimamente.

Se han dictado multas y prohibiciones de acceso a recintos deportivos a aficionados identificados, y algunos clubes han retirado abonos y expulsado a socios implicados en incidentes de odio, pero solo en ciertas ocasiones. En el ámbito europeo, la UEFA también ha aplicado cierres de sectores, partidos a puerta parcialmente cerrada y sanciones económicas a clubes por comportamientos racistas de sus hinchadas, pero siempre se discute si deben pagar justos por pecadores.

Casi nunca se suspende un partido por racismo porque los protocolos es lo último que buscan

Y es que los casos que no acaban en una sanción ejemplar son mayoría. Muchos expedientes se archivan por falta de identificación individual de los responsables, por entender que el comportamiento no alcanzó la gravedad tipificada o por considerar que el club colaboró lo suficiente como para mitigar su responsabilidad. La amenaza de suspender un partido casi nunca se materializa, porque los árbitros son reacios a adoptar una decisión de impacto deportivo, económico y de seguridad enorme, y porque la propia redacción de los protocolos les insta a agotar alternativas antes de llegar a ese extremo. En la práctica, el tercer paso del protocolo –la suspensión definitiva– es casi una hipótesis teórica.

Imagen institucional de LaLiga contra incidentes de odio
Imagen institucional de LaLiga contra incidentes de odio | Fuente: LaLiga

Por último, otro factor clave es la fragmentación de competencias. En un mismo incidente puede intervenir la UEFA (si se trata de competición europea), la federación nacional, la liga profesional, el CSD, la Comisión Antiviolencia y, eventualmente, la justicia ordinaria. Esta cantidad de actores metiendo mano diluye responsabilidades, alarga los plazos y genera resoluciones dispares. Los jugadores afectados reclaman respuestas rápidas y claras y el sistema ofrece, por su concepción, todo lo contrario.

Y sí, las grandes campañas de la FIFA bajo lemas como "No Racism" o "No Discrimination" son numerosísimas. Se despliegan pancartas, se proyectan vídeos institucionales y se lucen brazaletes con mensajes inclusivos... Pero, al final del día, el resultado sigue evidenciando que los jugadores negros denuncian insultos en estadios que se anuncian como espacios libres de racismo y son pocos los castigos ejemplares.

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