A 1:25 Madrid hay villa medieval que Hollywood piensa que es decorado porque no cambió 400 años: Pedraza

Si algo hemos aprendido tras décadas de periodismo es que las mejores historias no siempre están lejos, sino escondidas a plena vista, esperando a que alguien con curiosidad se digne a mirarlas. Este rincón segoviano, que resiste estoico el paso de los siglos, no es solo un destino turístico más para el fin de semana, sino un milagro de conservación patrimonial que ha logrado engañar a la industria del cine haciéndose pasar por un decorado perfecto.

A poco más de una hora y cuarto en coche desde el bullicio del norte de Madrid, la autovía se rinde ante una carretera secundaria que funciona como un portal directo hacia el siglo XVI. Lo fascinante es que esta transición no es una hipérbole, pues al cruzar el Arco de la Villa —único acceso para vehículos y peatones—, el ruido y la prisa del siglo XXI se quedan, literalmente, fuera de la muralla.

Lo que encontramos dentro no es un parque temático diseñado por un algoritmo de Silicon Valley, sino un pueblo vivo que ha logrado mantenerse congelado en el tiempo durante cuatrocientos años. De hecho, su estampa es tan insultantemente perfecta que muchos productores de Hollywood, al ver fotos, asumen que es un set construido ex profeso para rodar sus superproducciones de época sin gastar en efectos digitales.

Madrid, Pedraza: ¿Por qué Orson Welles se obsesionó con este lugar?

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No es casualidad que genios del tamaño de Orson Welles eligieran estas piedras gastadas para rodar escenas de clásicos como Mr. Arkadin, buscando una verdad escénica que los estudios de California jamás podrían replicar. Resulta sobrecogedor pensar que los escenarios siguen ahí intactos, esperando pacientemente a que el visitante camine por las mismas losas irregulares que pisaron las grandes estrellas del celuloide clásico.

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Más recientemente, el terror costumbrista de Álex de la Iglesia tomó las calles empedradas para su serie 30 Monedas, demostrando que la atmósfera del lugar tiene un peso narrativo propio, denso y algo inquietante. Y es que pasear por sus callejuelas vacías cuando cae la noche provoca esa extraña sensación de estar dentro de una ficción, donde cualquier giro de guion podría ocurrir al doblar la esquina de la iglesia.

Una escapada desde Madrid que congela el reloj

Lo primero que golpea al urbanita estresado es la ausencia total de edificios modernos, cables colgando de las fachadas o letreros de neón estridentes que rompan la armonía visual del conjunto histórico. Es un verdadero alivio comprobar que se ha protegido la estética con un celo casi militar, permitiendo que la recia arquitectura castellana respire tranquila sin la contaminación visual que sufrimos a diario en las grandes urbes.

Al final del pueblo se alza un imponente castillo que fue adquirido en su día por el pintor Ignacio Zuloaga, quien tuvo el buen ojo y la sensibilidad de salvarlo de una ruina segura para convertirlo en su estudio. Hoy día, visitar sus mazmorras y torres nos recuerda que la vida medieval no era precisamente un cuento de hadas de Disney, sino una época dura y fría de la que quedan estas piedras como testigos mudos.

Un presupuesto realista para un día de cine

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Hablemos claro de dinero, porque la calidad se paga, y sentarse a comer un cordero asado en horno de leña en esta villa no es una opción "low cost", aunque la experiencia vale cada céntimo invertido. Calculando gasolina, entradas y homenaje gastronómico, el presupuesto ronda los cien euros por persona si queremos disfrutar de la jornada completa sin mirar de reojo la cuenta del banco cada cinco minutos.

Si el asado se nos hace demasiado contundente, siempre quedan los judiones de La Granja o el tapeo en las tabernas de la plaza porticada, donde el vino de la tierra entra con una facilidad pasmosa. Lo importante es entender que la gastronomía es parte del viaje, un ritual casi sagrado que completa la visita cultural y nos deja el cuerpo listo para una siesta necesaria o un paseo digestivo por la muralla.

El secreto mejor guardado sucede en julio

Aunque el pueblo es espectacular todo el año, existe una fecha marcada en rojo en el calendario donde la electricidad se corta por completo y miles de velas iluminan las calles, los balcones y los patios. Es un espectáculo visual sobrecogedor donde el silencio se vuelve casi físico, roto únicamente por la música clásica de primer nivel que inunda la Plaza Mayor durante los célebres Conciertos de las Velas.

Conseguir entrada para esas noches mágicas es una odisea, pero incluso visitar Pedraza un martes cualquiera de invierno tiene ese encanto melancólico y solitario que ya no se encuentra fácilmente en la España vaciada. Al final, regresar al coche cuesta un mundo, porque dejar atrás la paz del siglo XVII para volver a la realidad del atasco de entrada a la capital siempre es un trago amargo.

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