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El apagón, la segunda plaga. ¿El regreso de Moisés?

La etimología del nombre Moisés significa «salvado de las aguas», pero según otros estudiosos también significa «el que salva su pueblo». En cualquier caso es el nombre de uno de los mayores profetas del Antiguo Testamento y está considerado santo por la Iglesia Católica. Moisés es hebreo de nacimiento, pertenece a la tribu de Leví, pero en la época del Faraón Tutmosis III todos los primogénitos hebreos tenían que ser arrojados al Nilo para evitar que el pueblo hebreo superara en número y fuerza a los egipcios. Moisés, sin embargo, fue salvado y recogido de las aguas por la hija del faraón que lo crió como suyo. En la corte egipcia recibió la mejor educación.

Después llegó la cerrazón del Faraón y las plagas y con un género literario épico, como se describe en el libro de Éxodo, llegó el enfrentamiento entre Moisés y el Faraón Aarón por la liberación de los israelitas de la esclavitud para conducirlos a la Tierra prometida.                                     

El bastón convertido en serpiente y el agua del Nilo convertida en sangre no sirvieron de nada para convencer al Faraón, pues sus magos de la corte hicieron lo mismo. Luego llegaron las famosas diez plagas de Egipto: el agua se convierte en sangre, luego el país fue invadido por ranas, luego por mosquitos y tábanos; luego una misteriosa peste es abatida sobre el ganado, que milagrosamente preservó a los animales de los hebreos. La sexta plaga fue la de las úlceras sobre las personas y los animales. Luego vinieron las granizadas que destruyeron el lino y la cebada, pero no destrozó el trigo y la espelta por ser tardíos; finalmente, hubo otros fenómenos como la invasión de las langostas y los tres días de densas tinieblas.

El Faraón había prometido liberar a los hebreos, pero tan pronto como pasaron las nueve plagas, se retractó de nuevo. Al final, llegó la peor de las plagas: en una noche morirán todos los primogénitos de los egipcios, incluido el hijo del Faraón. Sólo entonces el Faraón consintió liberar a los hebreos, pero cuando llegaron al Mar Rojo, de nuevo el Faraón ya se había arrepentido y tan pronto como el pueblo de Israel había atravesado el mar, el poder divino hizo que las aguas se abatieran sobre los soldados enviados por el Faraón.

¿Que puede haber de verdad en relación con el gran Apagón que nos amenaza y habla todo el mundo y para el que aún encima, no estamos preparados?

Hace unas fechas, la ministra de Defensa austríaca, Klaudia Tanner, aseguró que existe una alta posibilidad (del «100% en los próximos cinco años») de que se produzca un apagón eléctrico que afecte masivamente al conjunto de la Unión Europea.

Tenemos el antecedente del 8 de enero de 2021, un fallo de una subestación en Croacia provocó una caída de frecuencia que estuvo a punto de dejar fuera de juego al sistema energético de buena parte de Europa.

Como es lógico hoy en día la noticia ha corrido como la pólvora. En España el Ministerio de Transición Ecológica y Red Eléctrica niega que España tenga ese problema, pero hasta Iker Jiménez ha salido a la mediáticamente para alertar sobre el Gran Apagón.

El apagón, la segunda plaga. ¿El regreso de Moisés?

¿Después del Covid-19, del que aún no hemos sido capaz de levantarnos ni física ni emocionalmente nos viene otro peligro incontrolable?

Que el mundo se pueda quedar sin luz podría tener consecuencias mucho peores que la pandemia.

Países como Alemania, llevan tiempo, desde el gran apagón de seis días que afectó a Münster en pleno temporal de nieve planteando la necesidad de tener capacidad operativa para hacer frente a esto. EE. UU. está desarrollando también junto con otros países soluciones para una crisis de este calado.

En España la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, descartó que esto pudiera afectar a España y defendió que «podemos descartarlo de nuestro horizonte de preocupaciones». Según Ribera, en la medida en que el sistema energético español «es casi una isla [y que disponemos de casi el doble de potencia instalada de la que usamos], el riesgo de un tipo de apagón por una caída del sistema en terceros países es muy limitado y hay capacidad poner un cordón sanitario en caso de que eso ocurriera».

Entre medias, salen las noticias como la que publicó el diario el Mundo entre otros, el día 3 de noviembre que importar el gas argelino por barco en lugar de hacerlo por gasoducto va a derivar en un encarecimiento del precio de este hidrocarburo en plena crisis energética mundial. Es la primera consecuencia directa del reciente cierre de la infraestructura del Magreb que conectaba España con Argelia atravesando Marruecos. Según cálculos del sector gasista, el sobrecoste de cada bcm (El millardo de metros cúbicos o kilómetro cubico de gas natural) que tenga que pasar del tubo al buque para alcanzar las costas españolas rondará los 70 millones de euros. Para una estimación de tres bcm anuales, excluyendo la parte del gas que proviene de Argelia, pero acaba en Portugal, la factura superará los 200 millones de euros anuales.

El problema para España es que en un mercado tan tensionado como el de gas debido al fuerte aumento de la demanda mundial, el poder negociador lo tiene el país productor. Esta situación ha llevado a que España haya recibido este año una treintena menos de buques que en el mismo periodo del año anterior, lo que ha disparado su dependencia gasista del país africano hasta el 47% justo en el peor momento.

Los barcos que no llegan a los puertos españoles, en su mayoría procedentes de países como Nigeria, EE. UU. o Catar, acaban siendo redirigidos a Asia o a Brasil, regiones que demandan una gran cantidad de energía para propulsar su reactivación económica tras la crisis del Covid. A esto se une, además, que países como China han comenzado a sacar al carbón de su modelo productivo sustituyéndolo por renovables y gas.

La cuestión es quién va a pagar ese sobrecoste nada despreciable en el precio del gas. Teniendo en cuenta los precios que marcan actualmente los futuros, el cambio de transporte supondría un encarecimiento del 14% por cada bcm de gas transportado.

La escasez de energía y la subida de precios de la electricidad han ocupado los titulares de las noticias en las últimas semanas. En ese sentido, algunos gobiernos se muestran preocupados por la posibilidad de que se produzca un gran apagón en Europa.

Me da la sensación de que nos están empezando a preparar para un posible apagón eléctrico que podría alargarse durante semanas. Se han lanzado campañas informativas para aprender a sobrevivir sin electricidad: la gente ya está pensando en comprar velas, combustible, alimentos en conserva y agua potable, además de coordinarse y crear grupos de apoyo. Internet y las redes sociales dependen de la electricidad, ¿qué haríamos para estudiar, trabajar o relacionarnos?

Por no hablar que la electricidad también se utiliza para encender los semáforos, iluminar las escuelas, hacer funcionar los hospitales, activar la maquinaria en las fábricas. Un apagón de esa posible consideración supondría un parón absoluto de la actividad y podría provocar graves problemas de movilidad y funcionamiento.

En la actualidad, varios factores afectan al suministro de energía en Europa. El principal es la dependencia energética: los países europeos no tienen suficientes recursos naturales ni centrales eléctricas para producir su propia energía, así que dependen de otros países para abastecer a su población.

El apagón, la segunda plaga. ¿El regreso de Moisés?

                                                                                                       

Además de contar con energía eólica e hidráulica, la principal materia para generar electricidad es el gas, que procede sobre todo de Rusia y Argelia. El gas ruso abastece a los países del norte y el este de Europa, mientras que el gas argelino llega a los países del sur.

Por otro lado, el parón de actividad durante la pandemia ha afectado a muchos sectores, también el de la energía. Durante el confinamiento y los meses de restricciones descendió el uso de combustibles y pararon las fábricas, pero el consumo eléctrico en los hogares aumentó muchísimo. Y de cara a la recuperación económica, se prevé que el gasto energético sea todavía mayor.

Esto ha provocado que algunos países hayan decidido posponer el cierre de las centrales nucleares para seguir usándolas y dar así respuesta a las necesidades energéticas de la población.

Esto es tan irónico que incluso los Reyes Magos puede ser que nos traigan menos juguetes o incluso que lleguen más tarde. La mayoría de los juguetes que compramos se fabrican en países asiáticos como China, Taiwán o Corea del Sur y llegan a Europa por mar. No obstante, actualmente los puertos marítimos están colapsados por dos razones: algunos siguen cerrados por culpa del coronavirus y otros no cuentan con el suficiente número de barcos y contenedores para transportar la mercancía.

El apagón, la segunda plaga. ¿El regreso de Moisés?

Tenemos el antecedente de la escasez de los famosos microchips en todo el mundo. La pandemia ha afectado a la producción global de microchips, unos dispositivos electrónicos que se utilizan para fabricar multitud de productos: desde ordenadores hasta móviles y coches. La falta de estos dispositivos diminutos también repercute en el funcionamiento de muchas máquinas, porque si se estropean no hay repuestos.

El problema de la escasez de materias primas y productos evidencia que vivimos en un mundo globalizado e interconectado. Igual que los juguetes, muchos de los productos que consumimos se fabrican a miles de kilómetros de las tiendas donde los compramos.

La pandemia ha servido para darnos cuenta de la conexión económica que existe entre países, pero también para ser conscientes de las carencias de este sistema de producción: un problema en uno de los eslabones de la cadena puede afectar al mundo entero. Una de las soluciones a largo plazo sería producir y consumir a nivel local, apostando por los negocios más próximos y solucionando el problema del transporte global.

El COVID nos ha generado miedo y desconfianza, la población de la calle no sabemos lo que es verdad o mentira, no tenemos certeza de nada. Nos preguntamos si lo que nos cuentan es de fiar y si volveremos a pasar otra crisis como el COVID de la que aún no estamos respuestas.

La primera plaga fue el Covid19, ¿la segunda será el Apagón? El problema es que los israelitas veían a su enemigo conocían sus fuerzas y podían luchar o huir de él, nosotros desconocemos si ni siquiera existe ese enemigo y lo peor es que tampoco tenemos un Moisés que nos guíe.

Dicen los creyentes que la mayor parte de la Biblia nos habla, pero los salmos hablan por nosotros y los salmos (23:4) dicen: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento». «Más fe y menos miedo».