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Borís Klimenko

Kiev, 10 dic (EFE).- Tras un dramático 2014 -marcado por una revolución, la pérdida de Crimea y la sublevación prorrusa en el este del país- Ucrania navega hacia 2016 por aguas más calmadas, con el conflicto armado prácticamente congelado y el foco internacional centrado en la amenaza yihadista.

La escalada de las tensión en las últimas semanas en la región de Donetsk, con escaramuzas entre las milicias prorrusas y las fuerzas de Kiev, no parece representar un serio peligro para la paz que se ha instalado en el este de Ucrania.

Para muchos observadores, más bien obedece a una lógica de tensar la cuerda para reivindicar la atención del mundo ahora que la crisis ucraniana ha sido relegada a un segundo plano en la agenda internacional.

La ofensiva lanzada por las milicias prorrusas en enero fijó la línea de separación entre los sublevados y las tropas gubernamentales, inamovible desde la firma en febrero pasado de los Acuerdos de Minsk con mediación de Rusia, Francia y Alemania.

Rusia aparenta haber perdido interés por su vecino y centra sus esfuerzos en ponerse al frente de la lucha contra el terrorismo islamista, personificado por el autoproclamado Estado Islámico (EI).

Incluso el poderoso aparato de propaganda desplegado por Moscú para alimentar el sentimiento patriótico de los rusos y justificar la sublevación prorrusa, se ha olvidado de Ucrania para centrarse en Siria.

Las capitales europeas también prestan cada vez menos atención a las agoreras y reiteradas advertencias de Kiev sobre las “malvadas” intenciones del Kremlin, que según algunos dirigentes ucranianos amenaza la seguridad de toda Europa y tiene la mirada puesta en los países del Báltico.

Silenciadas las armas, la disputa entre Kiev y los rebeldes prorrusos ha pasado al plano político, donde podría quedar enfangada en las irreconciliables diferencias que exhiben los dos bandos.

En resumidas cuentas, Ucrania pretende recuperar el control sobre los territorios controlados por los separatistas, mientras que los rebeldes, respaldados por Moscú, exigen un amplio autogobierno con prerrogativas de política exterior que les permitirían, por ejemplo, bloquear el acercamiento del país a la OTAN o la Unión Europea (UE).

Así las cosas, las partes implicadas en el conflicto no han llegado a ningún acuerdo más allá del alto el fuego -negociado y renegociado una y otra vez-, y el repliegue del armamento pesado de la línea que separa sus posiciones en el frente.

En la dimensión política, la última reunión celebrada en París a comienzos de octubre pasado entre los mandatarios de Rusia, Ucrania, Francia y Alemania no logró sino constatar el abismo que hay entre Kiev, por un lado, y los prorrusos y Moscú, por otro.

Las autoridades ucranianas y los líderes rebeldes no tardaron más que unos días en desvirtuar con sus exigencias el acuerdo alcanzado por el llamado formato de Normandía, que instó a los dos bandos a consensuar un marco legal que permita celebrar elecciones locales en los territorios sublevados.

Aunque Kiev se comprometió a consultar los pormenores de esa ley electoral con los separatistas, sigue negando toda legitimidad a los líderes de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk, a los que tacha de traidores mercenarios a sueldo del Kremlin.

Considera que las actuales autoridades rebeldes, salidas de las elecciones del 2 de noviembre de 2014, no representan al pueblo, y exigen la anulación de los resultados de aquellos comicios.

Tampoco precisa Ucrania con quién estaría dispuesta a negociar la ley electoral y la reforma de la Constitución, otro de sus compromisos fijados en los Acuerdos de Minsk.

Los rebeldes, a su vez, se niegan a devolver a Kiev el control de la frontera que comparten con Rusia e insisten en pedir una amnistía total para sus combatientes y la concesión de un estatus especial de autogobierno.

El conflicto armado en el este de Ucrania estalló en mayo de 2014, poco después de la sublevación prorrusa que siguió al derrocamiento del entonces presidente ucraniano, Víktor Yanukóvich, y la llegada al poder de una alianza europeísta que se propuso como meta la integración del país en la Alianza Atlántica y la UE.

Según los últimos datos de la ONU, más de 8.000 personas, entre civiles y combatientes, han muerto en la zona del conflicto desde esa fecha. EFE