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Es una pequeña secuela física de las más de 15 horas de trabajo incansable que tanto él como sus compañeros de la agrupación de Protección Civil de Caldas (Pontevedra) desempeñaron en las horas que siguieron al terrible descarrilamiento del Alvia en el barrio compostelano de Angrois hace hoy una semana.

José tiene 35 años, está casado, lleva desde antes del 98 vinculado a la atención de emergencias, y cuando recibió el primer aviso del accidente acababa de salir de un turno de 12 horas en su trabajo como técnico del 061, pero no tardó más que unos minutos en avisar al alcalde de Caldas, Juan Manuel Rey, para pedirle permiso e irse con otros tres compañeros, sin perder un minuto, camino de la curva de A Grandeira.

Al llegar allí se encontraron con la dura estampa de los cuerpos sobre las vías, “una imagen que quema bastante la retina”, según rememora con entereza.

A partir de ahí se pusieron a las órdenes de los bomberos de Santiago, “unos verdaderos leones”, ayudándoles en la extracción de los fallecidos y en la noria de evacuación del hospital de campaña.

“Hay un trabajo que la mayoría de la gente desconoce que es el de la coordinación de turnos y relevos, sobre todo en una catástrofe de esta magnitud, para que el nivel de asistencia no baje”, explica.

Durante más de 10 horas, Sieiro y sus compañeros -a los cuatro iniciales se les unieron otros dos- trabajan sin parar, y ya durante la mañana del día 25 se afanan en localizar enseres personales de las víctimas entre los vagones.

Es en ese momento cuando la cámara de EFE lo retrata, sentado sobre las vías, cabizbajo.

“Las horas acumuladas, el cansancio, estar pendiente del equipo, el teléfono que no para de sonar, necesité sentarme un minuto a respirar en paz”, recuerda José, que le dijo a un compañero que tenía que salir un minuto del vagón “sí o sí”.

“Hay un momento en que si no paras, la adrenalina te tira al suelo, eres más un estorbo que una ayuda”, indica.

Pero tras la pausa volvió a la ingrata faena durante tres cuartos de hora más; agotados, muchos todavía sin comer y con horas acumuladas, decidieron posteriormente regresar a Caldas tras comprobar que el grueso del trabajo estaba hecho.

Después pasó el fin de semana y los voluntarios empezaron a acusar el golpe emocional.

“Un compañero me comentaba que las dos primeras noches no podía dormir, que solo veía vías y mantas”, relata.

El lunes, acudieron al funeral.

“Creímos que debíamos hacerlo. El impacto psicológico ha sido bastante fuerte y el ánimo está tirado por el suelo, pero hay que seguir aportando a la sociedad, sacas fuerzas de donde no las hay”.

Sieiro intenta ahora no seguir demasiado de cerca los avances en la investigación de las causas del siniestro, aunque echa algún vistazo de vez en cuando.

Mientras tanto, enfoca sus esfuerzos a la iniciativa ciudadana en la que participa, que busca introducir la educación cívica y de emergencias en los programas de estudio de los colegios.

“El enfoque es la intervención de los propios vecinos, algo que viene tipificado en la ley de protección y emergencias, porque el ciudadano al principio depende de sí mismo”.