El impacto negativo de las bebidas energéticas (Red Bull, Monster, etc) en los jóvenes es un tema para nada novedoso, sin embargo, recientemente ha vuelto a generar polémica ante el intento del Gobierno actual de prohibir el consumo a los menores. ¿De verdad una lata puede alterar el sueño, el ánimo y hasta las notas de un adolescente? ¿Estamos exagerando con las bebidas energéticas o los datos son tan preocupantes como dicen? La conversación ya no está solo en redes, ha saltado a colegios, parlamentos y mesas de cocina.
El consumo de marcas como Red Bull o Monster Energy entre menores de 16 años ha dejado de verse como una moda puntual. Las cifras oficiales y las campañas de concienciación hablan abiertamente de problema de salud pública. Y lo que más inquieta no es solo cuánto consumen, sino lo normalizado que está.
Durante mucho tiempo este tema ha generado debate. Hoy la pregunta es otra: ¿hemos reaccionado demasiado tarde?
Casi la mitad de los adolescentes las consume Red Bull y Monster (y muchos antes de los 14)

Los datos son difíciles de ignorar. Según cifras que maneja la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnado (CEAPA), el 47,7% de los adolescentes de entre 14 y 18 años consume bebidas energéticas de forma regular. Pero lo que más impacta es que el 38% de menores de 12 y 13 años ya las ha probado. Es decir, el contacto empieza cada vez antes.
La encuesta de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) va en la misma línea, el 91% de los españoles apoyaría prohibir su venta a menores de 16 años y más de la mitad extendería el veto hasta los 18. El consenso social es abrumador. En grupos de padres la sensación es clara: “No sabíamos que era tan grave”, reconocen muchos. Otros admiten que en casa nunca se le dio importancia porque “solo es una lata”.
Lo que hay dentro de un Red Bull y un Monster: cafeína, azúcar y estimulación en cadena

Una sola lata puede contener entre 70 y 80 miligramos de cafeína, el equivalente a dos o tres cafés consumidos de golpe. A eso se suman hasta 35 gramos de azúcar y otros estimulantes como taurina o guaraná. En un organismo adulto ya tiene impacto; en uno en desarrollo, mucho más.
Los efectos no tardan en notarse. Insomnio, nerviosismo, irritabilidad. Profesores alertan de alumnos que llegan agotados a clase tras noches en vela. Pediatras hablan de taquicardias y dolores de cabeza recurrentes. Y psicólogos advierten de algo más silencioso, la relación entre consumo frecuente y aumento de ansiedad o síntomas depresivos a medio plazo. Lo que se vende como “energía instantánea” suele terminar en fatiga acumulada.
Prohibiciones, publicidad y el choque con la industria

La campaña “Dan la lata, no alas” impulsada por CEAPA ha puesto el foco en la presión publicitaria y en la imagen aspiracional que rodea a estas bebidas. Deporte extremo, éxito, popularidad. Un mensaje potente para menores que aún no distinguen del todo entre marketing y realidad. La Organización Mundial de la Salud lleva años advirtiendo de que la exposición a publicidad de productos insanos modifica hábitos y preferencias desde edades tempranas.
En el plano político, el debate ya es tangible. Galicia ha prohibido su venta a menores y otras comunidades estudian medidas similares. Desde el Ministerio de Derechos Sociales se prepara una regulación para limitar la publicidad de alimentos y bebidas poco saludables dirigidos a menores. La industria, por su parte, insiste en que el consumo responsable es posible y que la clave está en la educación. Mientras tanto, en muchas familias la discusión ya no es teórica, es diaria.
La sensación general es que estamos ante un punto de inflexión. Durante años se permitió que estas bebidas ocuparan estanterías junto a refrescos comunes, sin un debate serio sobre sus efectos. Hoy los datos, las campañas y el respaldo social a posibles prohibiciones indican que algo está cambiando.
Quizá el mayor error fue pensar que “no pasa nada”. Porque cuando casi la mitad de los adolescentes consume regularmente productos con altas dosis de estimulantes, la pregunta deja de ser si preocupan y pasa a ser qué estamos dispuestos a hacer.

