La educación en España, aunque formalmente se trate de un sistema de educación público exige de una serie de pagos por parte de los estudiantes o familias, un tema del que no se suele hablar. ¿De verdad estudiar en la universidad pública es tan accesible como creemos? ¿Por qué una misma carrera puede costar casi 1.700 euros más dependiendo del código postal? Y, sobre todo, ¿cómo hemos llegado a un punto en el que las familias asumen casi un tercio del coste total del sistema universitario?
El debate no es nuevo, pero los últimos datos del informe 2025 de la Fundación CYD lo han vuelto a poner sobre la mesa. España invierte menos por estudiante que la media de la OCDE y, mientras tanto, el esfuerzo privado crece. Las cifras ya no son solo estadísticas: están detrás de decisiones familiares, mudanzas forzadas y, en muchos casos, endeudamiento.
Lo que parecía un tema técnico sobre financiación universitaria se ha convertido en una conversación mucho más cotidiana, cuánto cuesta realmente estudiar y quién lo está pagando.
Un mapa desigual: lo que pagas depende de dónde vivas

Estudiar un grado de 240 créditos en España puede costar 2.868 euros en Galicia o 4.452 euros en Madrid, siempre que el alumno apruebe todo a la primera. Entre ambos extremos hay casi 1.600 euros de diferencia. Catalunya (4.356 €), Aragón (4.168 €) o La Rioja (4.053 €) también se sitúan en la parte alta, mientras que Asturias, Canarias o Andalucía están entre las más asequibles.
Esta disparidad no es anecdótica. Las tasas llevan años bajando (casi un 20% desde 2019), pero la brecha territorial persiste. En redes sociales y foros universitarios, muchos estudiantes comparten la misma sensación: “No puede ser que mi futuro dependa del lugar en el que nací”. Y esa percepción cala, especialmente en familias que comparan cifras antes de decidir dónde matricular a sus hijos.
El problema no es solo la matrícula. Si el grado que quieres no se ofrece en tu comunidad, el coste del alquiler en otra ciudad puede disparar el presupuesto. Y en un contexto de vivienda tensionada en grandes capitales, estudiar fuera ya no es solo una experiencia vital, sino un esfuerzo económico que muchas familias calculan al milímetro.
Las familias pagan más: hasta el 32 % del sistema sale del bolsillo privado

El dato más contundente del informe CYD es este, el 31,9% del gasto total en universidades en España procede del sector privado, principalmente de las familias. En la Unión Europea la media es del 19,5% y en la OCDE del 28,6%. Es decir, aquí el peso que soportan los hogares es mayor que en la mayoría de países comparables.
Mientras tanto, el gasto público por estudiante universitario es un 19,5% inferior al promedio de la OCDE. En 2022, España destinó 18.369 dólares por alumno, por debajo tanto de la media europea como internacional. Además, la financiación pública universitaria sigue sin alcanzar el objetivo del 1% del PIB y continúa un 10% por debajo de los niveles previos a la crisis de 2009 si se descuenta la inflación.
En este contexto, muchas familias sienten que la universidad pública ya no es tan “gratuita” como se presupone. A la matrícula se suman transporte, materiales, alojamiento o másteres posteriores. No es extraño que hayan aumentado los préstamos para estudios superiores en los últimos años, especialmente ante el auge de la universidad privada y la dificultad para acceder a determinadas carreras en la pública por las altas notas de corte.
Murcia, Madrid y el debate de fondo: financiación y equidad

Si bajamos al detalle autonómico, las diferencias no solo están en lo que paga el estudiante, sino también en lo que reciben las universidades. Las públicas murcianas cuentan con 8.460 euros por alumno, ligeramente por debajo de la media nacional (8.626 €). En el otro extremo, comunidades como Cantabria, País Vasco o Navarra superan los 10.000 euros por estudiante, mientras Madrid registra una de las cifras más bajas en transferencias por alumno.
Más del 80% de la financiación de las universidades públicas depende directamente de las comunidades autónomas. Esa alta dependencia, según el propio informe, dificulta una estrategia coordinada y estable. Y eso se traduce en desigualdades tanto en recursos como en políticas de precios.
La conversación pública también ha ido subiendo de tono. Rectores, asociaciones de familias y expertos insisten en que no se trata solo de cuánto se paga hoy, sino de la sostenibilidad del sistema y de la capacidad para atraer y retener talento investigador. “No es solo cuestión de tasas, es cuestión de modelo”, comentan profesores en distintos debates académicos. Y muchos estudiantes temen que, si no se corrige la tendencia, la brecha entre territorios se consolide.
Al final, hablar de cuánto cuesta estudiar en cada comunidad autónoma es hablar de oportunidades. De si el acceso a la universidad depende del esfuerzo individual o del contexto económico y geográfico. Y de si estamos dispuestos a asumir que casi un tercio del sistema universitario recaiga directamente sobre las familias.
Quizá por eso este tema genera tanta conversación. Porque detrás de cada cifra hay una decisión familiar, un traslado, una renuncia o un crédito. Y porque la educación superior, más que un gasto, sigue siendo para muchos la inversión más importante de su vida.







