La crisis que arrastra el servicio ferroviario de Rodalies en Barcelona y su área metropolitana ha pasado factura a la confianza de los usuarios. Según ha confirmado este miércoles el portavoz de Renfe, el servicio ha perdido hasta un 30% de sus pasajeros desde que comenzó este periodo de incidencias constantes.
La gente está buscando alternativas para moverse, cansada de una red que actualmente solo es capaz de ofrecer el 80% de su capacidad habitual. La falta de trenes y la incertidumbre constante son los grandes problemas del servicio. A pesar de que el Gobierno catalán esperaba recuperar la normalidad a principios de esta semana, la realidad en las vías es muy distinta.
Y es que desde la compañía ferroviaria han evitado dar cualquier tipo de previsión o fecha cerrada para que los trenes vuelvan a circular como antes. Esta falta de respuestas ha provocado que miles de personas, que antes dependían del tren para llegar puntuales a su puesto de trabajo o a sus centros de estudio, hayan decidido dejar de usar el servicio de forma definitiva.
Para muchos, el tren ha pasado de ser una comodidad a convertirse en un problema diario que pone en riesgo sus obligaciones. Mientras tanto, la rutina de los viajeros es hoy un caos y el tren ha dejado de ser una opción segura.
LA DESBANDADA EN RODALIES VACÍA LOS TRENES POR LAS AVERÍAS Y LA FALTA DE INFORMACIÓN
A los retrasos y las cancelaciones se ha sumado este miércoles un nuevo problema técnico que ha dejado mudas y ciegas a las estaciones. La megafonía y los monitores de información han dejado de funcionar, por lo que los pasajeros no pueden saber por qué vía pasa su tren o si este lleva retraso.
Ante este apagón, la recomendación de Renfe ha sido tan rudimentaria como sorprendente: mirar los laterales y los frontales de los trenes para verificar hacia dónde van. Se trata de una solución que recuerda a tiempos pasados y que resulta del todo insuficiente para una red que mueve a cientos de miles de personas cada jornada.

Esta falta de información visual (y sonora) ha generado todavía más confusión en nudos de comunicación tan importantes como la Estación de Sants. Aunque se han desplegado unos 700 trabajadores para informar a pie de andén, la magnitud de la red hace que sea imposible atender a todo el mundo.
Los usuarios de Rodalies se han visto obligados a preguntar constantemente a otros pasajeros o al personal para no subir al convoy equivocado, en un sistema que hoy funciona de forma casi manual. El desconcierto es total, especialmente entre las personas mayores o quienes no están acostumbrados a usar el transporte público de forma frecuente, que se encuentran totalmente perdidos en los vestíbulos.
LOS TRAMOS POR CARRETERA Y LOS TRANSBORDOS MARCAN EL DÍA A DÍA
La situación por líneas sigue siendo crítica, especialmente en aquellas que conectan con el norte y el sur de la provincia. La línea R3 es la más afectada, ya que el servicio de tren ha quedado suprimido en gran parte y los viajeros deben utilizar autobuses para completar sus trayectos.
Los cortes en las líneas R3 y R4 obligan a miles de pasajeros a usar una flota de 200 autobuses para esquivar el colapso de las vías
Por otro lado, la R4 de Rodalies, donde ocurrió el accidente de Gelida, mantiene cortes importantes que obligan a realizar transbordos por carretera entre Sant Sadurní y Martorell, y también entre Terrassa y Manresa. Estos cortes no solo alargan el tiempo de viaje, sino que obligan a los pasajeros a subir y bajar de diferentes vehículos cargando con sus pertenencias, lo que hace el trayecto mucho más pesado.
Para intentar paliar este desastre, se han puesto en marcha 150 autobuses alternativos, pero esto no soluciona el problema de los tiempos de viaje, que se han disparado. La Generalitat incluso ha tenido que alquilar vehículos adicionales de otras partes de España para reforzar el servicio por carretera, llegando a una flota de más de 200 autobuses.
En la autopista AP-7 se ha tenido que habilitar un carril exclusivo para que estos autobuses puedan avanzar sin quedar atrapados en el tráfico general, especialmente en el tramo de Gelida donde todavía se trabaja para reparar los daños del accidente. Este despliegue de autobuses busca salvar un servicio bajo mínimos que ya desespera tanto a los trabajadores como a los usuarios.

EL TRANSPORTE DE MERCANCÍAS Y EL PUERTO DE BARCELONA TAMBIÉN SUFREN EL COLAPSO
El parón ferroviario no solo afecta a las personas que van a trabajar o a estudiar; la economía también está sintiendo el golpe. Las vías por las que pasan los trenes de Rodalies son las mismas que utilizan los trenes de mercancías que entran y salen del Puerto de Barcelona. Al estar la infraestructura dañada o bloqueada, el flujo de productos se ha tenido que desviar a la carretera mediante camiones. Este cambio supone un aumento enorme en los costes de transporte y una mayor saturación de las carreteras catalanas, que ya de por sí suelen estar al límite de su capacidad en horas punta.
Las agencias y empresas de transporte están viendo cómo sus productos tardan más en llegar a destino, lo que afecta a toda la cadena de suministro. El Puerto de Barcelona espera que el tráfico hacia el norte se pueda reabrir este mismo viernes a través del túnel de Rubí, pero el envío de mercancías hacia el sur tendrá que esperar al menos hasta el lunes, y siempre de forma gradual.
La falta de una red de mercancías separada de la de pasajeros vuelve a quedar en evidencia en situaciones de crisis como la de Rodalies, donde un solo fallo bloquea tanto a personas como a bienes de consumo.
EL MINISTRO DE TRANSPORTES SE INSTALA EN BARCELONA
La gravedad de la situación ha obligado a mover ficha al Gobierno central. El Ministerio de Transportes ha enviado a su número dos a instalarse en Barcelona de forma indefinida para intentar buscar soluciones junto a la Generalitat, en una crisis que ya se considera insostenible. Esta oficina de crisis busca coordinar los trabajos de reparación de Adif y la gestión de trenes de Renfe, que hasta ahora parecen haber ido por caminos distintos. La presión política es máxima, ya que la indignación ciudadana crece cada día que pasa sin que se cumplan las promesas de mejora.
Las reuniones políticas no frenan la huida de los pasajeros, que ya prefieren el gasto del coche a la inseguridad de las vías. Los abonos gratuitos han perdido su fuerza frente a un servicio que corre el riesgo de ser solo un último recurso. Sin mejoras inmediatas, recuperar a los viajeros que se han marchado será una misión imposible.







