España está envejeciendo, ya no es un secreto a voces, es un problema demográfico importante con consecuencias a corto, mediano y largo plazo. ¿Está cambiando algo en la natalidad española o seguimos cuesta abajo? ¿Es verdad que han nacido más bebés en 2025 o es solo un espejismo estadístico? ¿ Y cuantas muertes? Y, sobre todo, ¿por qué la sensación general sigue siendo que España envejece sin freno?
Los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) han confirmado un pequeño giro, en 2025 nacieron 321.164 bebés, 3.159 más que el año anterior. Es el primer repunte en una década. Pero la otra cifra pesa mucho más, 446.982 fallecimientos en el mismo periodo. El resultado es claro. El crecimiento vegetativo sigue en negativo. Y no por poco.
Más nacimientos, sí. Pero muchas más muertes

El titular optimista existe, la caída de la natalidad se ha frenado. Después de años encadenando mínimos históricos, el aumento del 1% en los nacimientos rompe la tendencia descendente que arrastrábamos desde 2015. En redes sociales hubo quien celebró el dato como una señal de estabilización. “Algo empieza a cambiar”, comentaban algunos usuarios.
Pero la euforia dura poco cuando se mira el conjunto. Las defunciones crecieron un 2,5% respecto a 2024. Casi medio millón de muertes en un año. El saldo vegetativo negativo supera las 122.000 personas. Desde 2015 mueren más personas de las que nacen en España, y 2025 no ha sido la excepción.
En la calle, la percepción es ambivalente. Hay quien ve el repunte como una señal de resistencia demográfica, impulsada en parte por la inmigración y el crecimiento poblacional. Otros lo interpretan como un simple rebote estadístico que no cambia la foto estructural, menos nacimientos que hace diez años y una población cada vez más envejecida.
España envejece y las madres también

Si ampliamos el foco, el problema no es solo cuántos nacen, sino cuándo. En 2015, el 7,8% de los nacimientos correspondía a madres de 40 años o más. En 2025, ese porcentaje ha subido al 10,4%. Es un cambio profundo en apenas una década.
Este retraso en la maternidad tiene consecuencias directas. Muchas mujeres tienen un primer hijo más tarde y reducen las probabilidades de tener un segundo. De hecho, los aproximadamente 321.000 nacimientos actuales quedan muy lejos de los 420.000 de 2015 o los 466.000 de 2005. El descenso acumulado es difícil de ignorar.
En conversaciones cotidianas el argumento se repite, precariedad laboral, dificultad para acceder a vivienda, conciliación insuficiente. La decisión de tener hijos ya no se aplaza por capricho, sino por cálculo. Y ese cálculo, en muchos casos, termina en renuncia.
Un país con saldo negativo y ayudas desiguales

El mapa territorial tampoco es homogéneo. Solo la Comunidad de Madrid, la Región de Murcia, Melilla y Ceuta registraron saldo vegetativo positivo en 2025. El resto de comunidades mantiene más muertes que nacimientos.
El debate sobre las políticas públicas vuelve a la primera línea. Informes como el de la Fundación RedMadre insisten en que las ayudas a la maternidad están muy concentradas, especialmente en Madrid y Galicia, mientras otras regiones no destinan recursos específicos. Paralelamente, los datos sobre interrupciones voluntarias del embarazo siguen siendo parte de la discusión pública, lo que añade un componente ideológico al análisis demográfico.
En redes y tertulias, el tono se ha polarizado. Hay quien habla directamente de “declive demográfico irreversible”. Otros recuerdan que España sigue creciendo en población total gracias a la inmigración y que el reto es gestionar ese cambio con inteligencia. Lo cierto es que, más allá del enfoque político, los números obligan a una reflexión estructural, menos jóvenes, más mayores y un sistema de pensiones que dependerá cada vez más del equilibrio entre generaciones.
El pequeño repunte de nacimientos en 2025 es real. Pero no compensa el volumen de fallecimientos ni revierte una tendencia que lleva una década consolidándose. España no está ante un desplome súbito, sino ante un proceso lento y constante de envejecimiento.
La pregunta ya no es si hay un problema demográfico. La pregunta es qué modelo de país queremos construir frente a él. Porque los datos no son solo estadísticas, son escuelas que cierran, barrios que cambian y generaciones que sostienen (o no) el futuro común.

