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Los palestinos cierran 2015 con falta de liderazgo ni horizonte político

María Sevillano

Ramala, 7 dic (EFE).- La creciente debilidad del presidente de la ANP, Mahmud Abás; las nulas expectativas del proceso de paz con Israel, el resurgimiento de la violencia y la sensación de que la comunidad internacional ha rebajado su interés en el conflicto marcan un año en el que Palestina apenas ha registrado avances.

2015 empezó con un giro en la estrategia palestina para obtener su derecho a la autodeterminación: Así, el 2 de enero se solicitaba la adhesión a la Corte Penal Internacional como colofón a un proceso que les llevó en los últimos años a unirse a más de 40 tratados e instituciones internacionales.

La decisión es clara: dejar en manos de la comunidad internacional, y no de las constantemente fallidas negociaciones bilaterales con Israel, la resolución del conflicto y el establecimiento de un estado palestino independiente.

El enfoque de la internacionalización se apoyó también en Francia, socio en el diseño de una propuesta de resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que pretendía poner un plazo de 18 meses al fin de la ocupación israelí, que finalmente nunca vio la luz.

Según el nuevo paradigma, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) reveló su intención de “revisar” las relaciones con Israel y amenazó con poner fin a la cooperación en seguridad, en vigor desde 1995 y que finalmente no se paralizó.

En paralelo, continuaban los problemas internos, que llevaron en junio a la ruptura del gobierno de unidad palestino acordado el año anterior, poniendo en evidencia las disputas irreconciliables entre el movimiento nacionalista Al Fatah, que controla Cisjordania, y el islamista Hamás, que hace lo propio en la franja de Gaza.

Desde que Hamás tomó el control de la franja en 2007 los acercamientos han sido tan repetidos como infructuosos, y ninguno de los dos movimientos palestinos ha aceptado un acuerdo de mínimos sobre cuestiones clave como la convocatoria de elecciones.

Además, en el último año, Gaza no dejó de reprochar a Ramala lo que considera el abandono de los casi 2 millones de personas que viven atrapadas en el reducido enclave, incapaz de desarrollarse bajo el bloqueo israelí y donde el proceso de reconstrucción tras la guerra de 2014 apenas ha avanzado.

Los desacuerdos políticos se unen a la creciente debilidad de Mahmud Abás, de ochenta años, y a quien buena parte de los palestinos no reconocen ya ni liderazgo, ni proyecto, ni legitimidad.

Los rumores sobre su retirada y su mala salud y las elucubraciones sobre su posible sustituto contribuyen a debilitarle.

En un intento de reafirmar su liderazgo, Abás anunció en agosto su retirada como presidente del Comité Central de la OLP, una maniobra para forzar su renovación y abordar cambios estratégicos en una institución que designó este año un nuevo secretario general, el histórico jefe negociador palestino Saeb Erekat.

El principal objetivo de Erekat en la organización es muy claro: incluir a todas las facciones, entre ellas Hamás y la Yihad Islámica, hasta ahora no representadas en el principal órgano político palestino, algo que podría despertar nuevas suspicacias en la comunidad internacional.

Mientras el engranaje político se ajusta y las posibilidades de un temprano fin de la ocupación se difuminan, en la sociedad palestina cunden la frustración y falta de esperanza, que están detrás de la cadena imparable de ataques y de enfrentamientos con las fuerzas de seguridad israelíes que se inicia el 1 de octubre.

Dichas acciones se han cobrado en dos meses la vida de más de un centenar de palestinos y de una veintena de israelíes.

Días antes del inicio de la oleada de violencia, Abás responsabilizó a Israel ante la Asamblea General de la ONU de la ausencia de compromiso y advirtió de que los palestinos no se sentían ya vinculados a respetar los Acuerdos de Oslo, principal hoja de ruta para la paz en los últimos 20 años.

El asesinato, en julio, de tres palestinos miembros de una familia (entre ellos un bebé de nueve meses) en un ataque de colonos judíos extremistas que incendiaron su vivienda mientras dormían y la campaña islamista de denunciar que la mezquita de Al Aqsa está bajo agresión israelí, son otros de los factores que elevaron la tensión a un nivel sin precedentes desde hace una década.

Pero, pese al deterioro de la seguridad y las penosas perspectivas políticas, parece que el mundo ha descartado de sus prioridades en estos momentos el conflicto palestino-israelí, cuya relevancia queda difuminada ante la incendiaria situación que viven otros países de Oriente Medio, el avance del grupo yihadista Estado Islámico en Irak y Siria, el incremento del terrorismo de esa índole en Occidente y la crisis de los refugiados. EFE

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