Las lentejas del perdón representan una de las tradiciones culinarias más curiosas del catolicismo español. Las monjas carmelitas descalzas del convento de Medina del Campo preparaban este guiso con un kilo de lentejas pardinas y un ingrediente insólito: una medalla de San Miguel Arcángel introducida directamente en la olla durante la cocción. Según la creencia conventual, este santo guerrero "se llevaba los pecados" de quienes consumían el plato.
La receta dejó de elaborarse en 1979, cuando el convento quedó reducido a apenas tres monjas ancianas que ya no podían mantener la tradición. Sin embargo, el recuerdo de estas lentejas persiste en la memoria de Medina del Campo como una mezcla fascinante entre gastronomía y espiritualidad. Las carmelitas aseguraban que tres cucharadas del guiso bastaban para obtener la absolución de faltas menores, lo que convertía cada comida en un acto de penitencia y renovación.
El origen místico de un plato conventual
La tradición de las lentejas del perdón surgió en el siglo XVII dentro de los muros del convento carmelita. Las monjas descalzas, seguidoras de la reforma teresiana, buscaban combinar la austeridad alimentaria con la búsqueda de purificación espiritual. La elección de las lentejas pardinas no era casual: esta legumbre humilde simbolizaba la renuncia a los placeres mundanos.
La incorporación de la medalla de San Miguel transformaba un simple guiso en un sacramento culinario. Las religiosas sostenían que el arcángel, vencedor del demonio según la tradición católica, infundía al plato propiedades sobrenaturales. Durante la cocción, el metal de la medalla liberaba según ellas una "esencia celestial" que impregnaba cada lenteja.
Los testimonios recogidos en archivos parroquiales mencionan que las carmelitas distribuían el plato entre penitentes y pecadores arrepentidos. La receta se transmitía oralmente entre las novicias, y su preparación se consideraba un acto de servicio divino. Ninguna monja podía cocinar estas lentejas sin haber ayunado previamente durante veinticuatro horas.
La receta secreta paso a paso
El proceso comenzaba con la selección meticulosa de un kilogramo de lentejas pardinas de la mejor calidad. Las monjas las lavaban tres veces en agua bendita traída especialmente de la capilla conventual. Este primer paso, aunque parezca anecdótico, resultaba fundamental para la dimensión ritual del plato.
Los ingredientes terrenales incluían los elementos propios de cualquier guiso castellano: cebolla, ajo, pimiento, zanahoria y laurel. Sin embargo, las carmelitas añadían cantidades simbólicas relacionadas con pasajes bíblicos. Por ejemplo, siempre usaban tres dientes de ajo en referencia a la Trinidad, y doce granos de pimienta por los apóstoles.
✓ Lavar las lentejas pardinas en tres cambios de agua
✓ Preparar un sofrito con cebolla, ajo y pimiento picados finamente
✓ Introducir la medalla de San Miguel en el fondo de la olla
✓ Añadir las lentejas sobre el sofrito y cubrir con agua fría
✓ Cocinar a fuego lento durante dos horas sin remover
✓ Servir caliente en cuencos de barro bendecidos
Propiedades atribuidas al guiso sagrado
Las monjas documentaron en sus libros de cocina conventual que el consumo de tres cucharadas constituía la dosis mínima efectiva para alcanzar el perdón. Esta cantidad específica no era arbitraria: representaba los tres días que Cristo pasó en el sepulcro antes de resucitar. Quien comía más de tres cucharadas obtenía, según afirmaban, protección adicional contra tentaciones futuras.
Los efectos atribuidos iban más allá de lo espiritual. Las carmelitas defendían que las lentejas del perdón curaban dolencias del alma que se manifestaban en el cuerpo: melancolía, insomnio y angustia existencial. Varios testimonios del siglo XVIII mencionan casos de personas aquejadas de remordimientos que encontraron paz tras consumir el guiso.
La medalla de San Miguel, una vez finalizada la cocción, se extraía y se guardaba para el siguiente guiso. Las monjas creían que cada uso aumentaba su poder purificador, acumulando virtudes con el paso de los años. Algunas medallas llegaron a utilizarse durante más de un siglo, convirtiéndose en reliquias veneradas dentro del propio convento.
El final de una tradición centenaria
El declive de las lentejas del perdón coincidió con la crisis vocacional que afectó a las órdenes contemplativas españolas en la segunda mitad del siglo XX. En 1979, cuando el convento de Medina del Campo quedó habitado únicamente por tres ancianas carmelitas, la preparación del plato se volvió físicamente imposible. La última monja que conocía todos los detalles rituales falleció ese mismo año.
Los intentos posteriores de recuperar la receta fracasaron por la falta de documentación escrita precisa. Aunque se conservaron versiones aproximadas del guiso, la dimensión espiritual y ceremonial se perdió irremediablemente. Algunos historiadores gastronómicos han tratado de reconstruir el proceso basándose en testimonios orales de descendientes de antiguas beneficiarias.
Hoy, las lentejas del perdón perviven únicamente como memoria cultural en Medina del Campo. Ocasionalmente, algún restaurante local ofrece una versión moderna del plato, aunque sin la medalla de San Miguel ni las oraciones que acompañaban su preparación. La receta original permanece como uno de los ejemplos más singulares de cómo la fe católica permeó hasta los aspectos más cotidianos de la vida conventual española.









