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Igor G. Barbero

Dacca, 17 dic (EFE).- Bangladesh vivió el auge de una violencia extremista islámica sin precedentes en un país de mayoría musulmana, tradicionalmente moderada, en el que se han registrado asesinatos selectivos de blogueros, intelectuales y extranjeros, por parte de grupos aún no definidos mientras sigue la crisis política.

Encadenado a una crisis política permanente, 2015 comenzó con un primer trimestre muy agitado por la oposición, que promovió bloqueos y huelgas casi a diario en busca de un adelanto electoral, con protestas que terminaron degenerando en actos vandálicos que causaron la muerte de más de un centenar de personas.

Pero los rifirrafes políticos en este polarizado país dejaron pronto de ocupar portadas con el inicio del goteo de muertes de blogueros ateos y críticos con el fundamentalismo islámico que comenzaron a ser asesinados brutalmente a machetazos en la oficina, en la casa o en plena calle.

La serie de homicidios fue inaugurada con el reconocido escritor estadounidense de origen bangladesí Avijit Roy, atacado junto a su esposa a finales de febrero cuando salía de la Feria del Libro, en el corazón de la Universidad de Dacca, considerado el epicentro de la clase intelectual bangladesí.

Tras su muerte, tres blogueros más corrieron la misma suerte y, en octubre, los extremistas fueron un paso más allá lanzando dos ataques sincronizados en distintos puntos de la capital contra dos editores seculares que habían publicado obras escritas de Roy, acabando con la vida de uno de ellos.

El Gobierno de la primera ministra, Sheikh Hasina, apenas reaccionó ante estos crímenes, que ni siquiera condenó, mientras que la Policía tardó meses en practicar arrestos significativos y cuando lo hizo, tras fuertes críticas de los blogueros por falta de protección, los resultados fueron puestos en tela de juicio.

Según las autoridades, Ansarullah Bangla Team (ABT), una formación extremista autóctona emergente, es el principal grupo sospechoso de los ataques, aunque estos también han sido reivindicados por la rama de Al Qaeda en el subcontinente indio, una filial creada en 2014.

En otoño, la situación en el país asiático dio una vuelta de tuerca: un cooperante italiano, Cesare Tavella, y un ciudadano nipón, Hoshi Kunio, fueron asesinados en el intervalo de una semana en Dacca y una región septentrional.

Ambas acciones, inéditas en un país en el que los extranjeros se han sentido generalmente seguros, fueron reclamadas a las pocas horas por Estado Islámico (EI) en supuestos comunicados recogidos por la compañía especialista en asuntos terroristas estadounidense SITE, y marcaron la primera aparición del grupo de la bandera negra en Bangladesh.

Las autoridades, no obstante, reaccionaron negando cualquier presencia del EI en su territorio y apuntando desde el primer momento a sus opositores políticos, a los que acusaron de querer desestabilizar al Gobierno.

Para mayor desconcierto, en el momento de los atentados se estaban produciendo revisiones de sentencias contra dos destacados líderes de la oposición en el marco de los juicios por crímenes cometidos durante la guerra de 1971, en la que Bangladesh se independizó de Pakistán.

Los fallos judiciales, que afectan sobre todo al principal partido religioso, el actualmente ilegalizado Jamaat-e-Islami, son una promesa con la que Hasina regresó al poder y han llevado ya a la horca a tres líderes islamistas y un ex alto cargo del Partido Nacionalista (BNP) de la ex primera ministra Khaleda Zía, acérrima rival de Hasina.

La Policía llevó a cabo de hecho algunos arrestos en sintonía con la teoría conspirativa del Gobierno, pero mientras defendía esa versión las acciones terroristas se dispararon entre octubre y noviembre y fueron reivindicadas en su mayoría por Estado Islámico.

Fueron atacados policías en puestos de control, un pastor cristiano y representantes de otras religiones; un misionero católico italiano y una procesión de la corriente musulmana minoritaria chií, algo sin precedentes en los últimos años.

El deterioro de la seguridad ha llevado a algunas firmas extranjeras a suspender temporalmente o limitar sus actividades en Bangladesh, un país con importante presencia de compañías en el sector textil, sobre el que ahora comienzan a cernirse dudas.

Más allá de las conspiraciones y falta de claridad, una conclusión une a los analistas: tras una década de avances antiterroristas, los grupos extremistas locales parecen haber empezado a buscar inspiración en grupos radicales foráneos, mientras el país sigue en su inestabilidad política crónica. EFE