¿Se te ha ido la mano con la sal en el guiso? No lo tires a la basura, así se arregla el desastre en 2 minutos

A todos se nos ha ido la mano alguna vez con el salero mientras intentamos emular a nuestras abuelas, convirtiendo un guiso prometedor en un mar incomible que parece no tener remedio. Antes de que el pánico se apodere de ti y tires la comida a la basura, respira hondo porque existe un truco infalible con una patata que neutraliza ese desastre culinario en apenas unos minutos sin alterar la receta.

No hay sensación más frustrante en la cocina que probar esa cucharada final y descubrir que la sal ha tomado el control absoluto del plato, eclipsando cualquier otro matiz. Te quedas blanco, mirando la olla con incredulidad, pensando en el tiempo y el dinero perdidos por un descuido tonto y las prisas del día a día.

Olvídate de añadir agua a lo loco, porque eso solo diluirá el sabor y dejará el guiso con una textura triste y aguada que nadie quiere comerse, por no hablar de cómo destroza el equilibrio de especias. La clave está en utilizar un ingrediente que ya tienes en la despensa y que actúa como una esponja natural para estos casos de emergencia.

El salvavidas está en el cajón de las verduras

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Este remedio de la vieja escuela no requiere conocimientos avanzados de gastronomía molecular ni herramientas extrañas, sino simplemente confiar en la capacidad de absorción y porosidad del almidón natural. Cuando introduces el tubérculo en el caldo hirviendo, verás que actúa como un filtro que empieza a chupar el líquido salado reteniendo gran parte del condimento sobrante en su interior.

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Lo mejor de todo es que este método es increíblemente respetuoso y no altera el perfil de sabor original de tu receta, salvo para devolverle el punto exacto de sazón que nunca debió perder por nuestro despiste. Muchos chefs reconocen en petit comité que, en momentos de crisis durante el servicio, este recurso es más efectivo que cualquier aditivo químico o el clásico intento fallido de enmascarar el error añadiendo azúcar. Pero ojo, que para que funcione tiene su técnica y sus tiempos.

La técnica exacta para que la sal desaparezca

No basta con tirar la patata entera con piel y rezar a San Lorenzo; debes pelarla, lavarla bien y cortarla en rodajas gruesas o trozos grandes para maximizar la superficie de contacto con el líquido. Al sumergirla en el guiso caliente, notarás cómo la estructura celular del vegetal se abre y el almidón comienza a hacer su trabajo sucio atrayendo esas partículas de sodio que sobraban en tu preparación.

Es crucial que retires los trozos de patata antes de que se cuezan completamente y se deshagan, porque entonces tendrías un puré saladísimo mezclado irreversiblemente con tu estofado, lo cual sería peor que la enfermedad. El objetivo es que entren, cumplan su misión de rescate táctico y salgan de la olla, así que asegúrate de pescar todos los pedazos con una espumadera antes de llevar la cazuela a la mesa.

¿Por qué no echar un vaso de agua y listo?

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El instinto primario cuando probamos algo salado nos grita que echemos agua del grifo para rebajar la intensidad, pero eso es un error de principiante que destroza la textura, el cuerpo y el alma del caldo. Al añadir líquido extra, rompes la emulsión de las grasas que tanto ha costado conseguir y consigues que los sabores se separen y pierdan fuerza, dejando un plato soso, aburrido y con una consistencia líquida muy poco apetecible.

Con el método del tubérculo, mantienes la densidad original de la salsa e incluso le aportas un toque extra de sedosidad y brillo gracias a las trazas de almidón que se liberan durante el proceso de rescate. Los grandes cocineros saben perfectamente que respetar la estructura del guiso es sagrado, y por eso prefieren siempre métodos de extracción de sabor en lugar de técnicas de dilución agresivas.

Plan B: cuando la despensa está vacía

Si resulta que la Ley de Murphy ataca y hoy no tienes patatas a mano, un mendrugo de pan duro de días anteriores puede hacer una función muy similar, aunque tendrás que vigilarlo con ojos de halcón. La miga actúa como un filtro potente por su porosidad, y la verdad es que funciona de maravilla en sopas y caldos claros donde la patata podría no ser tan práctica o tardar demasiado en actuar.

A veces, si el desastre no es total y solo está "un pelín fuerte", un toque de acidez mediante unas gotas de limón o vinagre puede engañar a las papilas gustativas y equilibrar el conjunto sin necesidad de retirar líquido. Jugar con los contrastes es un arte que se aprende con la experiencia, pero ten claro que nada supera al truco de la patata cuando se te ha ido la mano de verdad y el guiso parece agua de mar.

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