Jesús Arrúe (València, 1973) llega esta semana a Madrid con la biografía a cuestas y una obra que se ha ido abriendo camino desde los márgenes. 'Iconos del exceso' se inaugura el próximo 18 de febrero en Garaje Lola y podrá visitarse durante los meses de febrero y marzo, y nos sirve para conocer una trayectoria que merece la pena contar.
Nacido en el barrio de Velluters, el antiguo barrio chino de la capital valenciana, Jesús creció en una familia numerosa y humilde donde no sobraba nada salvo una cierta obstinación creativa. En ese paisaje de calles ásperas, prostíbulos, bares de madrugada y pobreza estructural fue aprendiendo a mirar, mucho antes de convertirse en "el pintor de las miradas", como hoy se le define en el circuito artístico.
Autodidacta en lo esencial, Jesús Arrúe empezó dibujando de niño, alentado por un abuelo que encendió la chispa artística en varios de los nietos y por un ambiente familiar en el que la creatividad funcionaba casi como salvavidas. A los nueve años ya obtenía matrícula de honor en dibujo y, con el tiempo, completaría su formación con estudios de Psicología y su paso por la Escuela de Artesanos de València, una combinación que terminaría marcando de forma decisiva su obra: un arte centrado menos en el parecido físico y más en lo que late detrás de cada mirada.
Su trayectoria profesional, sin embargo, no siguió el camino ordenado de las carreras académicas. Arrúe se construyó desde abajo, encadenando trabajos, encargos y proyectos en paralelo, hasta consolidar una producción que supera el millar de obras y que se ha mostrado en galerías, centros culturales, museos y ferias, tanto en España como fuera del país. Sin representantes poderosos ni grandes estructuras a su espalda, ha levantado una carrera a base de constancia, exposición tras exposición, y una presencia muy cuidada en redes sociales, donde sus retratos empezaron a circular mucho antes de entrar en colecciones de renombre.

El pintor de las miradas
Arrúe trabaja desde un lenguaje figurativo de raíz expresionista que se alimenta de referentes como Lucian Freud, Francis Bacon o Egon Schiele, pero que él desplaza a un territorio propio. Lo que le interesa no es la belleza cómoda ni el retrato convencional, sino lo que define como la “verdad” de las miradas. Sus cuadros, a menudo de gran formato, sitúan al espectador frente a primeros planos que interpelan, incomodan y fascinan a partes iguales. El gesto roto, la tensión psicológica y cierto aire de confesión se repiten en una obra donde el rostro es siempre el escenario de algo más profundo.
Técnicamente combina óleo, acrílico, polvo de mármol, pan de oro, gasa, collage y recursos propios del graffiti sobre soportes no siempre ortodoxos. Esa mezcla de materiales, que viene de su diálogo constante con el arte urbano, refuerza la idea de que sus piezas son menos retratos canónicos que relatos emocionales. En el dossier que acompaña su trabajo se subraya que cada cuadro es una exploración de aquello que normalmente se esconde bajo la máscara pública.
Esa tensión entre persona e icono alcanza una de sus formulaciones más claras en la serie “El vicio y la virtud”, en la que retrata a figuras como Amy Winehouse, Kurt Cobain, David Bowie, Kate Moss, Bob Dylan, Marilyn Monroe, Jean-Michel Basquiat o Lady Gaga. Más que un desfile de celebridades, el conjunto funciona como una reflexión generacional sobre la fragilidad, la fama y el coste de vivir permanentemente expuesto. “El vicio y la virtud no son extremos opuestos. Son las dos mitades de la misma mirada”, resume el propio artista.
No es casual que buena parte de sus personajes hayan transitado por la autodestrucción, las adicciones o la presión mediática. Arrúe parece reconocerse, desde la distancia, en esas biografías a caballo entre la luz y la sombra. De algún modo, devuelve humanidad a rostros convertidos en marca, y lo hace con una intensidad que ha conectado con públicos muy distintos.
Del grafiti indultado al salón de Madonna
El punto de inflexión en la carrera de Arrúe llega con un mural urbano. En el verano de 2019 pinta un enorme retrato de David Bowie en la pared de un edificio abandonado del barrio del Carmen, muy cerca de su estudio en València. La pieza, concebida como un homenaje, empieza a circular por redes sociales y se convierte rápidamente en una imagen reconocible del centro histórico. Cuando el inmueble entra en una operación urbanística y el mural corre peligro de ser demolido, se activa una campaña ciudadana para salvarlo.
Medios nacionales y extranjeros se hacen eco del caso y, finalmente, la obra es indultada: se organiza una compleja operación de extracción y es trasladada primero al Centre del Carme de Cultura Contemporània y, desde 2024, pasa a formar parte de la colección permanente del museo L’ETNO, el Museu Valencià d’Etnologia.

A partir de ahí, su visibilidad se dispara. En 2019, Madonna le contacta directamente a través de Instagram para adquirir una de sus obras. La cantante no solo incorpora el cuadro a su colección privada, sino que años después comparte en redes “The Crow”, una pieza de Arrúe que utiliza para denunciar la guerra en Ucrania, amplificando la difusión internacional del artista. En paralelo, otros nombres conocidos del ámbito musical y audiovisual, como Alejandro Sanz, Miguel Bosé, Antonia San Juan o el actor Álex González, empiezan a colgar sus cuadros en casas y estudios, consolidando un reconocimiento que llega tanto desde la industria cultural como desde el público general.
¿Un pintor surgido del barrio chino de València termina ocupando paredes en mansiones de superestrellas globales? Así es.







