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Madrid, 27 ene (EFE).- Los padres que no tienen tiempo para sus hijos o no saben poner límites, las familias desbordadas, la falta de comunicación y conocimiento de los problemas de los menores, el bajo nivel social y económico o los progenitores abusivos pueden provocar trastornos de conducta en los adolescentes.

En los últimos cinco años, ha aumentado el número de adolescentes con problemas de comportamiento por la crisis económica y los cambios sociales experimentados en la estructura familiar, junto al auge de valores como el individualismo, la necesidad de recompensa inmediata o la poca tolerancia al malestar.

Así se desprende de un informe elaborado por el Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona, a partir de una encuesta realizada a más de 1.300 pediatras, profesores, padres, psicólogos y otros profesionales de la salud mental de todo el territorio nacional para prevenir, detectar y proponer recomendaciones con el fin de abordar estos problemas.

La mayoría de los profesionales encuestados (un 96 por ciento de los pediatras) ha detectado un aumento de los trastornos de conducta, que se han convertido en la primera causa de consulta en los servicios de salud mental para niños y adolescentes por su impacto en el entorno familiar y escolar.

La irritabilidad, la pérdida de amistades, el abuso de sustancias, la escasa capacidad de atención, el bajo rendimiento académico, la poca tolerancia a la frustración o la pérdida de valor ante la autoridad pueden indicar la aparición de problemas de comportamiento en los menores, ha explicado el psicólogo clínico, Josep Matalí, coordinador del informe.

Las dificultades de aprendizaje y el trastorno por déficit de atención (TDAH) son los problemas de comportamiento que han experimentado un mayor aumento, aunque también ha crecido el número de consultas por trastorno negativista desafiante (TND) y por trastorno disocial.

El trastorno por déficit de atención, que genera un mayor número de visitas a los servicios de salud, se caracteriza por la dificultad para mantener la atención, la hiperactividad o el exceso de movimiento. Su incidencia está entre el 3 y el 7 por ciento de la población, con más frecuencia entre los chicos.

Con una prevalencia entre el 1,5 y el 3,4 por ciento de la población, principalmente entre los varones, el trastorno disocial implica actitudes que atentan contra los derechos de los demás o las normas sociales, como el acoso, las amenazas, las peleas, el uso de armas o los robos.

El trastorno negativista desafiante sigue un patrón de desobediencia y hostilidad hacia las figuras de autoridad, con accesos de cólera, discusiones con adultos o actitudes quisquillosas o vengativas. Afecta a entre un 3 y un 8 por ciento de los niños, siendo dos y tres veces más frecuente en varones.

La mayoría los participantes en el estudio han reclamado un aumento de los recursos, una mejora de la coordinación entre los diferentes profesionales implicados, así como de la formación sobre los problemas de conducta.

El coordinador de la investigación “Adolescentes con trastornos de comportamiento, ¿Cómo podemos detectarlos? ¿Qué se debe hacer?” ha apostado por el abordaje multidisciplinar entre pediatras, educadores, padres y profesionales de la salud mental para la prevención y el tratamiento de los problemas de conducta.

Jesús García, de la Sociedad Española de Pediatría Social, ha destacado que entre las situaciones que generan niños hiperactivos o “intoxicados con pastillas” se encuentran las familias “de hecho, de desecho, de techo y de lecho” o los padres con “estrés y cansancio” que “tiran la toalla”.

El profesor Miguel Ángel Martínez Egido, ha resaltado la importancia de “poner límites a tiempo” por parte de los educadores y los padres para evitar trastornos de conducta, con claridad en la exposición, coherencia, constancia y consenso. EFE

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