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Santiago de Compostela, 4 ago (EFE).- En Angrois, el barrio rural compostelano que en la víspera de este 25 de julio, el día más negro de Galicia, vivió un accidente con toda su crudeza y decibelios, las huertas cercanas a la infraestructura ferroviaria están destrozadas.

Las labores de auxilio tras el violento impacto de un Alvia, con un saldo de 79 muertes y más de 150 heridos, así como las tareas de los profesionales de la comunicación que se han apresurado a ocupar las mejores localizaciones, han echado por tierra las cosechas.

Uno de los vecinos, que prefiere resguardarse en el anonimato, muestra a Efe su terreno, hoy exánime. Ni lechugas, ni patatas, tampoco ajos ni nabos. “No me ha quedado nada. Pero no hemos pedido una compensación. ¿Qué vas a hacer ante una tragedia así? Ayudar y olvidarte de lo demás”.

Como él, opina otro residente, el de la casa que está a su lado.

Lindan puerta con puerta. “Ha hablado personal de Adif -el administrador de infraestructuras ferroviarias- con nosotros, y conversaciones hay. Pero no hemos pedido dinero. Es trabajo tirado por la borda, sí, lo es. Pero ¿y lo que se ha perdido aquí, qué?”.

Lo dice porque el terrible siniestro del convoy está en su mente permanentemente, el topetazo, los gritos, el llanto, la muerte, los 79 fallecimientos, esos más de 150 heridos…

“Voy a ver si como algo e intento echarme la siesta, si consigo dormir”, cuenta a Efe amablemente, y asegura que todos, los otros y él mismo, tratan de olvidar, aunque está resultando muy difícil.

“Cuando nos vemos ni siquiera lo comentamos. Procuramos no hablar del 24J. A ver si así lo logramos. Pero es complicado. Esta ha sido, como a efectos informativos se dice, la zona cero”. Y, desde ella, se despide. EFE

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