La asquerosa "pasta de dientes" de la antigua Roma que usas hoy sin saberlo

Olvida el sabor a menta fresca. En la antigua Roma, el secreto de una sonrisa de película no estaba en las plantas, sino en la vejiga. Descubre por qué el amoníaco de la orina añeja era el ingrediente estrella de su higiene oral y cómo el poeta Catulo convirtió esta costumbre en el primer "zasca" dental de la historia.

Si esta mañana te has lavado la boca con una pasta de dientes de sabor suave, considérate un afortunado de la cronología histórica. En la Antigua Roma, lucir una dentadura blanca no era cuestión de flúor, sino de un ingrediente que hoy nos haría salir corriendo del baño: orina humana fermentada.

Parece un chiste de mal gusto, pero para los ciudadanos de la Roma más sofisticada, la orina era el equivalente al blanqueamiento láser actual. No se conformaban con cualquier cosa; buscaban la máxima eficacia química para mantener sus sonrisas impecables, aunque el precio fuera un aliento difícil de justificar en una primera cita.

Pasta de dientes: El mercado negro de la orina lusitana

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No toda la "materia prima" era igual de valiosa para fabricar la pasta de dientes de la época. Los romanos, que para la ingeniería y el hedonismo no tenían rival, descubrieron que la orina de Lusitania (el actual Portugal) era la más potente del imperio. ¿El motivo? Se creía que era más fuerte y concentrada, lo que la hacía ideal para eliminar las manchas de esmalte más rebeldes.

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Resulta fascinante pensar en caravanas de barcos transportando ánforas llenas de orina a través del Mediterráneo. Se dejaba envejecer porque, al descomponerse, la urea se transforma en amoníaco, un agente limpiador brutal que hoy seguimos usando para limpiar suelos, pero que ellos preferían frotar contra sus encías.

Catulo y el primer "bully" de la higiene dental

La obsesión por esta pasta de dientes primitiva llegó a tal punto que el poeta Catulo no pudo morderse la lengua. En su famoso Poema 39, arremete contra un tal Egnatius, un tipo que siempre estaba sonriendo para lucir unos dientes sospechosamente blancos. Catulo, con una mala leche magistral, le espeta que cuanto más blancos tiene los dientes, más orina ha tenido que beber.

Es el ejemplo perfecto de cómo la vanidad humana no tiene límites. Egnatius prefería el regusto amargo de su propio desecho orgánico con tal de destacar en el foro. Aquella pasta de dientes no era solo higiene; era estatus social, aunque fuera un estatus con un olor bastante cuestionable a juzgar por los estándares modernos.

¿Cómo funcionaba realmente este mejunje?

Aunque nos produzca náuseas, la ciencia le daba la razón a la Roma clásica. El amoníaco es un desengrasante natural y un blanqueador de primer orden. Al usar orina como pasta de dientes, los romanos estaban aplicando una solución química que realmente eliminaba el sarro y las manchas superficiales producidas por la dieta de la época, rica en vino y aceites.

A menudo mezclaban este líquido con otros abrasivos para darle consistencia. Aquí es donde la cosa se pone creativa y algo menos "líquida":

  • Cáscaras de huevo trituradas para pulir el esmalte.
  • Piedra pómez pulverizada (auténtico papel de lija para los dientes).
  • Cenizas de cabeza de liebre o sesos de ratón quemados.
  • Miel para intentar, desesperadamente, suavizar el sabor.
  • Bicarbonato de sodio natural (encontrado en ciertos depósitos minerales).
  • Vinagre para los casos de gingivitis más severos.

La economía circular del pipí romano

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Era tal el valor de este recurso para la limpieza de ropa y la elaboración de pasta de dientes que el emperador Vespasiano incluso le puso un impuesto. De ahí viene la famosa frase "Pecunia non olet" (el dinero no huele). Los recolectores de orina pasaban por las casas y las letrinas públicas para recoger el "oro líquido" que luego se vendía a las lavanderías y a los ciudadanos más coquetos.

Me pregunto qué pensaría un romano medio al ver nuestros tubos de gel con microperlas y sabor a hierbabuena. Probablemente pensaría que nuestra pasta de dientes es poco eficaz porque no "pica" lo suficiente. Ellos buscaban resultados, y el amoníaco de la orina, por asqueroso que nos resulte, cumplía su función con una eficiencia casi industrial.

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El legado químico que aún sobrevive

Si miras hoy mismo la etiqueta de muchos productos de cosmética o incluso de algunos blanqueadores dentales profesionales, verás derivados de la urea o compuestos de amoníaco. La Roma de hace dos milenios ya había descifrado la fórmula, solo que ellos se saltaban el paso del laboratorio y preferían la fuente directa.

La próxima vez que te quejes porque tu pasta de dientes está terminándose, recuerda a Egnatius y su sonrisa lusitana. La higiene dental ha recorrido un camino larguísimo, pasando de las ánforas de orina fermentada a la nanotecnología. Personalmente, me quedo con el progreso, porque hay tradiciones que es mucho mejor dejar enterradas bajo las ruinas del Coliseo.

El futuro: ¿Volveremos a lo natural?

El escenario que viene en la industria dental apunta a una vuelta a lo orgánico, pero tranquilos, nadie está pidiendo que rescatemos la costumbre de Vespasiano. Lo que veremos en el futuro de la pasta de dientes será:

  1. Uso de enzimas naturales que imitan la limpieza química sin dañar la flora bucal.
  2. Eliminación total de los microplásticos que hoy contaminan nuestros océanos.
  3. Sustitución de espumantes artificiales por saponinas vegetales.
  4. Probióticos orales integrados para combatir la caries desde la biología.
  5. Envases biodegradables que sustituyan al eterno tubo de plástico.
  6. Sistemas de blanqueamiento por luz LED integrada en el propio cepillado.