Conseguir unos churros crujientes que no se conviertan en goma a los veinte minutos ha sido, históricamente, la gran frustración de las mañanas de domingo en las cocinas domésticas. Todos hemos sufrido esa decepción al morder una porra que prometía gloria y entregó chicle, arruinando el ritual sagrado del desayuno tardío con la familia.
No estamos hablando de añadir aditivos extraños ni de comprar maquinaria industrial, sino de un simple cambio en el líquido base que altera la estructura molecular de la fritura. Es fascinante cómo un ingrediente tan humilde puede transformar un bloque pesado en una nube dorada que resiste la humedad ambiental como un auténtico campeón.
¿Por qué el agua con gas es el milagro que nadie te contó?
La magia del agua carbonatada reside en el dióxido de carbono atrapado, que al entrar en contacto con el aceite caliente busca escapar violentamente de la masa. Esta reacción provoca una expansión instantánea de la mezcla antes de que la corteza se selle por completo con el calor. Es curioso pensar que esas diminutas burbujas actúan como un andamiaje invisible que sostiene la estructura del churro desde dentro hacia fuera, impidiendo que se colapse.
Al crear estas microcámaras de aire, evitamos que la miga interior retenga un exceso de humedad que, a la larga, es lo que ablanda el exterior y lo deja mustio. El resultado es una pieza mucho más aireada, menos densa y, sobre todo, mucho más agradable al paladar que los "ladrillos" que a veces nos venden. La diferencia es tan abismal que te preguntarás cómo has podido vivir sin este truco durante tantos años de desayunos mediocres y pesados.
La técnica exacta para que la masa no sea un desastre
No basta con echar el agua con gas a lo loco a la masa de churros; la temperatura sigue siendo un factor determinante para que el almidón se gelatinice correctamente y no quede crudo. Tienes que calentar el agua carbonatada justo hasta el punto de ebullición sin dejar que pierda toda la fuerza del gas por el camino. Muchos cometen el error de hervirla demasiado tiempo hasta dejarla plana, lo cual anula completamente el propósito de este experimento culinario y nos devuelve a la casilla de salida.
Una vez tienes el líquido listo, el vertido sobre la harina debe ser de golpe, mezclando con una cuchara de madera con mucha energía y sin miedo alguno a romper nada. La masa pedirá brazo, se pondrá dura y pegajosa, pero es la señal inequívoca de que todo marcha según lo previsto en el bol. Si notas que te cuesta mover la mezcla, es que estás a punto de lograr la consistencia perfecta para que la manga pastelera haga su trabajo con dignidad.
El aceite y el fuego: aliados para unos churros crujientes eternos
De nada sirve tener la masa perfecta si luego los tiras a una sartén con aceite tibio que los emborrache de grasa innecesaria y los deje aceitosos. El choque térmico debe ser agresivo, rondando los 195 grados, para que el agua carbonatada haga su "pop" explosivo nada más tocar el fondo de la sartén. Es vital entender que la temperatura constante es la mejor garantía para evitar que se quemen por fuera y queden crudos por dentro, un fallo de principiante muy común.
Al sacarlos, olvida el papel absorbente puesto de cualquier manera; colócalos en vertical o sobre una rejilla para que "respiren" y no suden su propio vapor residual. El enemigo número uno del crujido es la condensación que se forma cuando los apilamos calientes unos sobre otros en una montaña, creando un efecto sauna desastroso. Si sigues este paso, verás que el sonido al partirlos se mantiene intacto incluso cuando ya se han enfriado por completo y ha pasado un buen rato.
Más allá del desayuno: la merienda que aguanta el tipo
Lo sorprendente de esta variante con gas es que, si sobran —cosa rara, aviso, porque vuelan—, a media tarde siguen manteniendo una dignidad que la receta tradicional pierde a la hora. Puedes recalentarlos ligeramente en un horno tostador y recuperarán casi el cien por cien de su carácter original sin ponerse rancios ni duros como piedras. Es un alivio saber que el esfuerzo de la mañana tiene su recompensa vespertina sin necesidad de volver a manchar toda la cocina de harina.
Acompáñalos de un chocolate espeso, pero no te pases con el azúcar en la cobertura si quieres apreciar el matiz ligero y aéreo que aporta el carbonatado a la masa. Al final, la cocina española va de esto, de pequeños gestos que elevan lo popular a la categoría de arte efímero y disfrutable. Y créeme, una vez pruebes esta versión, la receta de tu abuela te parecerá entrañable pero irremediablemente superada por la ciencia moderna aplicada a la gula.









