Miguel Herrán pasó de cruzarse con un director en la calle a convertirse en rostro mundial gracias a Río, el personaje que lo catapultó desde la nada. En estos últimos años, el malagueño ha ido contando que nunca se vio como estrella estable, que lo suyo con la interpretación empezó casi por accidente. Ahora, su primer negocio fuera de los focos reescribe esa biografía improvisada con un guiño directo a la serie que le cambió la vida.
Hoy, con treinta años, un Goya en la estantería y una hija recién nacida, el [actor] vive un momento de transición que va mucho más allá de un simple estreno. La apertura de una pizzería con nombre reconocible en su Málaga natal mezcla prudencia económica, memoria sentimental y ganas de tener los pies en la tierra. La pregunta es qué cuenta realmente este local sobre el futuro de quien medio país sigue viendo todavía como "el chico de La Casa de Papel".
De una esquina cualquiera a Río
Curiosamente, la historia arranca mucho antes del horno de leña, en una esquina de Madrid donde un director se fijó en un chaval sin rumbo claro. Ese encuentro llevó a un casting que terminó en un papel protagonista en una ópera prima y, poco después, en un Goya a mejor actor revelación con solo 19 años. El problema es que aquel salto brutal no venía acompañado de un plan de vida ni de una vocación clara por el oficio.
En este punto, llegan los atracos de ficción y el nombre de Río se hace universal gracias a una serie que se ve en medio planeta. La exposición masiva lo convierte en referente juvenil y le abre puertas a otros proyectos de alto perfil, desde thrillers carcelarios hasta producciones internacionales. Pero, mientras sube la fama, también crece una sensación íntima de no controlar del todo un éxito que ha llegado tan rápido como podría desvanecerse.
Esta sensación se cuela en muchas de sus entrevistas recientes, donde admite que nunca buscó ser una figura popular ni vivir solo del foco mediático. Confiesa que la inestabilidad del sector le da miedo y que intenta mover su dinero hacia otros proyectos más tangibles y duraderos. Por eso, cuando aparece la idea de un negocio propio ligado a su ciudad, la propuesta deja de ser un simple experimento y se convierte en una especie de red de seguridad emocional.
Por qué ahora todo gira en torno a Casa Bella Ciao
Frente a este escenario de vértigo profesional, 2024 marca un punto de giro muy concreto: la apertura de Casa Bella Ciao en el barrio malagueño de El Palo. El local, situado en la calle Escultor Marín Higuero número 8, abre a mediados de año y empieza a llenarse de vecinos que llegan atraídos por un nombre que les suena de algo. El dato llamativo es que las reseñas iniciales rozan las cinco estrellas y señalan tanto la masa como el ambiente cercano del pequeño establecimiento.
En la práctica, el negocio nace como proyecto compartido con una vieja cómplice profesional con la que ya había hecho camino en el cine. La idea de montar una pizzería gourmet se cocina durante años, hasta que ambos deciden apostar por un formato sencillo, sin mesas, centrado en la recogida en local y el reparto a domicilio. Aunque parezca obvio, ese modelo permite reducir riesgos y concentrar el esfuerzo en la calidad del producto y en una clientela de barrio muy fiel.
- Apertura en 2024 en la barriada de El Palo, con servicio solo para llevar y a domicilio.
- Ubicación exacta en la calle Escultor Marín Higuero, 8, una zona residencial muy transitada.
- Puntuación media cercana a 4,8 sobre 5 en las primeras reseñas de clientes.
- Carta centrada en pizzas de estilo napolitano, con ingredientes cuidados y precios medios contenidos.
Cómo cambia este negocio su relación con la fama
Más allá del tirón inicial del nombre, el siguiente capítulo importante es cómo este proyecto reordena la vida de Miguel Herrán. En distintas conversaciones públicas, reconoce que la profesión le ha llevado a rodajes durísimos, cambios físicos extremos y una exposición que a veces le ha superado. Esto explica por qué insiste en que no quiere depender exclusivamente de los vaivenes de la industria para mantener el nivel de vida que ha construido con su familia.
Esta realidad se nota en cómo habla del dinero y de la necesidad de invertirlo en cosas que pueda tocar, desde negocios hasta otros proyectos personales. Llega a admitir que siente un temor muy concreto a "pasar de moda" y a que, de un día para otro, el teléfono deje de sonar con ofertas interesantes. La pizzería, en ese contexto, funciona casi como antídoto contra esa dependencia absoluta del siguiente papel protagonista.
Al aterrizar en Málaga con un local de barrio, también reconstruye su vínculo con una ciudad que él mismo describe como demasiado turística y saturada de pisos vacacionales. El negocio le obliga a pisar más la zona, a conocer a vecinos y a escuchar críticas sin filtro sobre algo que lleva su nombre. Aunque no atienda el horno a diario, la sensación de estar arraigando algo propio parece pesar tanto como la previsión de beneficios futuros.
Lo que implica que un Goya se meta a pizzero
Frente a la imagen cómoda del intérprete que solo espera al próximo rodaje, el caso de este actor plantea una lectura distinta de lo que significa gestionar la fama a los treinta. No se trata solo de diversificar ingresos, sino de construir un lugar donde el público pueda relacionarse con él desde otra posición, menos invasiva que la foto en el aeropuerto. El guiño al tema que marcó su serie más famosa convierte cada caja de pizza en un recordatorio controlado de aquel fenómeno.
La clave está en que no renuncia a la interpretación mientras levanta este proyecto hostelero, sino que los hace convivir. Sigue encadenando rodajes de películas bélicas, series de atracos reales y proyectos más íntimos, pero ahora con la sensación de tener un colchón que no depende del siguiente éxito en pantalla. Para muchos compañeros de generación, observar este movimiento puede servir como manual práctico de cómo aprovechar el pico de popularidad sin quemarlo.
- Convertir un personaje icónico en marca ayuda a fijar un relato propio, no solo el de la serie.
- Invertir temprano en negocios reales reduce la ansiedad por la volatilidad del trabajo artístico.
- Mantener activo el vínculo con la ciudad de origen crea una base emocional y de clientes muy difícil de replicar en otro lugar.
Qué puede pasar ahora con su carrera y con Casa Bella Ciao
A partir de aquí, el futuro se juega en dos tableros que se retroalimentan más de lo que parece. Por un lado, llegan nuevos proyectos de ficción donde interpreta personajes más maduros, desde militares en climas extremos hasta protagonistas de atracos basados en hechos reales. Por otro, la pizzería sigue consolidándose como una pequeña marca local que vive tanto de sus pizzas como del imaginario seriéfilo asociado al nombre.
Si el local mantiene el ritmo de buenas críticas y afluencia de barrio, es fácil imaginar ampliaciones de carta, reformas o incluso la apertura de un segundo punto en la ciudad. Sin embargo, todo indica que el objetivo principal no es montar una cadena, sino tener un proyecto manejable que pueda compaginar con los rodajes sin devorarlo. La apuesta, en el fondo, es por una vida en la que los focos sean solo una parte del paisaje y no el único lugar desde el que pagar la hipoteca.
Para quien lo descubrió en aquella esquina madrileña, ver su nombre en el rótulo de una pizzería malagueña debe de ser casi tan sorprendente como aquel primer casting improvisado. El público, mientras tanto, tiene ahora dos maneras muy distintas de acercarse a él: encendiendo una pantalla o abriendo una caja de pizza recién hecha. Entre ambas escenas se juega la siguiente década de un intérprete que, paradójicamente, sigue pareciendo más cómodo cuando no se define solo como estrella televisiva.









