​​El Real Zaragoza en el abismo: trece años de errores que amenazan su futuro

El Real Zaragoza, uno de los clubes más laureados y respetados de España, atraviesa el momento más oscuro de sus 94 años de historia. Tras más de una década atrapado en el pozo de la Segunda División, el equipo aragonés se desangra deportivamente y se asoma al abismo de la Primera RFEF.

Hablar del Real Zaragoza es hablar de Copas del Rey, de una Recopa y de tardes de gloria en Europa. Sin embargo, hoy ese pasado parece una fotografía en blanco y negro que se desvanece. El club vive inmerso en un bucle maldito que dura ya trece años. Lo que empezó como un bache tras el descenso de 2013 se ha convertido en una agonía constante que tiene al equipo como colista de la categoría. Con solo cinco victorias en su casillero, el fantasma de la Primera RFEF ya no es una posibilidad remota, sino una amenaza real que aterra a toda una ciudad.

​La llegada en 2022 de un fondo inversor con capital americano, encabezado por Jorge Mas, fue recibida con esperanza. Se habló de la nueva Romareda, de potenciar la academia y de devolver al Zaragoza a su lugar natural: la Primera División. Pero los resultados han contado una historia muy distinta. Los propietarios se han convertido en figuras invisibles, gestionando el club desde la distancia y delegando las decisiones importantes en una estructura que muchos asocian al Atlético de Madrid. Ese desarraigo ha provocado una desconexión total con la realidad de la calle y del sentimiento zaragocista.

​La inestabilidad deportiva y el constante baile de entrenadores en el banquillo del Real Zaragoza

​Uno de los grandes males del club ha sido la falta de un proyecto deportivo sólido. En apenas cuatro temporadas, por las oficinas de la Ciudad Deportiva han pasado decenas de directores deportivos y entrenadores. Se han realizado más de 50 fichajes, de los cuales muy pocos han dado el rendimiento esperado. Esta política de "triturar" profesionales ha impedido que el equipo tenga una identidad clara sobre el césped. La falta de paciencia y los cambios bruscos de timón han dejado a la plantilla sin referentes y sumida en una crisis de confianza que parece no tener fin.

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El Real Zaragoza se asoma a la mayor deshonra de su historia Fuente: LaLiga

​En medio de este caos, la cantera, que siempre fue el orgullo de Aragón, ha pasado a un segundo plano. La política de vender a los jóvenes talentos del Zaragoza para cuadrar las cuentas ha debilitado el espíritu del equipo. Leyendas del club como Andoni Cedrún o Nayim hablan de una sensación de impotencia absoluta. Sienten que el club ha perdido ese "olor a zaragocismo" que antes se respiraba en cada rincón. Para ellos, el problema no es solo lo que pasa en los noventa minutos de partido, sino una reestructuración profunda que el club necesita desde los cimientos hasta la cúpula directiva.

​Un último intento de salvación confiando en el sentimiento aragonés

​Ante la gravedad de la situación, la propiedad ha decidido dar un giro de última hora. Han vuelto a mirar hacia casa, recuperando a figuras como Lalo Arantegui para la dirección deportiva y a David Navarro para el banquillo. La idea es "aragonizar" el club de nuevo, buscando personas que sientan el escudo y entiendan lo que significa vestir la camiseta del león. Sin embargo, para muchos aficionados esta medida llega demasiado tarde. Existe la duda de si es un plan real o simplemente un parche para calmar la tensión social que se vive en las gradas de La Romareda.

​La afición, huérfana de referentes y cansada de promesas incumplidas, exige la ruptura total con influencias externas y la presencia de un presidente real en Zaragoza. Un líder que dé la cara en los momentos difíciles y que defienda los intereses del club. A pesar de todo, el zaragocismo no se rinde. La Federación de Peñas asegura que, incluso en el peor de los escenarios, la gente no abandonará al equipo. Porque el Real Zaragoza no es solo una empresa; es un sentimiento que pasa de padres a hijos y que nadie podrá arrebatarles, ni siquiera una gestión nefasta.

​Quedan pocas jornadas y la salvación está a una distancia considerable. Pero en Zaragoza nadie quiere dejar de creer en la "rasmia" y en el corazón de un equipo que se resiste a morir. El club agoniza, es cierto, pero mientras quede un hilo de esperanza, la ciudad seguirá empujando para evitar que uno de los grandes de España caiga en el olvido del fútbol no profesional. El futuro es incierto y el camino está lleno de espinas, pero el orgullo de ser zaragocista es lo único que mantiene al club con vida en su hora más difícil.