A sus 90 años, Lola Herrera, la mítica actriz, se sentó a charlar con Jordi Évole en su programa y no se guardó absolutamente nada. Recordó su doloroso y larguísimo proceso de divorcio del también actor Daniel Dicenta, padre de sus dos hijos, Natalia y Daniel.
Lo que relató en esa entrevista es un retrato crudo de una España donde las mujeres no tenían voz ni voto, un país que hoy nos parece lejano pero que ella sufrió en carne propia tras casarse en la Nochevieja de 1960 y ver cómo su marido abandonaba el hogar un Día de Reyes seis años después.
Lola Herrera revela el calvario judicial y social por culpa de los continuos engaños

Separarse en 1967 era prácticamente una misión imposible. Hasta los años ochenta no se aprobó la ley del divorcio, así que el camino legal era largo. Lola Herrera se sinceró sobre los motivos de su ruptura: "Cuando yo pedí la separación, que todavía no existía el divorcio, tenías que denunciar a tu marido. A mí no me habían pegado, no me habían maltratado. Me habían maltratado, si quieres... en ponerme muchos cuernos", le confesó a Évole.
Lo peor de todo es que la sociedad de la época normalizaba estas actitudes machistas. "Pero ese maltrato", continuó explicando la actriz, "era como que no se habían dado cuenta. Los hombres eran muy machos y tenían que poner cuernos a sus mujeres". La situación legal la dejaba totalmente desamparada, sin casa en Madrid y sin familia cerca. "Éramos muebles las mujeres. Creo que no se ha contado bien... Era horrible", sentenció.
El relato de su separación indigna al día de hoy por cómo la trataron las instituciones. "Yo no podía quejarme de nada en cuanto a poner una denuncia... Podías separarte de una manera muy particular. Cuando hice los primeros pasos para la separación, yo no tenía casa en Madrid y no tenía familiares". Ante esa situación, el sistema judicial tomó una decisión verdaderamente denigrante: "El juez me depositó en la casa de Mimi Muñoz, la madre de las Goyanes, en la calle Nicasio Gallego. Depositada quiere decir que ellas cuidaban de mí. No podía vivir sola. Estuve seis meses allí".
Sentirse ninguneada era parte de su día. La burocracia oficial trataba a las mujeres "como si fueras una tarada. Era un maltrato muy grande por parte de la oficialidad". A la actriz le molesta todavía en la actualidad recordar lo absurdo del sistema: "¿Cómo puede ser que una madre trabajadora no pueda poner a sus hijos en la Seguridad Social porque resulta que no es cabeza de familia? Pero si el padre decía 'adiós, muy buenas' y no sabía dónde estaba... Era muy difícil todo".
Por eso rechaza tajantemente la idea de que en aquellos años oscuros "no se vivía mejor", y celebra que hoy "las mujeres hemos dado pasos de gigante". Aunque no duda en lanzar una advertencia: "Ha sido muy gratificante ver cómo se han ido ganando cosas. Lo que pasa es que todo lo que hemos conseguido ha sido muy endeble. Hay que estar alerta de no perder nada de lo que se ha conseguido, que corre sus peligros".
Un proyecto de culto que destapó una depresión profunda

La relación con Daniel Dicenta dejó secuelas imborrables que se reflejaron años más tarde en la película 'Función de noche', dirigida por Josefina Molina en 1981. En esta cinta, ambos se encerraron en un camerino a hablar de su fracaso matrimonial. Para Lola Herrera, el rodaje fue remover sus heridas: "Supuso mucho para mí", pero le dolió la reacción posterior de su ex: "He sentido mucho que no le sirviera a Daniel para desahogar todo lo que tenía dentro. Y para dejar ese estado de ánimo que él tenía, que era su estado depresivo permanente, que lo llevó a muchas cosas".
Dicenta no encajó bien el gran impacto del filme en la sociedad de la Transición. "Daniel, a pocos días de estrenarse la película, dio entrevistas diciendo que lo habían engañado", lamentó la actriz. "A partir de ahí empecé a darle vueltas. Tardé mucho en comprender. Él no había hablado de sus angustias, de su situación personal. De por qué habíamos llegado a eso en el terreno del sexo". Echando la vista atrás, Lola asume la 'ceguera' de aquella época. "Ni lo vi en el noviazgo, ni lo vi en el matrimonio. Nuestro matrimonio no funcionó desde el primer día. Y en mi época te casabas para siempre".
El declive de Dicenta fue duro de presenciar para ella. "Era un actor maravilloso, pero se convirtió en una persona que a todo decía que no. Algo pasaba ahí. Esa desazón con el apellido. No sé si por resquemor a su padre... (Su padre) se pegó un tiro. Y eso le causó un dolor. Eso lo pasé con él. Eso culminó nuestra relación. Se rompió todo lo que tenía que romperse. Imagínate el panorama".
En esa misma película, Lola protagonizó una escena fingiendo un orgasmo por teléfono que levantó verdaderos dilemas en la profesión. "Hubo compañeras que me retiraron el saludo", desveló. "Me llamaron desvergonzada". Sin embargo, para ella dar ese paso frente a las cámaras fue "como una liberación". El impacto en la sociedad machista fue inmediato. "Lo que no sabía es que había abierto el frasco de las esencias. A partir de aquel momento los hombres empezaron a preguntarse si sus relaciones eran reales o si estaban fingiendo".
A todo este huracán emocional se sumó su histórico papel en 'Cinco horas con Mario', obra que interpretó durante más de cuarenta años, cerrando su etapa en 2022 y afirmando con cariño que "He hecho distintas Cármenes". Paradójicamente, el éxito profesional la hundió emocionalmente. Lola reconoció que: "la depresión que tuve yo fue por eso. Me pasaban cosas tremendas en el escenario. Veía imágenes de mi vida en el escenario con mi exmarido. Era una cosa muy complicada. No sabía lo que me pasaba". Aunque tiene clarísimo que: "el escenario es una terapia", aclaró que su bajón no fue "por aguantar el drama" del personaje sobre las tablas, sino porque: "era mi drama personal". Explicó que cuando actúas, inevitablemente "echas mano de lo que tú tienes para este trabajo", lo que provocó que "aparecieron más cosas que estaban sin resolver en mí. Eso es lo que me hizo caer en una depresión".
"Fue una cadena que empezó con Cinco horas y terminó en Función de noche", resumió sobre aquella etapa. "No sé dónde estuve, pero estuve en unas profundidades tremendas. Eché fuera de mí el dolor que tenía de tanto tiempo. Yo no sabía que tenía tanto dolor". El peso del silencio la aplastaba por dentro. "Tenía el dolor de la incomunicación, de no poder comunicar, de no poder decir el horror de haber fingido, el horror de no poder hablar y poder clarificar algo sin que le hiriese ni le hiciese mal como hombre". Y sentenció con tristeza. "Mi silencio duró mucho tiempo".
Las cartas de amor de Chicho Ibáñez Serrador y el mal ojo para las parejas

A pesar de todo ese sufrimiento, hubo un hombre que marcó positivamente su vida aunque no llegaron a consumar su amor. Hablamos de Chicho Ibáñez Serrador. "Lo conocí en Valladolid. Chicho fue realmente una parte del empujón para que yo me fuera a Madrid. Él dirigía la compañía de su madre, Pepita Serrador. Era un libro abierto, había viajado por todo el mundo. Se había ido a tocar el piano a Francia por los bares. Dirigía. Era un actor maravilloso".
Recordando su vínculo, no oculta la fascinación que sentía por el director. "Me contaba historias maravillosas, de la vida, el teatro... Me quedé fascinada. Los dos éramos Cáncer y los dos éramos mismo año". Incluso confesó con una sonrisa nostálgica que "tonteó al final". Tras separarse geográficamente, lograron mantener un contacto muy especial. "Chicho se fue y empezó a escribirme cartas. Empecé a recibir cartas de amor de Chicho que eran guiones maravillosos". Desde el extranjero, él le enviaba detalles constantemente. "Se fueron a Marruecos y me mandó unas babuchas, fotografías".
El esperado reencuentro ocurrió una década después en Madrid. "Me llamó al (teatro) Infanta Isabel. Hacía 10 años que no nos veíamos y que no habíamos tenido nunca conexión". En ese momento ella le contó que se había casado y estaba "separada", y él le respondió con su propia realidad sentimental. "Se había casado con Miss Buenos Aires". La amistad prevaleció por encima de todo. "Fuimos amigos, amigos de verdad. Hablamos mucho. Chicho era mucho".
Pero la historia de esas cartas tuvo un final amargo por culpa de una intromisión de su marido. "Un día... leyó las cartas, porque yo tenía una caja con mis secretos, y me las rompió. Ese día tenía que haberme separado". A día de hoy, suspira por recuperar aquellos textos perdidos. "Me gustaría tanto poder leerlas ahora, en mi vejez. Eran cartas muy bonitas... Con esa imaginación que tenía y con lo que yo le inspiraba".
Haciendo balance general de sus amores, Lola Herrera fue muy autocrítica consigo misma. "Debí haber tenido siempre muy mal ojo para las parejas. Las parejas que he tenido, atracción física grandísima. Y eso es muy grave. Te lleva a equivocarte mucho". Pese a todo, no se arrepiente de lo vivido. "He tenido mis éxitos con los chicos. Pero me descompensó tanto la primera parte de mi vida... que no me quedaron ganas. He tenido mis cosas. He vivido lo que he podido y me compensaba. Tampoco he hecho exhibición de mis compañeros. Yo tenía dos hijos pequeños y la sociedad no estaba como ahora".
Decidió cerrar la puerta a convivir con nadie más de forma definitiva. ¿El motivo real? "No quise que mis hijos tuvieran problemas. Cuando vino el divorcio había tanta demanda que tardé tres o cuatro años. Había cola. Era una época difícil... No volví a compartir mi vida con nadie".
La rutina alimentaria que mantiene imparable a la actriz a sus 90 años

Llegar a las nueve décadas con la energía necesaria para aguantar giras teatrales y ser una de las actrices con más trabajo del país no es fruto de la casualidad. En una charla reciente con la presentadora y nutricionista Patricia Pérez, Lola Herrera reveló cómo cuida su cuerpo para estar siempre al cien por cien. Para empezar, tiene muy claro lo que no tolera su estómago. "No me gusta la coliflor. Hace muchísimos años que no la pruebo porque me sienta fatal. El brócoli tampoco". En su lugar, apuesta fuerte por un trío ganador que nunca le falla: "judías verdes, acelgas y zanahoria".
También ha aprendido a esquivar los eventos sociales que le pasan factura y le arruinan la digestión. "Yo noto que no me encuentro bien cuando voy a algún sitio a cenar con mucha gente y pedimos cosas compartidas. Tengo una saturación… necesito comidas limpitas", asegura. Y con la bebida también tiene sus límites estrictamente marcados, especialmente con el vino blanco, porque según ella "me atonta, no lo aguanto nada". Prefiere mil veces una buena copa de tinto para darse un capricho. Prefiere además el pollo antes que las carnes rojas para evitar pesadez.




