TikTok desde su lanzamiento ha generado controversias por razones diversas, se ha asociado a innumerables problemáticas, pero siempre ha salido triunfante. Esta vez se asocia un problema mucho más complejo, la salud mental de los más jóvenes, que al final suelen ser sus principales usuarios. ¿Es solo una app para ver vídeos o estamos ante algo más profundo? ¿Por qué cada vez más adolescentes sienten angustia si no reciben una respuesta inmediata? La conversación sobre redes sociales y salud mental ya no es una intuición de padres preocupados, empieza a estar respaldada por datos científicos.
Un estudio pionero en España, impulsado por las universidades Rey Juan Carlos y Pontificia Comillas, pone cifras a una sensación que muchos ya percibían en casa, TikTok es la red con mayor capacidad para generar ansiedad y patrones compulsivos en menores.
Y los números no son menores. El 76,5% de las chicas de 17 años reconoce sentir ansiedad si no obtiene respuesta inmediata en redes. En chicos, el pico se sitúa entre los 15 y 16 años, con un 57%. La pantalla ya no es solo ocio. Es validación, pertenencia y, en muchos casos, dependencia emocional.
El diseño que engancha: scroll infinito y refuerzo inmediato

Lo que diferencia a TikTok no es solo el contenido, sino su arquitectura. El estudio señala que su sistema de scroll infinito y recompensas constantes potencia conductas compulsivas. No hay final. No hay pausa natural. Siempre hay un vídeo más.
Los investigadores vinculan este diseño con mayores niveles de ansiedad, depresión e interferencia emocional, independientemente del sexo. Sin embargo, el impacto es especialmente notable en adolescentes de entre 14 y 16 años, la franja considerada más vulnerable. Es la etapa en la que se construye identidad, autoestima y pertenencia al grupo. Y TikTok se convierte en escaparate permanente.
Muchos adolescentes reconocen sentirse perdidos cuando no tienen acceso a internet. De hecho, el 98,5% admite una necesidad funcional y emocional de estar conectado. No hablamos solo de entretenimiento. Hablamos de una estructura social digital donde quien no participa siente que desaparece.
Ansiedad por la respuesta inmediata y pérdida de control

Uno de los datos más reveladores del estudio es la ansiedad asociada a la inmediatez. El 42% de los menores experimenta angustia cuando no recibe respuesta rápida a sus mensajes. En chicas de 17 años, esa cifra escala hasta el 76,5%.
La presión por contestar al instante, mantener rachas, no dejar “en visto” y medir la popularidad en visualizaciones o likes genera un estado de alerta constante. El móvil no se apaga mentalmente, ni siquiera de noche. El 60% reconoce que pierde horas de sueño por su hiperconectividad.
Además, el 18,3% supera las tres horas diarias en redes sociales. Y un 20% admite que oculta su tiempo real de conexión. No es solo uso intensivo. Es dificil autorregularse. El estudio también establece una relación clara entre baja autoestima y uso problemático, cuanto peor es la autopercepción, mayor es la dependencia digital.
Reacciones: entre la preocupación familiar y el debate político

La publicación del estudio ha avivado un debate que ya estaba sobre la mesa. El Gobierno central ha anunciado su intención de prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años, siguiendo la estela de otros países europeos. Desde la Comunidad de Madrid, en cambio, se insiste en que la clave no es solo prohibir, sino educar y acompañar.
Padres y madres se mueven entre la alarma y la resignación. Muchos reconocen que ven cambios en el comportamiento de sus hijos, irritabilidad cuando se corta el wifi, obsesión por el móvil antes de dormir, necesidad constante de validación digital. Los propios adolescentes, en algunos foros, admiten que sienten presión, pero también que desconectarse supone quedarse fuera.
Expertos en salud mental insisten en que la solución no pasa únicamente por restricciones legales. La implicación familiar es determinante. Hablar del uso de redes, pactar límites y reforzar la autoestima fuera del entorno digital son estrategias que empiezan a repetirse en consultas y centros educativos.
TikTok no es el único actor en este escenario, pero sí el que, según los datos, presenta mayor capacidad de generar conductas compulsivas. El debate ya no es si las redes influyen, sino cómo y cuánto.
Estamos ante una generación que construye su identidad en paralelo al algoritmo. Y eso exige algo más que demonizar una aplicación. Exige entender qué está pasando, asumir que el problema es complejo y decidir qué tipo de relación queremos que tengan los menores con un entorno digital que no va a desaparecer.
Si tienes hijos adolescentes o convives con jóvenes, probablemente esta conversación ya forma parte de tu día a día. Entonces, escuchar sin juzgar y abrir espacios reales de diálogo puede ser el primer paso para que el móvil deje de ser una fuente de ansiedad y vuelva a ser solo una herramienta.







