El lado oscuro de la Navidad: así influyen las luces al sueño, la salud y el medio ambiente

Las luces navideñas ya inundan las calles, pero su brillo tiene un coste que rara vez vemos. El exceso de iluminación altera el sueño, afecta a la fauna y dispara la contaminación lumínica justo en plena época festiva.

Cada año, cuando empieza a refrescar y las calles huelen a castañas, llega ese momento que ya damos por tradición, el encendido de las luces de Navidad. Nos encanta, es inevitable. Te paras, miras hacia arriba y por un instante sientes que todo va un poco mejor. Pero… ¿qué pasa si esa magia tiene una cara menos brillante? ¿Puede una ciudad iluminada como un plató afectar realmente a nuestro descanso, a los animales o incluso al cielo que ya apenas vemos?

Lo cierto es que el espectáculo navideño se ha convertido en una auténtica competición. Vigo, Madrid, Barcelona y otras ciudades llevan años subiendo la apuesta. Más luces, más horas, más calles. Y mientras nosotros disfrutamos de ese “subidón” festivo, cada bombilla deja una huella que casi nunca vemos. Una contaminación que no se huele ni se toca, pero que está ahí, la lumínica.

Y claro, a eso se suma que vivimos rodeados de pantallas, farolas, escaparates y anuncios luminosos. Añadir millones de bombillas a esa mezcla durante casi dos meses seguidos tiene consecuencias. Algunas son pequeñas molestias; otras, directamente, afectan al sueño, la fauna y hasta al clima. Pero pocas veces hablamos de ello, quizá porque en Navidad preferimos mirar hacia lo bonito.

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La contaminación lumínica que no vemos… pero sí sentimos

La contaminación lumínica que no vemos… pero sí sentimos
El problema no es que haya luces, sino cuántas y durante cuánto tiempo. Fuente: Agencias

Las luces navideñas no son solo decoración, son un foco de contaminación que crece cada año. Las ciudades compiten por ver quién brilla más, y eso hace que el cielo nocturno desaparezca, que zonas naturales se queden iluminadas toda la noche y que el planeta pierda un poquito de oscuridad. El problema no es que haya luces, sino cuántas y durante cuánto tiempo. Y ahora que se encienden en noviembre y duran más de 40 días, el efecto se multiplica, también en forma de más consumo energético y más emisiones.

Además, el uso masivo de LED, que suena tan sostenible, tiene truco. Son más eficientes, sí, pero como gastan menos, las ciudades instalan muchas más. Es el famoso “efecto rebote”, lo que se ahorra por un lado se pierde por otro. Y para rematar, estas luces suelen ser más blancas y frías, lo que las hace todavía más dañinas para el cielo nocturno y para los ecosistemas. Las aves, los insectos y hasta las plantas se desorientan, cambian sus ciclos y, en los casos más extremos, no sobreviven a un entorno que debería ser oscuro y ya no lo es.

Luces bonitas, noches en vela: cómo afecta a nuestro sueño

Luces bonitas, noches en vela: cómo afecta a nuestro sueño
Algunos estudios relacionan la exposición constante a luz nocturna con mayor estrés, desajustes hormonales e incluso riesgos a largo plazo para la salud. Fuente: Agencias

Lo que vemos como un simple paseo bajo luces de colores también influye en nuestro descanso. La luz intensa, sobre todo la blanca o azulada, altera la producción de melatonina, esa hormona que actúa como nuestro interruptor natural para dormir. Y no hace falta vivir en pleno centro de ninguna gran ciudad, basta con que esas luces se filtren por las ventanas o que el entorno quede iluminado de madrugada para que nuestro reloj interno se desajuste. Dormimos peor, descansamos menos profundo y empezamos el día más cansados de lo normal.

El problema va más allá del sueño. Algunos estudios relacionan la exposición constante a luz nocturna con mayor estrés, desajustes hormonales e incluso riesgos a largo plazo para la salud. No se trata de demonizar la Navidad, ni mucho menos, pero sí de asumir que el exceso pasa factura. Y no solo a nosotros, los animales urbanos, que ya viven adaptándose como pueden, encuentran estas semanas especialmente desorientadoras. Donde debería haber silencio y oscuridad, hay flashes, focos y calles brillando hasta la madrugada.

Un brillo que también alimenta el consumismo

Un brillo que también alimenta el consumismo
Cuanto más bonito esté todo, más tiempo pasamos fuera, más nos relajamos y más compramos. Fuente: Agencias

No es casualidad que las luces iluminen justo las calles comerciales. Cuanto más bonito esté todo, más tiempo pasamos fuera, más nos relajamos y más compramos. Funciona exactamente como está pensado, calles mágicas, escaparates irresistibles, una sensación de bienestar que empuja a gastar incluso cuando no toca. Y claro, eso tiene su propio impacto económico, emocional y ambiental. Al final, las luces no solo decoran, también condicionan.

Pero tampoco se trata de apagarlo todo y volver a una Navidad gris. Nadie quiere eso. Se trata de buscar un equilibrio. De crear ambientes festivos sin convertir la noche en día. De usar la iluminación como un gesto de celebración, no como una competición. Ciudades como Bilbao ya empiezan a hacerlo, reduciendo horarios y apostando por un modelo más sensato. Quizá sea el camino.

Un final que invita a encender… pero con cabeza

Un final que invita a encender… pero con cabeza
El cambio no pasa por apagar la magia, sino por hacerla sostenible. Fuente: Agencias

La Navidad puede brillar sin deslumbrar. Puede emocionar sin saturar. Puede ser un faro de alegría sin convertirse en un problema para el sueño, la fauna o el planeta. El cambio no pasa por apagar la magia, sino por hacerla sostenible. Y si algo está claro es que cada pequeño gesto (desde los ayuntamientos hasta nuestras casas) puede marcar la diferencia.

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Quizá el futuro esté en luces más creativas, menos intensas y mejor pensadas, es un objetivo que en algunas ciudades se intenta alcanzar, incluso en ciudades españolas, se trata de mostrar un poco más de interés y sobre todo, compromiso. Queremos ciudades que sepan combinar tradición y conciencia ambiental. Lo importante es que esta Navidad, cuando mires hacia arriba y veas el cielo iluminado, también recuerdes que la oscuridad es parte del equilibrio. Y que a veces, para que algo brille de verdad, no hace falta tanta luz.

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