Pocas cosas hay más sagradas en nuestra gastronomía de diario que un buen tomate frito casero, ese que borbotea lento y mancha la cocina. Sin embargo, casi todos cometemos el mismo pecado capital creyendo que el azúcar es el remedio mágico para matar esa acidez que se te agarra a la garganta. Llevamos años enmascarando el problema en lugar de solucionarlo, añadiendo calorías vacías a un plato que, por definición, debería ser el rey de la dieta mediterránea.
La tradición oral de las abuelas tiene un peso inmenso, pero a veces la ciencia culinaria nos demuestra que hemos vivido engañados con ciertos dogmas. La realidad es que añadir edulcorantes no elimina el ácido, simplemente engaña al paladar con un dulzor excesivo que muchas veces arruina el equilibrio del guiso. Lo que necesitas no está en el azucarero, sino probablemente escondido al fondo de un armario, esperando su momento de gloria para salvar tu salsa.
Tomate Frito: ¿Por qué el azúcar es una mentira piadosa?
Cuando echas una cucharada sopera de azúcar al tomate frito, estás jugando al despiste con tus propias papilas gustativas, pero no estás haciendo alquimia. Básicamente, lo que ocurre es que el dulzor tapa la sensación agria, pero el ácido cítrico y málico siguen estando ahí, intactos y listos para darte ardor. Es como intentar arreglar una grieta en la pared poniendo un cuadro bonito encima.
Además, si el tomate no es de plena temporada o tiras de lata, la cantidad de azúcar necesaria para equilibrarlo puede llegar a ser absurda. Al final terminas comiendo una salsa donde las calorías se disparan sin necesidad, convirtiendo un acompañamiento sano en una bomba glucémica innecesaria. Y lo peor es que, si tienes el estómago delicado, el daño ya está hecho aunque te sepa dulce.
El bicarbonato: la química al servicio del tomate frito
Aquí entra en juego el bicarbonato de sodio, un ingrediente básico y barato que actúa como un antiácido real dentro de la propia cazuela. La magia sucede porque al ser una sustancia alcalina reacciona químicamente con los ácidos del tomate, neutralizándolos de verdad y no solo de boquilla. Verás aparecer unas pequeñas burbujas en la superficie; es la señal inequívoca de que la reacción está funcionando.
Lo brillante de este truco de viejo periodista gastronómico es que no altera el sabor original del guiso ni lo convierte en una confitura extraña. Simplemente consigues que el sabor del tomate brille limpio, sin esa agresividad punzante que te hace arrugar la cara al primer bocado. Es respetar el producto en lugar de disfrazarlo con maquillajes dulces que no le pegan nada.
La medida justa para no arruinar la salsa
Ojo, que aquí no vale echar a ojo de buen cubero como solemos hacer con la sal o el orégano en los domingos de paella. El bicarbonato es potente y si te pasas, la salsa perderá todo su carácter y quedará con un regusto metálico bastante desagradable que no hay quien se coma. La clave está en la mesura y en la paciencia frente al fogón.
Para un kilo de tomate frito, basta con una pizca, literalmente la punta de un cuchillo espolvoreada sobre el guiso cuando ya esté caliente. Notarás cómo hace espuma y, pasados unos minutos, podrás probar y rectificar si es necesario, pero siempre es mejor quedarse corto al principio que pasarse. Recuerda que no queremos matar el alma del tomate, solo domar su mala leche.
No todo es culpa del cocinero, sino de la materia prima
A veces nos obsesionamos con corregir la acidez con trucos cuando el problema de base es que hemos comprado unos tomates que no han visto el sol ni en pintura. Un buen guiso pide a gritos género de temporada y bien maduro, de ese que pesa en la mano y huele a huerta de verdad. Si usas ese 'corcho' rojo insípido de supermercado, ni el bicarbonato ni un milagro te salvarán.
El otro gran secreto, aparte de la alcalinidad del bicarbonato, es el tiempo: las prisas son enemigas mortales de cualquier salsa de tomate frito que se precie. Una cocción lenta permite que los azúcares naturales de la hortaliza caramelicen por sí solos, reduciendo drásticamente la necesidad de correcciones químicas externas. Al final, la paciencia es el ingrediente que marca la diferencia entre cocinar y simplemente calentar comida.









