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Noelia López

Berlín, 9 dic (EFE).- La llegada de alrededor de un millón de solicitantes de asilo ha planteado a Alemania su mayor reto desde la reunificación, un desafío que enfrenta la canciller, Angela Merkel, con la sociedad y el gobierno divididos.

La crisis de los refugiados, agudizada en verano con centenares de miles de personas cruzando las fronteras europeas en dirección a Alemania, se convirtió este 2015 en el eje del debate político y social del país, perplejo ante un problema que la potencia europea se siente incapaz de solucionar en solitario.

En 2014 se superaron las 200.000 peticiones de asilo, la cifra más alta registrada desde 1992, durante la guerra de los Balcanes, y en los primeros meses de este año, cuando las previsiones oficiales hablaban de la llegada de 450.000 refugiados, los estados federados y los municipios ya habían lanzado la voz de alarma.

No había alojamientos suficientes para acogerlos, muchos ayuntamientos estaban desbordados y se sucedía el goteo de ataques xenófobos a albergues.

En agosto estalló la crisis. El recrudecimiento del conflicto sirio y las precarias condiciones de los campos de refugiados en países como Turquía empujaron a miles de sirios a huir hacia el corazón de Europa, destino también de miles de albaneses, afganos, kosovares e iraquíes.

El Gobierno alemán elevó sus previsiones y asumió que este año llegarían al país en torno a 800.000 solicitantes de asilo, cifra que rechaza revisar, pese a que ya ha quedado obsoleta.

El 5 de septiembre, ante la situación humanitaria que se vivía en Hungría, Alemania y Austria decidieron abrir sus fronteras al paso de refugiados, una medida que sólo estuvo en vigor una semana, pero que se convirtió en el principal argumento de quienes desde entonces critican a la canciller y tachan su gestión de errática.

La fría Merkel, que en julio había provocado el llanto de una niña palestina al recordarle que muchos solicitantes de asilo tendrían que abandonar Alemania, pasó a ser, en septiembre, la principal responsable de los crecientes flujos de refugiados que llegaban al país.

La crisis abrió grietas en el gobierno de gran coalición, que reformó la normativa de asilo para restringir prestaciones a los refugiados e intentar frenar las llegadas. Pero sobre todo dividió a las filas conservadoras de Merkel, que meses antes ya se habían agrietado al votar el último paquete de rescate a Grecia.

La Unión Socialcristiana (CSU), el ala bávara de la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Merkel, exige poner límites a la acogida y ha liderado los reproches a la canciller, que se embarcó en sucesivas reuniones y cumbres para recuperar la paz y evitar que las fricciones políticas se trasladaran a la calle.

Para entonces, la ciudad de Dresde ya era conocida en muchas partes del mundo por acoger las manifestaciones de los “Patriotas europeos contra la islamización de occidente”, Pegida, un movimiento xenófobo que reúne cada lunes en la calle a miles de personas.

Este grupo, que había cobrado fuerza a principios de año, pero que luego entró en una fase agónica en medio de rencillas internas, cobró de pronto nuevo brío en octubre, apuntalada en la crispación social y política generada por la llegada incesante de refugiados.

Frente a esa imagen de la Alemania que teme y rechaza la llegada de extranjeros se sitúan los miles de voluntarios que en septiembre acudieron a la estación de tren de Múnich para recibir a los refugiados y que desde entonces siguen colaborando en la acogida en innumerables puntos del país.

Apenas una noticia consiguió arrebatar titulares en Alemania a la crisis de los refugiados en el segundo semestre del año: el escándalo de Volkswagen.

El reconocimiento del primer fabricante automovilístico europeo de que había manipulado millones de motores para trucar las emisiones contaminantes de sus vehículos sacudió a toda la industria alemana.

Se desconoce todavía las repercusiones financieras de ese caso o el daño que ha podido infligir a la marca “Made in Germany”, dañada ya en marzo por la tragedia aérea de Germanwings y la constatación de que la principal aerolínea del país, Lufthansa, había sido incapaz de detectar el transtorno de uno de sus copilotos.

Entre la crisis humanitaria de los refugiados, el escándalo de Volkswagen o la catástrofe aérea, en la que murieron 150 personas, Alemania ha ido descubriendo unas debilidades que contrastan con sus saneadas cuentas pública y cifras macroeconómicas. EFE