viernes, 25 septiembre 2020 19:36

Menos luces que sombras en el peor atentado de la historia de Tailandia

Alberto Masegosa

Bangkok, 7 dic (EFE).- Tailandia sufrió el pasado 17 de agosto un atentado que costó la vida a 20 personas y las autoridades calificaron del peor de la historia del país, y sobre el que, cuatro meses después, aún se proyectan más sombras que luces.

Un tribunal militar ha presentado cargos contra los dos únicos detenidos por colocar la bomba que causó el matanza en el centro Bangkok, lo que no disipó la incertidumbre que desde el inicio rodea el ataque, cuya autoría no se ha atribuido ninguna organización.

Los imputados, Mohammad Bilal y Yusufu Mieraili, están acusados de conspiración, asesinato y posesión de explosivos aunque no de terrorismo cuando el proceso fue trasladado de la justicia civil a la castrense por considerarse que afecta a la “seguridad nacional”.

Tanto Bilal y Mieraili -así como la mayoría de otras 17 personas sobre los que se ha dictado orden de arresto y se encuentran en paradero desconocido-, pertenecen a la comunidad uigur, minoría musulmana del oeste de China que reclama el autogobierno.

Según la versión oficial, el grupo habría actuado en venganza por la deportación por Tailandia de un centenar de uigures a China y también en represalia por la lucha de las autoridades tailandesas contra las mafias que trafican con personas de esa comunidad.

Esa versión se vio favorecida por el hecho de que el templo hindú que fue escenario de la masacre es frecuentado por turistas chinos.

No hay precedentes, sin embargo, de atentados uigures fuera de China ni de ataques de ese calibre de mafias de tráfico de personas.

Y la ausencia de reivindicación permite que en círculos políticos locales se contemple la posibilidad de un origen “interno”.

“Creo que el ataque se enmarca en la situación interna del país”, apuntó el profesor de Harvard y ex parlamentario Kriengsak Chareonwongsak, que destacó al “carácter político” del atentado pese al intento oficial de vincularlo con la delincuencia común.

Kriengsak evitó especular sobre la autores intelectuales pero no descartó que el ataque respondiera a “luchas intestinas”.

El atentado se produjo en vísperas de que el Parlamento tailandés -nombrado por la junta militar que gobierna el país desde la asonada castrense del año pasado-, rechazara contra todo pronóstico un borrador de nueva Constitución impulsado por el propio Ejército.

La nueva Carta Magna debía conducir a la convocatoria de elecciones generales y la restauración de un Gobierno civil para poner fin a la crisis política que continúa abierta desde que las Fuerzas Armadas dieran en 2006 su anterior golpe de Estado.

Pero el rechazo del borrador constitucional prolonga la estancia de la junta militar en el poder y el vacío institucional.

El último capítulo de esta espiral de inestabilidad se produjo en la última semana de noviembre, cuando el jefe de la junta militar, el general Prayuth Chan-ocha, denunció un presunto plan para atentar esta vez contra su persona y propagar la violencia en el país.

“Arriesgo mi vida pero no tengo miedo”, comentó Prayuth, tras formular la denuncia y acusar del presunto complot al llamado “Frente Unido Nacional por la Democracia contra la Dictadura”, cuyos miembros son conocidos popularmente como las “camisas rojas”.

Un portavoz del UDD, grupo que simpatiza con la familia Shinawatra -que lideraba los Gobiernos civiles anteriores a los golpes de 2006 y 2014-, negó las acusaciones y culpó a la junta militar de “inventar historias” para esconder otros problemas.

De acuerdo con las autoridades, la nueva oleada terrorista se iba a producir el 5 de diciembre -cuando se celebra el 88 cumpleaños del rey Bhumibol, cuyo precario estado de salud le obliga a permanecer hospitalizado-, y con motivo de las celebraciones de Año Nuevo. EFE