El fin del secreto de Atlanta: un joven científico clona la Coca-Cola usando taninos y un espectrómetro

- El divulgador Zach Armstrong, 'LabCoatz', ha logrado replicar la fórmula de la Coca-Cola mediante análisis químicos y el uso de taninos.
- Su investigación revela los secretos de los ingredientes que la compañía guarda con celo en una bóveda de acero.

Zach Armstrong, conocido como 'LabCoatz', ha clonado la fórmula de la Coca-Cola utilizando espectrometría de masas y un ingrediente inesperado para replicar el sabor original. Este hito científico, publicado en enero de 2026, ha puesto en jaque el secretismo centenario de la compañía de Atlanta justo cuando la marca atravesaba una crisis de imagen. El éxito de su Lab-Cola no reside solo en los azúcares, sino en el uso estratégico de taninos para sustituir el extracto de hoja de coca que solo posee la multinacional.

El desafío comenzó como un proyecto personal de este estudiante de ingeniería química que se negaba a aceptar que un sabor fuera "indescifrable" en pleno siglo XXI. Tras dos años de experimentos fallidos y de probar versiones artesanales que no pasaban de ser meras copias florales, la investigación científica de Armstrong dio un giro radical al aplicar métodos de laboratorio profesional. El resultado es una bebida que, en catas a ciegas, ha logrado engañar incluso a los paladares más puristas, superando en matices a la versión comercial de vidrio.

La clave molecular que la bóveda de acero no pudo esconder

Durante décadas, Coca-Cola ha alimentado el mito de su receta guardada bajo llave en una caja fuerte, una estrategia de marketing que Armstrong ha decidido demoler con química. Al analizar la composición, el divulgador descubrió que el espectrómetro de masas es la herramienta definitiva para desglosar cada gramo de ácido fosfórico, cafeína y aceites cítricos. La complejidad no estaba en los elementos básicos, sino en la interacción química de los "sabores naturales" que la empresa transporta por el mundo sin etiquetar para evitar filtraciones.

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El gran obstáculo fue siempre la hoja de coca descocainizada, un ingrediente que la empresa Stepan procesa en exclusiva para la marca bajo estricta autorización gubernamental. Armstrong comprendió que la astringencia característica del refresco provenía de los taninos presentes en esas hojas, componentes que suelen pasar desapercibidos en los análisis de gases convencionales. Al identificar este vacío sensorial, pudo ajustar la fórmula hasta conseguir esa sequedad en boca que diferencia a la Coca-Cola de cualquier otra imitación barata de supermercado.

Taninos y precisión: cómo fabricar el sabor de 2026 en casa

Recrear el refresco más famoso del mundo no es solo mezclar especias; es una cuestión de equilibrio matemático donde el más mínimo error desajusta la acidez. El científico detalla que el control de las proporciones exactas fue la fase más tediosa, requiriendo meses de ajustes en los niveles de azúcar y caramelo para no caer en el sabor "light". Su Lab-Cola utiliza 110 gramos de azúcar por cada litro, una cifra que respeta la composición de la versión europea y estadounidense de última generación.

A diferencia de las recetas antiguas de finales del siglo XIX, cargadas de neroli y nuez moscada, la versión de Armstrong se centra en lo que él llama la "economía del refresco. La fórmula moderna es mucho más rica en lima y limón, ingredientes más económicos y refrescantes que han ido sustituyendo a las especias florales caras con el paso de las décadas. Este enfoque pragmático es lo que permite que su recreación sepa exactamente a lo que el consumidor medio espera encontrar hoy en una fuente de soda.

El miedo de la multinacional ante una validación pública

Muchos se preguntan por qué un gigante con un ejército de abogados no ha demandado todavía al joven estudiante que ha expuesto sus secretos en YouTube. La respuesta es pura estrategia de relaciones públicas: emprender acciones legales contra Armstrong sería admitir oficialmente que su fórmula es idéntica a la original, rompiendo el halo de misterio. Además, la compañía ya ha sufrido bastante desgaste mediático tras sus polémicas campañas publicitarias generadas por inteligencia artificial que no calaron bien en el público.

Armstrong bromea con que la propia empresa suele comprar a cualquier competidor que se acerque demasiado a su trono, pero su objetivo nunca fue el beneficio económico. Para él, el valor de la divulgación científica reside en demostrar que no existen secretos mágicos, sino procesos químicos que pueden ser comprendidos y replicados con las herramientas adecuadas. El vídeo de su investigación ya supera los cinco millones de visitas, convirtiéndose en un manual de instrucciones que cualquier laboratorio bien equipado podría seguir.

El alto precio de conocer la verdad sobre el azúcar

Lograr el objetivo de su vida ha tenido un efecto secundario inesperado y algo amargo para el joven investigador: ya no puede disfrutar de una bebida sin analizarla. Cada vez que da un sorbo a un refresco, su cerebro descompone el sabor automáticamente, buscando la presencia de vainilla, canela o la acidez del ácido fosfórico de forma obsesiva. Es la maldición del experto que ha mirado detrás de la cortina del mago y ya no puede dejarse impresionar por el truco.

Este fenómeno de análisis constante ha transformado su relación con el consumo cotidiano, convirtiendo un placer sencillo en un ejercicio de laboratorio permanente. Aun así, Armstrong se muestra satisfecho de haber demostrado que la ciencia puede democratizar secretos industriales que parecían inexpugnables durante casi un siglo y medio. El misterio de Atlanta sigue vivo para el marketing, pero para la química, la Lab-Cola ha demostrado que la receta ya no pertenece solo a unos pocos elegidos.

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Un legado de transparencia en la industria alimentaria

El impacto de esta clonación va más allá de un vídeo viral; abre un debate sobre la transparencia de los ingredientes que consumimos a diario bajo la etiqueta de "aromas naturales". La hazaña de LabCoatz sugiere que la industria de las bebidas azucaradas tendrá que evolucionar hacia una mayor claridad si no quiere que los ciudadanos descubran sus cartas. El poder de un espectrómetro de masas en manos de un civil con curiosidad es, hoy por hoy, la mayor pesadilla de cualquier departamento de propiedad intelectual.

Mientras Coca-Cola sigue promocionando su bóveda en el World of Coca-Cola en Georgia, miles de personas ya conocen la lista de ingredientes que Armstrong ha compartido. La realidad es que el sabor de la cultura popular ha sido finalmente decodificado, demostrando que incluso los mitos de acero tienen fisuras moleculares. El mundo sigue girando y las botellas se siguen vendiendo, pero ahora sabemos que el secreto mejor guardado no era más que una inteligente combinación de taninos y precisión técnica.

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