Iñaki Urdangarin, el ex duque de Palma, ha decidido contar toda su historia en una reciente entrevista para el diario El País. Su relato no es solo un ajuste de cuentas con la justicia o la prensa. Es, sobre todo, la crónica de una vida rota que trajo consigo la ruptura de pareja, de trabajo y de una amistad muy cercana, la que mantenía con Felipe VI. Una relación que pasó de la más absoluta confianza al silencio más gélido. Y él, ahora, pone los puntos sobre las íes.
La tesis de Urdangarin es tan simple como polémica. Él está convencido de que su paso por la cárcel fue una especie de sacrificio. Un “chivo expiatorio” necesario. Urdangarin comenta que entró a prisión "para contentar a la prensa, a los jueces, al fiscal, a la Casa Real y a una parte de la opinión pública". Afirma, además, que comparte esta visión con el rey emérito, Juan Carlos I. Pero esa supuesta injusticia, comenta, tuvo un precio personal todavía más alto: la pérdida de su cuñado y, en su opinión, de su amigo.
Los años de complicidad entre Felipe VI e Iñaki Urdangarin: Un anillo y varios secretos

Antes de que el 'caso Nóos' estallara, la relación entre Iñaki Urdangarin y Felipe VI era algo real, tangible, alejado de los guiones protocolarios. Cuando el entonces príncipe de Asturias comenzó a verse en secreto con Letizia Ortiz, solo dos personas dentro de la familia fueron sus cómplices: la infanta Cristina y su marido, Iñaki Urdangarin, así de cercana era la relación entre ambos. De hecho, el gesto lo dice todo. ¿Quién te encarga comprar el anillo de compromiso para tu futura mujer? Alguien en quien depositas una confianza absoluta. Iñaki Urdangarin fue esa persona para Felipe.
Luego vino el seísmo. El 'caso Nóos' no fue solo una investigación judicial. Fue un tsunami que arrasó reputaciones y reconfiguró las cercanías dentro de la Casa Real. Para Iñaki Urdangarin, ese fue el momento en el que todo empezó a resquebrajarse. "Había aprendido a trabajar en equipo en un vestuario lleno de egos. Supuse que podría afrontar el reto de formar parte de una familia real, pero con el tiempo comprendí que encajar no es lo mismo que pertenecer", reflexiona ahora, durante la entrevista con el mencionado diario.
La respuesta de la institución primero fue la retirada del ducado de Palma a la infanta Cristina en 2015, un guantazo simbólico de primer orden. Luego, la ausencia clamorosa de su hermana en la ceremonia de proclamación de Felipe VI como rey. Y, por extensión, entre el Rey y su cuñado. Iñaki Urdangarin pasó a ser, ante los ojos del Palacio, un problema de Estado. Y con los problemas de Estado no se negocia, se les aísla, aparentemente.
La cárcel y la soledad: "Lloré todo el verano"

Su ingreso en la prisión de Brieva fue, según su relato, un golpe brutal. Lejos del lujo y los privilegios que muchos imaginan, Urdangarin describe una experiencia desgarradora. "No voy a poder soportarlo. Lloré todo el verano", confiesa sobre aquellos primeros meses. Habla de una "doble condena": la privación de libertad y la soledad abrumadora.
En ese mundo encontró refugio en lo básico. El deporte, los estudios y, sobre todo, las cartas. "Como las visitas eran limitadas, cuando mis hijos venían a verme, al terminar, les daba una carta para que se la llevasen", recuerda. Le sorprendió, dice, recibir cartas de desconocidos. Desde su perspectiva, la justicia fue excesiva con él. "Mi condena fue desproporcionada", afirma una y otra vez. Está convencido de que el peso de su apellido real fue un lastre decisivo. "Cuando se decide que alguien tiene que caer, los hechos solo estorban", sentencia.
La vida después y el silencio de Felipe VI

Hoy, Iñaki Urdangarin asegura haber vuelto a una cierta normalidad. Vive en Vitoria y define su día a día con una frase elocuente: "Llevo una vida sencilla, casi monástica". Tras el divorcio y cumplida la condena, dice haber "aprendido a no gustar". Busca pasar página, pero el estigma le persigue. "Me gustaría que no hubiese ningún estigma, porque ya he pagado por lo que se me juzgó", pide.
Mantiene contacto con la reina Sofía y con el rey emérito Juan Carlos. Con Felipe VI, en cambio, el silencio es total. "Aunque no viera algunas veces los comportamientos que esperaba, no puedo juzgar, porque entiendo que no es fácil separar la institución de la familia y las opiniones del entorno". Y luego, expresa: "Mi cuñado, mi amigo, o eso había creído yo...", ese es el epitafio de una relación que la monarquía, el escándalo y las conveniencias institucionales se llevaron por delante.







