La inflación no pasa desapercibida por más que se intente, es un fenómeno económico que cuando aparece genera un impacto que suele dejar grandes consecuencias. ¿Estamos dejando de salir a comer? No. ¿Estamos gastando menos cuando salimos? Claramente sí. Esa es la paradoja que define 2025 en la hostelería española, los locales siguen llenos, pero el cliente ya no consume igual.
Los datos lo confirman. La facturación del sector ha crecido en torno a un 3%, pero el volumen de actividad ha caído. Traducido, se vende más dinero, pero no más comidas. La subida de precios ha compensado la bajada de demanda. Y el consumidor, aunque no renuncia a sus planes, ajusta cada euro.
El resultado es visible en cualquier ciudad, más colas en cadenas de comida rápida, más cafeterías llenas y más terrazas de bares de barrio resistiendo. Mientras tanto, el restaurante tradicional, sobre todo el de ticket medio-alto, pierde terreno.
Seguimos saliendo, pero con la calculadora en la cabeza

España ha sido el único gran mercado europeo que no ha perdido tráfico en foodservice. Las ocasiones de consumo fuera del hogar se mantienen prácticamente estables. Eso desmonta el discurso de que “la gente ya no sale”. Sí sale. Pero compara más, mira la carta con lupa y elige con cabeza.
La factura media ha crecido menos que la inflación del sector. Eso significa que el gasto real está contenido. La satisfacción del cliente, además, ha bajado ligeramente. No porque se coma peor, sino porque la percepción de “lo que me dan por lo que pago” pesa más que nunca.
En paralelo, los cierres siguen, aunque a un ritmo algo menor que en años anteriores. Aun así, más de 30 locales bajan la persiana cada día en España. Y el patrón se repite, sufren más los restaurantes de precio elevado, mientras bares y cafeterías muestran mayor capacidad de adaptación.
Fast food, pizza y café: los nuevos reyes del consumo

El gran ganador de este cambio de hábitos es el fast food y el fast casual. Pizzerías, hamburgueserías, tacos, kebabs, pokes o arepas (sí, arepas, y cada vez más encontraremos bares o restaurantes dedicados a comidas de otros países) ganan relevancia. Son formatos reconocibles, con precios previsibles y una sensación de control del gasto que tranquiliza al consumidor.
Las cadenas organizadas ya superan el 31% de cuota de mercado y han crecido más de un 5% interanual. Desde 2019, su avance roza el 47%, mientras la restauración independiente apenas ha crecido. No es casualidad. Las marcas ofrecen estandarización, promociones agresivas y una experiencia rápida que encaja con hogares más pequeños y con menos tiempo.
El café también vive su momento. El segmento coffee & bakery no deja de expandirse. Nuevos formatos, nuevos momentos de consumo y una propuesta asequible explican su crecimiento. En contraste, pierden peso las carnes premium, el pescado o las tapas tradicionales, categorías más expuestas a la sensibilidad al precio.
Las bebidas alcohólicas tampoco escapan a esta tendencia. Caen vino y cerveza, mientras que el consumo se desplaza hacia momentos más concretos como el tardeo, donde la coctelería mantiene cierta estabilidad. El consumidor selecciona mejor cuándo y cuánto gastar.
Restaurantes tradicionales: presión en márgenes y modelo

El problema no es solo de demanda, sino de estructura. Los restaurantes con gastos más altos están más expuestos al incremento de costes en materias primas, alquileres y personal. Muchos han subido precios para proteger márgenes, pero eso ha tensionado la relación con el cliente.
Además, el retail y la comida preparada del supermercado compiten cada vez más (y este sí que es un sector que debería preocupar y ha venido pasando desapercibido por mucho tiempo). Con hogares unipersonales en aumento y menos tiempo para cocinar, la línea entre restauración y alimentación se difumina. El consumidor tiene más opciones y compara constantemente.
Aun así, la expansión continúa. La mayoría de las cadenas planea abrir nuevos locales. La estrategia es clara: crecer en volumen y optimizar procesos para ganar eficiencia. El modelo es más industrial, más escalable y menos dependiente de la improvisación.
En el fondo, lo que estamos viendo no es una crisis de bares, sino una transformación profunda del consumo. El español no renuncia a socializar ni a comer fuera. Pero ha aprendido a priorizar. Busca rapidez, precios cerrados y menos sorpresas en la cuenta.
La hostelería española está cambiando de piel. El que entienda que el cliente no ha desaparecido, sino que se ha vuelto más exigente y prudente, tendrá margen para adaptarse. El que no lo haga, lo tendrá mucho más difícil. Quizá la pregunta ya no sea si salimos menos, sino qué tipo de experiencia estamos dispuestos a pagar.







