El ritmo acelerado de la vida diaria con frecuencia obliga a más de uno a dejar a los más pequeños frente a la televisión por más tiempo del que quisiéramos, y las consecuencias de este tipo de decisión terminamos viéndolas a mediano y largo plazo. ¿Te has parado a pensar cuántos anuncios de comida insana ve un niño en un solo día? No hablamos de una exageración, la cifra, según Consumo ronda los 11 impactos diarios solo en televisión. Si sumamos redes sociales y otras plataformas, el número se dispara hasta los 30 o más.
Mientras tanto, el 80% de niños y adolescentes consume alimentos y bebidas no saludables. La ecuación es sencilla: más exposición, más consumo. Y el debate, otra vez, vuelve al centro de la política.
El Ministerio de Derechos Sociales y Consumo quiere intentarlo de nuevo. Después de dos legislaturas fallidas, la regulación para prohibir la publicidad de alimentos insanos dirigida a menores de 16 años vuelve a estar sobre la mesa.
Consumo: 11 anuncios al día en televisión (y hasta 33 en total)

El dato es demoledor, los menores reciben casi 11 anuncios diarios de comida poco saludable solo en televisión. Si añadimos YouTube, redes sociales, plataformas digitales y videojuegos, la cifra puede alcanzar los 33 impactos al día. No es una percepción, es una realidad medida.
La preocupación no es solo la cantidad, sino el tipo de mensaje. La Organización Mundial de la Salud lleva años advirtiendo que este tipo de publicidad incrementa la ingesta calórica y modifica las preferencias alimentarias. Y no lo hace de forma inocente, utiliza influencers, deportistas y narrativas emocionales que asocian estos productos con diversión, éxito o popularidad. Para un niño, la frontera entre entretenimiento y publicidad es casi invisible.
El respaldo social es claro: 8 de cada 10 piden prohibirla

El último barómetro de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) confirma algo que se percibe en la calle, el 79% de los españoles está a favor de prohibir la publicidad de alimentos no saludables dirigida a menores. Y el 91% cree que debería vetarse la venta de bebidas energéticas a menores de 16 años.
El ministro Pablo Bustinduy ha anunciado que en las próximas semanas presentará una nueva propuesta normativa. No es la primera vez que se intenta. Ya en 2022, el presidente Pedro Sánchez se comprometió públicamente a proteger a la infancia de este tipo de presión publicitaria. Sin embargo, los intentos anteriores chocaron con resistencias dentro del propio Gobierno y con la presión de la industria alimentaria. Esta vez, el Ejecutivo confía en que el respaldo social juegue a favor.
Industria vs. salud pública: el choque vuelve a escena

Desde la Federación Española de Industrias de Alimentación y Bebidas (FIAB) defienden que el sector ya cuenta con mecanismos de autorregulación como el Código PAOS, en marcha desde 2005. Según datos de AUTOCONTROL, más de 11.000 anuncios han sido revisados en estos años, con miles de modificaciones antes de su emisión. La industria insiste en que el problema es multifactorial, sedentarismo, uso excesivo de pantallas y falta de hábitos saludables también influyen.
Pero los defensores de la regulación creen que la autorregulación no es suficiente. Recuerdan que, según la Gasol Foundation, el 80% de los menores consume productos poco saludables y que la obesidad infantil golpea con más fuerza a familias vulnerables. Para ellos, limitar la publicidad no es una cruzada contra la industria, sino una cuestión de salud pública.
En la calle, las opiniones están divididas pero mayoritariamente inclinadas hacia la protección. Padres que reconocen que es difícil competir contra anuncios atractivos. Docentes que observan cómo los recreos están dominados por ultraprocesados. Y expertos que alertan de que el problema no se resolverá solo con educación nutricional si la presión publicitaria sigue intacta.
España mira ahora a países como Portugal, Noruega o Reino Unido, donde ya se han impuesto restricciones más severas. La pregunta es si esta vez la ley saldrá adelante o volverá a quedarse en intento.
Lo que está claro es que los menores no eligen en igualdad de condiciones. Cuando cada día reciben una avalancha de mensajes diseñados para seducirlos, la balanza no está equilibrada. La discusión ya no es si la publicidad influye, sino cuánto estamos dispuestos a limitarla para proteger su salud.

