Mientras tú estás en 2026, en Etiopía aún están en 2018 (y tienen razón científica)

Mientras gran parte del mundo celebró la entrada a 2026, en Etiopía apenas están en 2018 según su calendario tradicional. Esta diferencia de ocho años no es un error ni una excentricidad, sino el resultado de un cálculo distinto sobre el nacimiento de Jesucristo que la Iglesia Ortodoxa Etíope mantiene desde hace siglos. El país africano conserva uno de los sistemas calendáricos más antiguos del planeta, con 13 meses y un año nuevo que se celebra en septiembre.

Etiopía vive en un año completamente diferente al resto del planeta. Mientras en enero de 2026 el mundo occidental da por hecho que han pasado más de dos milenios desde el nacimiento de Cristo, los etíopes apenas están transitando por el año 2018 de su calendario tradicional. Esta brecha temporal de aproximadamente ocho años no surge de un capricho cultural, sino de profundas raíces teológicas y astronómicas que desafían nuestra percepción del tiempo.

El fenómeno revela cómo diferentes civilizaciones han desarrollado sistemas propios para medir los ciclos solares, y Etiopía se mantiene como uno de los últimos bastiones de un calendario que precedió al gregoriano. La diferencia no solo afecta al número del año, sino también a la estructura completa de los meses, las celebraciones y hasta la forma de contar las horas del día.

La diferencia matemática detrás de los 8 años

El calendario etíope, conocido también como calendario Ge'ez, calcula que el nacimiento de Jesucristo ocurrió entre siete y ocho años más tarde que lo establecido por el calendario gregoriano. Esta discrepancia proviene de los cálculos realizados por la Iglesia Ortodoxa Copta, que utilizó métodos astronómicos y textos bíblicos distintos a los empleados por la Iglesia Católica cuando el papa Gregorio XIII reformó el calendario juliano en 1582.

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La diferencia no es arbitraria. Los estudiosos etíopes basaron sus cálculos en tradiciones alejandrinas que contabilizaban de forma diferente los años transcurridos desde la Anunciación. Mientras el mundo adoptaba el sistema gregoriano con fines de precisión agrícola y eclesiástica, Etiopía preservó su método ancestral ligado a la Iglesia Ortodoxa fundada en el siglo IV.

Este desfase temporal significa que cuando el resto del mundo celebra el año nuevo el 1 de enero, los etíopes esperan hasta el 11 de septiembre (o el 12 en años bisiestos) para dar la bienvenida a su nuevo año. El día coincide con el final de la temporada de lluvias y el florecimiento de las flores amarillas adei abeba que cubren el paisaje.

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Los 13 meses que estructuran el año etíope

El calendario etíope tiene una arquitectura radicalmente distinta al gregoriano. En lugar de 12 meses irregulares, cuenta con 13 meses bien definidos: doce meses de exactamente 30 días cada uno, más un decimotercer mes llamado Pagumē que contiene cinco días (seis en años bisiestos). Esta estructura deriva directamente del antiguo calendario egipcio y posteriormente del copto.

✓ Los primeros 12 meses tienen exactamente 30 días sin excepción
✓ El mes Pagumē funciona como ajuste con 5 o 6 días epagomenales
✓ El año bisiesto añade el día extra en septiembre, no en febrero
✓ Cada mes etíope abarca partes de dos meses gregorianos
✓ Los nombres de los meses provienen del idioma ge'ez ancestral

Los meses etíopes llevan nombres como Mäskäräm, Ṭəqəmt, Ḫədar y Taḫśaś, que no tienen equivalencia directa con enero, febrero o marzo. Cada uno de estos periodos de 30 días se distribuye entre dos meses del calendario occidental, creando un mosaico temporal único. Por ejemplo, Mäskäräm abarca desde el 11 de septiembre hasta el 10 de octubre.

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La celebración de la Navidad etíope cae el 7 de enero del calendario gregoriano, mientras que su año nuevo (Enkutatash) se festeja con el esplendor de las flores amarillas que marcan el fin de las lluvias. Este sistema de 2018 mantiene una coherencia interna absoluta basada en ciclos solares puros.

El sistema horario que desconcierta a los visitantes

Más allá del calendario, Etiopía utiliza un sistema de medición del tiempo que divide el día de forma completamente distinta. En lugar de contar 24 horas desde la medianoche, los etíopes comienzan a contar desde el amanecer, alrededor de las 6 de la mañana. Esto significa que las 7 de la mañana en tiempo occidental equivalen a la "una de la mañana" en tiempo etíope.

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El día etíope se divide en dos períodos de 12 horas que inician con la salida y la puesta del sol. Las 12 del mediodía occidentales corresponden a las seis del día etíope, mientras que las 6 de la tarde marcan las doce etíopes. Este sistema refleja una conexión ancestral con los ritmos naturales de luz y oscuridad en una región ecuatorial donde las variaciones estacionales de luminosidad son mínimas.

Los etíopes no emplean las designaciones "am" y "pm", sino que especifican "mañana", "tarde" o "noche" para contextualizar. Sin embargo, en entornos comerciales y gubernamentales, especialmente en interacciones internacionales, se adopta el sistema occidental para evitar confusiones. Todos los documentos oficiales internos, no obstante, siguen rigurosamente el calendario y horario tradicionales.

Por qué Etiopía conserva su calendario milenario

La persistencia del calendario etíope responde a factores históricos, religiosos y de identidad nacional. Etiopía es una de las naciones cristianas más antiguas del mundo, habiendo adoptado el cristianismo como religión oficial en el siglo IV bajo el rey Ezana, evangelizado por San Frumencio. Esta antigüedad eclesiástica creó instituciones robustas que preservaron tradiciones propias independientes de Roma o Constantinopla.

A diferencia de gran parte de África, Etiopía nunca fue completamente colonizada por potencias europeas. Aunque Italia la ocupó brevemente entre 1936 y 1941, el país mantuvo una soberanía sustancial durante la era colonial que permitió conservar sus sistemas culturales intactos. El calendario etíope se convirtió en símbolo de resistencia e identidad frente a influencias externas.

La Iglesia Ortodoxa Etíope, con más de 36 millones de fieles, ejerce una influencia cultural profunda que trasciende lo religioso. El calendario regula no solo las festividades cristianas, sino también la vida cotidiana, los ciclos agrícolas y las transacciones comerciales internas. Abandonarlo implicaría romper con siglos de continuidad cultural que los etíopes valoran como patrimonio vivo de su civilización.

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