Laura Vicuña es una de las beatas más jóvenes y veneradas de la tradición católica, cuya memoria se celebra cada 22 de enero. Nacida en Santiago de Chile en 1891, su corta existencia estuvo marcada por circunstancias familiares dramáticas y una fe inquebrantable que la llevó al límite del sacrificio. La historia de esta niña chilena conmueve por la radicalidad de su entrega espiritual.
Su canonización como beata ocurrió en 1988, durante el pontificado de Juan Pablo II, quien reconoció el carácter excepcional de su vida. El 22 de enero no es una fecha cualquiera en el calendario litúrgico, pues marca el aniversario de su muerte en 1904 a los 12 años de edad. Conocer su trayectoria permite comprender por qué la iglesia la considera mártir protectora de la familia y ejemplo de amor filial llevado al extremo.
Infancia marcada por la adversidad familiar
La vida de Laura Vicuña estuvo condicionada desde el principio por la inestabilidad. Su padre José Vicuña falleció cuando ella apenas tenía dos años, dejando a su madre Mercedes del Pino en una situación económica desesperada. La familia tuvo que refugiarse en Argentina, específicamente en la región de Junín de los Andes, buscando una oportunidad de supervivencia.
Allí, la madre de Laura se vio obligada a aceptar la protección de Manuel Mora, un hacendado adinerado que se convirtió en su concubino. Esta relación irregular atormentaba profundamente a la pequeña Laura, quien desde temprana edad comprendió que su madre vivía en situación de pecado ante la iglesia. La niña creció dividida entre el amor a su madre y el rechazo a las circunstancias morales que la rodeaban.
A pesar del ambiente hostil, Laura encontró refugio espiritual en el colegio de las Hijas de María Auxiliadora. Las religiosas salesianas se convirtieron en sus guías espirituales y le ofrecieron la formación católica que transformaría su visión del mundo. Su devoción crecía mientras observaba con dolor la situación de su madre.
El voto que cambió su destino
La espiritualidad de Laura alcanzó dimensiones extraordinarias cuando conoció la frase evangélica sobre el amor supremo. Las palabras de Jesús acerca de dar la vida por los amigos calaron hondo en su corazón infantil y germinaron una idea radical. Laura decidió ofrecer su propia existencia a Dios a cambio de la conversión de su madre Mercedes.
Este voto secreto no fue un impulso momentáneo sino una decisión meditada que mantuvo con firmeza. La niña comenzó a mortificarse y a multiplicar sus oraciones con la esperanza de que Dios escuchara su súplica. Mientras tanto, su relación con Manuel Mora se deterioraba progresivamente, pues el hacendado veía en Laura un obstáculo para su dominio sobre Mercedes.
Las religiosas del colegio notaban la intensidad espiritual de la niña, quien destacaba por su piedad excepcional. Laura participaba en todas las actividades de la iglesia con fervor inusual para su edad, combinando la vida estudiantil con una devoción que sorprendía a sus maestras. Su compromiso iba mucho más allá de la obediencia infantil habitual.
Enfermedad y revelación del sacrificio
En 1903, Laura contrajo tuberculosis, una enfermedad mortal en aquella época sin tratamiento efectivo. Su salud se deterioró rápidamente mientras la infección pulmonar avanzaba sin piedad. Los médicos no podían hacer nada por una niña que parecía consumirse día tras día entre fiebres y debilidad extrema.
Durante su agonía, Laura reveló finalmente a su madre el voto secreto que había hecho. Le confesó que había pedido a Dios morir a cambio de su conversión y salvación eterna. Mercedes quedó devastada al comprender que su hija había ofrecido su vida por ella, enfrentándose a la magnitud del sacrificio que estaba presenciando.
El 22 de enero de 1904, Laura Vicuña falleció en Junín de los Andes rodeada de las religiosas salesianas. Sus últimas palabras fueron de amor hacia su madre y de aceptación gozosa de su destino. Poco después, Mercedes del Pino abandonó efectivamente a Manuel Mora y se reconcilió con la iglesia, cumpliendo así el deseo supremo de su hija.
Beatificación y reconocimiento universal
El proceso de beatificación de Laura comenzó décadas después de su muerte, impulsado por testimonios de su santidad. Un milagro atribuido a su intercesión resultó determinante: la curación inexplicable de la religiosa Ofelia del Carmen Lobos, quien padecía una enfermedad pulmonar terminal. Los médicos la habían desahuciado, pero tras rezar a Laura recuperó completamente su salud.
La comunidad científica de la Congregación para las Causas de los Santos catalogó el caso como recuperación 5 sobre 5, es decir, completamente inexplicable por la ciencia. Este milagro confirmó la santidad de Laura y aceleró el procedimiento eclesiástico. El 3 de septiembre de 1988, durante las celebraciones del centenario de la muerte de San Juan Bosco, Juan Pablo II la declaró beata.
Desde entonces, la devoción a Laura Vicuña se ha extendido especialmente en América Latina. Su figura representa un modelo de amor filial extremo y de confianza absoluta en la providencia divina. Miles de familias acuden a su intercesión buscando la reconciliación y la sanación de vínculos rotos.
Legado espiritual en la actualidad
Hoy, Laura Vicuña es considerada patrona de las víctimas de abuso e incesto y protectora de niños en situaciones familiares difíciles. Su historia resuena con fuerza en contextos donde menores sufren por las decisiones de los adultos. La iglesia la propone como ejemplo de que incluso en circunstancias adversas es posible mantener la dignidad y la fe.
Numerosas instituciones educativas salesianas llevan su nombre en Chile, Argentina y otros países latinoamericanos. Cada 22 de enero se celebran misas en su memoria y se renuevan las oraciones por las familias en crisis. Su tumba en Junín de los Andes recibe peregrinos que buscan inspiración en su testimonio.
El mensaje de Laura trasciende lo religioso para plantear preguntas sobre el amor incondicional y el sacrificio. Su vida brevísima demostró que la santidad no requiere años sino intensidad de entrega. La beata Laura Vicuña permanece vigente como símbolo de esperanza para quienes enfrentan situaciones familiares dolorosas y buscan caminos de redención.









