Los accidentes de tren forman parte de la memoria colectiva de España, aunque siempre reaparezcan como si fueran algo excepcional. ¿Cómo es posible que, con sistemas cada vez más sofisticados, sigan produciéndose tragedias ferroviarias? ¿Qué falló realmente cuando todo parecía estar bajo control?
Cada gran siniestro reabre el mismo debate, si fue un error humano, un fallo técnico, una negligencia estructural o algo más difícil de asumir. La historia demuestra que casi nunca hay una sola causa, sino una cadena de decisiones, omisiones y circunstancias que se repiten con el paso de las décadas.
Desde Torre del Bierzo hasta Angrois y ahora Adamuz, los patrones se repiten. Cambian los trenes, cambia la tecnología, pero las causas profundas siguen siendo inquietantemente similares.
El error humano: cuando una decisión lo cambia todo

El factor humano aparece de forma recurrente en los grandes accidentes ferroviarios de España. Excesos de velocidad, mala interpretación de señales, errores en cambios de agujas o una reacción tardía han estado detrás de tragedias como Angrois en 2013 o el descarrilamiento del Intercity Miguel de Unamuno en Navarra en 1997. En muchos casos, no se trata de imprudencias deliberadas, sino de fallos en contextos de alta presión y rutinas mal diseñadas.
Lo más preocupante es que el error humano rara vez actúa solo. Suele ir acompañado de sistemas que no corrigen a tiempo, protocolos incompletos o una confianza excesiva en que “nunca pasa nada”. La investigación de Angrois dejó claro que, aunque el maquinista circulaba a casi el doble de la velocidad permitida, el sistema no estaba preparado para frenar automáticamente en un punto crítico conocido desde hacía años.
Fallos técnicos y mantenimiento: cuando la infraestructura falla

Otra constante en los peores accidentes de tren es el estado de las vías y los sistemas técnicos. Choques en tramos de vía única, fallos de señalización, defectos en cambios de agujas o, como ahora se investiga en Adamuz, problemas en la soldadura del carril. En Chinchilla (2003), el choque frontal entre un Talgo y un mercancías expuso los riesgos de una red donde la tecnología no siempre estaba a la altura del tráfico que soportaba.
El caso de Torre del Bierzo en 1944 es el ejemplo más extremo, frenos deficientes, túneles sin condiciones de seguridad y una gestión opaca de la tragedia. Ocho décadas después, el contexto es otro, pero la pregunta sigue siendo la misma, ¿se invierte lo suficiente en mantenimiento preventivo o se actúa solo cuando ocurre lo irreversible? Los accidentes más graves suelen producirse en puntos donde el sistema ya había mostrado señales de alerta.
Sabotajes, pasos a nivel y riesgos estructurales olvidados

Aunque menos frecuentes (ó es lo que todos creemos hasta el momento), los sabotajes y las interferencias externas también han dejado su huella en la historia ferroviaria. Durante décadas, los pasos a nivel sin barreras fueron uno de los puntos más mortíferos de la red. El atropello de un autobús escolar en Juneda (Lérida) en 1988, con 15 muertos (10 de ellos niños), o el accidente de Chirivella en 1980 recuerdan que el tren no circula en un entorno aislado.
Estos riesgos estructurales suelen quedar fuera del foco hasta que ocurre una tragedia. La convivencia entre carretera y ferrocarril, el vandalismo o la falta de protección en determinados tramos siguen siendo vulnerabilidades reales. No son fallos puntuales, sino decisiones políticas y presupuestarias acumuladas durante años, que acaban pasando factura de la forma más dura posible y que se recuerdan sólo cuando ocurren hechos terribles como estos.
Adamuz (2026): la tragedia que vuelve a encender todas las alarmas

El descarrilamiento de dos trenes de alta velocidad en Adamuz (Córdoba) se ha convertido ya en uno de los accidentes ferroviarios más graves de la historia reciente de España. Al menos 39 personas han muerto y más de un centenar han resultado heridas tras el descarrilamiento del Iryo, que invadió la vía contraria y colisionó con un Alvia que circulaba en sentido opuesto.
La investigación apunta, por ahora, a un posible fallo en la soldadura del carril, aunque el Gobierno insiste en que no puede considerarse aún una causa determinante. Lo inquietante es que el accidente se produjo en un tramo recto, recientemente renovado y con trenes que circulaban por debajo de la velocidad máxima permitida. De nuevo, un suceso “extraño” que recuerda que la seguridad ferroviaria no depende solo de la velocidad, sino de la suma de muchos factores invisibles.
La historia del ferrocarril en España demuestra que cada gran accidente deja lecciones, pero también preguntas sin cerrar. La tecnología avanza, sí, pero los errores humanos, los fallos técnicos y las decisiones estructurales mal resueltas siguen ahí. Recordar estas tragedias no es morbo, es una forma de exigir que no se repitan. Porque en el tren, como en la vida, la seguridad real siempre está en los detalles que no se ven.







