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Túnez, 14 ene (EFE).- Miles de personas salieron hoy a la avenida Bourguiba, principal arteria de la capital de Túnez, para celebrar el quinto aniversario de la caída de la dictadura de Zine el Abedin Ben Ali y apoyar la revolución, que lucha por mantenerse como la excepción de las fallidas primaveras árabes.

Banderas de todos los colores, con la enseña nacional roja como clara protagonista, ambiente festivo y decenas de pequeñas manifestaciones de los diferentes partidos, asociaciones y colectivos mostraban el Túnez emergido en 2011, tras la huida del dictador.

Una sociedad diversa, tan profundamente laica como extremadamente tradicional islamista, que trata de forjar un espacio de convivencia pese a las tensiones políticas, la acuciante crisis económica, la frágil cultura democrática y el auge del yihadismo.

“No, todavía no hemos conseguido el objetivo que nos planteamos para la revolución. Han sido cinco años de manifestaciones, de movimientos”, explicó a Efe Nidal Eluch, líder estudiantil en 2011 y miembro del partido socialista.

“No veo que la revolución esté en el camino hacia su objetivo, pero soy optimista y creo que vamos a llegar”, subrayó.

Más pesimista se mostraba su compañero de lucha Rami Esgaid, uno de los jóvenes que coordinó la sentada en la Kasba, zona del Túnez antiguo donde se mezcla el zoco y los edificios del gobierno.

“Yo creo que la revolución ha sido traicionada por los partidos políticos. Todos los partidos están concentrados únicamente en sus cálculos políticos en lo que ellos llaman consenso, pero todos han olvidado los objetivos de la revolución”, señaló.

Subrayó que “la gente de la revolución ha sido marginada y no participa en las tomas de decisiones políticas”.

Esgaid es uno de los muchos que creen que el alzamiento de 2011 tendrá un segundo episodio, aunque no se atreve a pronosticar con qué fuerza y de qué naturaleza.

“Cinco años después, nosotros la gente de la revolución estamos en el camino de regresar a las calles para manifestarnos contra el estado de dictadura, contra los obstáculos a las libertades individuales porque ahora mismo nada ha cambiado”, insistió.

Las dudas de los activistas están relacionadas con el regreso de la tensión partidista, con el desplome de la formación laica Nidá Tunis y el nuevo fortalecimiento de los islamistas de An Nahda, pero también con ciertas políticas que ha adoptado el Gobierno con la excusa de la lucha contra el yihadismo.

Creen que la ley con la que el Ejecutivo trata de aflorar miles de millones de dólares a través de la amnistía fiscal a miembros del antiguo régimen supone una traición.

Y que el recurso al estado de emergencia para la lucha contra el terrorismo, que ha llevado a miles de personas a la cárcel en los últimos meses, significa una retroceso en los derechos adquiridos tras el levantamiento.

“No puedo decir que haya habido cambios, pero puedo decir que hay muchos asuntos que continúan su proceso revolucionario y que la resistencia contra la voluntad de quien quiera en el Gobierno actual retornar al pasado va a continuar”, dijo a Efe Wesam Esgaid, activista de derechos humanos.

Los tunecinos confían, sin embargo, en la experiencia que supuso superar la primera crisis, la de 2012-2013, cuando las tensiones en el seno de la troika, dirigida An Nahda, y los primeros asesinatos políticos amenazaron con hacer descarrilar la transición.

La fundación por parte del actual presidente del país, Beji Caid Essebsi, del partido Nidá Tunis, en el que se incluyeron grupos diversos y el esfuerzo del cuarteto, integrado por el sindicato UGTT, la patronal UTICA, la Asociación de Abogados y la Liga de Derechos Humanos, salvó aquel envite.

Su trabajo ha sido reconocido este año con el premio Nobel de la Paz, una forma, además, de intentar revitalizar el resto de “primaveras árabes” que estallaron al socaire de la tunecina.

Nidá Tunis se fraccionó esta semana, víctima de las mismas tensiones de 2012 y de las ambiciones de Hafed Essebsi, hijo del presidente, al que se acusa de aliarse con el poder económico y con miembros del antiguo régimen para suceder a su padre.

Los disidentes de la formación también se quejan del peso que día a día vuelve a ganar An Nahda, fundamental para la estabilidad del actual Gobierno de coalición y primera fuerza en el Parlamento tras las defecciones.

A estas tensiones se une el auge del yihadismo, que en 2015 segó la vida de 72 personas -60 de ellas visitantes extranjeros- en tres cruentos atentados, y la crisis económica, agudizada por el paro y el hundimiento de la industria turística. EFE

jm-ma/acm

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