¿Cuánto daño podía causar la pólvora en la boca de alguien que solo quería dejar de sufrir por una muela? La respuesta, documentada en la España del siglo XIX, es más perturbadora de lo que cualquier película de terror podría imaginar. Los llamados sacamuelas no eran una curiosidad pintoresca: eran el sistema sanitario de los más pobres.
Antes de que existiera la odontología como profesión regulada, millones de personas dependían de estos charlatanes ambulantes que montaban su consulta en cualquier plaza, feria o mercado. Lo que hacían dentro de esa "consulta" improvisada forma parte de uno de los capítulos más brutales de la historia de la medicina en España.
La pólvora como remedio dental: así funcionaba
Mezclar nitrato de potasio y azufre —los componentes básicos de la pólvora negra— con saliva y aplicarlo sobre la caries no era magia: era química agresiva. La reacción cáustica destruía el tejido necrótico, pero también atacaba el esmalte sano y el tejido blando circundante, generando un ardor intensísimo. El paciente confundía ese dolor con la "limpieza" prometida.
Lo paradójico es que este método tenía un efecto secundario que el sacamuelas aprovechaba sin escrúpulos: la inflamación y el entumecimiento temporal de la zona. Ese breve lapso era la única "anestesia" disponible, y era en ese momento cuando procedía a la extracción, a menudo sin los instrumentos adecuados.
Quiénes eran estos dentistas de plaza y cómo operaban
Los sacamuelas itinerantes no tenían formación académica, pero dominaban el arte del espectáculo. Se vestían con ropas llamativas, colgaban collares de muelas extraídas al cuello como trofeos de guerra y se hacían rodear de músicos que subían el volumen para cubrir los gritos del paciente. La pólvora no era el único recurso: también usaban vinagre concentrado, aceite hirviendo y extractos de plantas como la belladona.
Legalmente, la situación era confusa. En España, hasta 1875, no existía el título oficial de "Cirujano Dentista". Eran los llamados Cirujanos Sangradores quienes tenían autorización para extraer piezas, pero en la práctica cualquiera con habilidad manual y desparpajo podía montar un puesto y cobrar por ello. El vacío legal era su mejor aliado.
La pólvora y las fracturas mandibulares: el daño colateral
Uno de los efectos más documentados de estos procedimientos era la fractura mandibular. Cuando la pólvora o sus componentes debilitaban el hueso y el periodonto, la palanca ejercida durante la extracción podía partir la mandíbula. El paciente, que había llegado con un dolor de muelas, se marchaba con una fractura, una hemorragia no controlada y, en muchos casos, una infección severa.
La mortalidad asociada a estas prácticas no se registraba de forma sistemática, pero los médicos de la época ya denunciaban el problema. Un anuncio publicado en la revista médica española "La Clínica" en 1862 refleja con ironía amarga la situación: el dentista prometía curar "todo mal" y, si no lo conseguía, no cobraba. El negocio estaba en que muy poca gente reclamaba.
El negocio del dolor: por qué el pueblo lo toleraba
| Aspecto | Médico universitario | Sacamuelas ambulante |
|---|---|---|
| Precio | Inaccesible para clases bajas | Barato o negociable |
| Disponibilidad | Solo en ciudades | Ferias, plazas, mercados rurales |
| Anestesia | Ninguna (igual) | Ninguna (igual) |
| Riesgo de infección | Menor | Muy alto |
| Acceso real | Escaso | Inmediato |
La durísima realidad económica del siglo XIX español hacía que para millones de personas el sacamuelas ambulante fuera la única opción posible. Un molar infectado podía matar, y esperar meses para ver a un médico titulado no era una alternativa real para los jornaleros, los campesinos o las clases populares urbanas.
El fin de los sacamuelas y la odontología moderna
La creación en España del título oficial de Cirujano Dentista en 1875 marcó el inicio del fin de estos personajes, pero no su desaparición inmediata. La pólvora como recurso empírico fue cediendo terreno a medida que el cloroformo y el éter comenzaron a usarse como anestésicos generales a partir de la segunda mitad del siglo XIX. La regulación tardó décadas en llegar a las zonas rurales.
Hoy, la historia de los sacamuelas es un espejo incómodo sobre lo que ocurre cuando el acceso a la salud es un privilegio. El dato que más debería inquietarnos no es que usaran pólvora para operar bocas: es que quienes los buscaban no tenían otra salida. El dolor, entonces como ahora, no espera a que el sistema esté listo.



