El médico que usaba sanguijuelas para casi todo en Francia

Hubo un tiempo en que entrar a una consulta en París era jugarse la sangre. Literalmente. La obsesión francesa por las sanguijuelas llevó a la medicina al borde del colapso y de la anemia generalizada.

Si un médico de 1830 te viera hoy con un simple dolor de cabeza, su receta no sería un analgésico, sino una docena de gusanos hambrientos pegados a tus sienes. No es el guion de una película de terror, sino la realidad de la Francia del siglo XIX, donde la medicina decidió que la solución a todos los males era vaciar al paciente por fuera para "curarlo" por dentro.

La culpa de esta sangrienta moda la tuvo, en gran parte, François-Joseph-Victor Broussais. Este influyente médico parisino convenció a toda una generación de que las enfermedades no eran ataques externos, sino inflamaciones de los órganos que solo se solucionaban debilitando el cuerpo. ¿Cómo? Con sanguijuelas. Muchas. Millones de ellas.

Sanguijuela: La doctrina de Broussais: Sangrar hasta el desmayo

YouTube video

Broussais no era un curandero de barrio; era una eminencia. Su teoría era tan simple como peligrosa: todas las dolencias provenían de la irritación gastrointestinal. Para este médico, la fiebre era el enemigo y la sangre el combustible del fuego. Si quitabas la sangre, apagabas el incendio. Así de fácil y así de letal para miles de pacientes.

Publicidad

Lo fascinante (y aterrador) es que el gremio lo compró sin rechistar. Se abandonaron los fármacos químicos de la época por el "remedio natural". En las boticas de Francia, los frascos de cerámica llenos de estos anélidos eran más comunes que las vendas. Si ibas al médico por un problema cardíaco, te ponían sanguijuelas; si ibas por un bache emocional, también.

El negocio millonario de la sangre ajena

La demanda fue tan absurda que Francia agotó sus propias poblaciones de estos animales. En 1833, solo en los hospitales de París, se utilizaron unos 42 millones de ejemplares. El país tuvo que empezar a importarlas de media Europa y del norte de África, creando una burbuja económica que hoy nos parecería un chiste de mal gusto si no fuera por las cicatrices que dejó.

Hubo incluso mujeres, las "atrapadoras", que se metían en las charcas con las piernas desnudas para que las sanguijuelas se engancharan a ellas y así poder recolectarlas. El sacrificio humano por la ciencia de aquel entonces empezaba mucho antes de que el médico se pusiera los guantes (si es que los usaba).

¿Por qué creían que esto funcionaba?

El efecto placebo es una fuerza de la naturaleza. Muchos pacientes sentían un alivio inmediato, no porque la enfermedad desapareciera, sino por la bajada de tensión y la debilidad extrema que produce perder medio litro de sangre. Te quedabas tan flojo que, lógicamente, dejabas de quejarte. Y el médico anotaba: "Paciente más tranquilo". Una lógica impecable si ignoras que el pobre hombre estaba a un paso del síncope.

Aquí te dejo algunas de las "dolencias" que este tipo de médico trataba con sus inseparables gusanos:

  • Fiebres tifoideas y procesos infecciosos graves.
  • Migrañas crónicas y cualquier tipo de "congestión" cerebral.
  • Dolores articulares, gota y reumatismo.
  • Problemas ginecológicos (donde las aplicaciones eran, créeme, una tortura).
  • Hemorroides e inflamaciones rectales.
  • Incluso la simple melancolía o estados de nerviosismo.

El declive de la "sanguijuelamanía"

YouTube video

A mediados de siglo, la burbuja estalló. Empezaron a aparecer voces que sugerían algo revolucionario: que desangrar a un enfermo quizás no era la mejor forma de ayudarlo a recuperarse. Pierre Louis, otro médico francés, empezó a aplicar la estadística y demostró que los pacientes de neumonía que no eran sangrados sobrevivían mucho más que los "vampirizados".

La llegada de la microbiología terminó por enterrar esta práctica. Se descubrió que los bichos no eran el problema, sino los microbios. Aun así, las sanguijuelas no desaparecieron del todo del maletín del médico. De hecho, hoy en día han vuelto, pero con una base científica real.

Publicidad

He aquí por qué la medicina moderna todavía respeta a estos bichos:

  1. Segregan hirudina, un anticoagulante natural potentísimo.
  2. Poseen un anestésico local que permite que la picadura sea indolora.
  3. Ayudan a restablecer la circulación en injertos de piel y dedos amputados.
  4. Sus sustancias reducen la inflamación en casos de artrosis de rodilla.
  5. Son expertas en limpiar hematomas que la cirugía no puede drenar.
  6. Funcionan donde la tecnología de microcirugía a veces falla por falta de drenaje venoso.

El futuro: Del pantano al laboratorio biotecnológico

No me cabe duda de que volveremos a ver a las sanguijuelas en las farmacias, pero de una forma muy distinta. No será el capricho de un médico obsesionado con la inflamación, sino una fuente de compuestos bioquímicos sintéticos. Estamos aprendiendo a imitar su saliva para crear fármacos que eviten trombos sin los efectos secundarios de los actuales.

Lo que viene es una medicina que no busca "vaciar" al paciente, sino aprender de la evolución. El error de Francia en el XIX fue el exceso y la fe ciega. El acierto del futuro será usar la herencia de estos anélidos sin tener que cubrir de gusanos a nadie. Al final, la historia de la medicina es un péndulo que siempre vuelve, pero esperemos que esta vez no nos deje tan anémicos.