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Viena/Belgrado, 16 dic (EFE).- Más de 850.000 personas de Oriente Medio y África han entrado en Europa en 2015 huyendo de la guerra y la miseria. La novedad: la inmensa mayoría no ha llegado por Italia tras cruzar el Mediterráneo, sino a pie por la llamada “ruta de los Balcanes”, después de alcanzar las costas griegas.

La odisea comienza en las playas turcas del mar Egeo, desde donde parten hacia a las cercanas islas griegas a bordo de abarrotadas lanchas neumáticas.

De los 712.000 refugiados que llegaron a Grecia hasta finales de noviembre, más de la mitad lo hizo a través de la diminuta isla de Lesbos.

En su desesperado intento por alcanzar Europa, casi 3.600 personas han muerto ahogadas.

El corredor balcánico hacia el norte de Europa es considerado mucho menos peligroso por los refugiados que una travesía en barco a Italia desde Libia, país sumido en el caos tras el derrocamiento de Muamar el Gadafi en 2011.

Desde Grecia, la ruta sigue hacia Macedonia, Serbia, Croacia y Eslovenia hasta llegar a los destinos favoritos de los refugiados, como Austria, Alemania y los países escandinavos.

Sirios, iraquíes y afganos son mayoría en el camino, desesperados por empezar una nueva vida en un lugar seguro.

Desde mediados de noviembre, los países balcánicos solo permiten seguir viaje a los ciudadanos de esos tres países, al entender que el resto son “emigrantes económicos”, lo que critican la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

En su viaje los refugiados se enfrentan a numerosos obstáculos, a largas esperas a la intemperie, al frío y la lluvia, a interminables caminatas y viajes en tren y autobús, al miedo a contrabandistas y estafadores que solo ven en ellos una fuente de dinero y a la no siempre acogedora actitud de la Policía.

Ni los niños ni las mujeres embarazadas ni los ancianos se libran de esas penalidades, mientras que las ONG y los voluntarios locales intentan paliar la escasa ayuda de las autoridades.

“No hemos dejado nuestro país porque queramos. Allí no se puede vivir. Nadie quiere ser refugiado, ser extranjero en una tierra que no es nuestra”, explica a Efe Anas, un joven de 25 años de la ciudad siria de Homs cerca de un albergue para refugiados habilitado en la antigua redacción de un diario en el centro de Viena.

“Los ancianos son los que peor lo pasan, el miedo y el cansancio los llevan en el rostro”, agrega, contento de haber llegado a Viena, donde quiere trabajar como informático.

En cada frontera los refugiados deben esperar a ser registrados por unas autoridades a menudo desbordadas por una situación que nadie preveía hace apenas un año.

Los países balcánicos tenían escasas solicitudes de asilo en los años anteriores, mientras que en 2015 son decenas de miles las peticiones, procedentes en su mayoría de Siria, inmersa en una guerra civil desde hace más de cuatro años.

La afluencia masiva ha dividido a la Unión Europea (UE), con la canciller alemana, Angela Merkel, defendiendo que el bloque debe cumplir sus compromisos de asilo.

Mientras, otros líderes, como el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ha criminalizado a los refugiados, a quienes define como meros “inmigrantes económicos”.

Orbán fue pionero en el uso de las vallas limítrofes como respuesta a la actual oleada de asilados. A mediados de septiembre Hungría cerró su frontera con Serbia y, en octubre, la de Croacia.

Desde entonces las cifra de llegadas ha caído en picado, desde más de 5.000 por día hasta menos de diez personas.

ACNUR y numerosas ONG acusan a Hungría de no respetar el derecho de asilo, ya que la mayoría de las escasas peticiones que llegan ahora son rechazadas.

Otros países como Eslovenia, Austria y Macedonia han decidido también levantar vallas en la ruta, aunque matizan que no será para cerrar la puerta a los refugiados, sino para regular su flujo.

La llegada de miles de refugiados a los Balcanes y la falta de una respuesta común europea han generado asimismo fricciones regionales, donde las heridas por las guerras de desintegración de la antigua Yugoslavia aún no están cicatrizadas.

Tras los atentados de París del 13 de noviembre, en los que murieron 130 personas, algunos países como Polonia y Eslovaquia han decidido no aceptar a refugiados dentro del plan europeo de reubicación.

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, ha pedido en repetidas ocasiones evitar poner “en pie de igualdad a emigrantes, solicitantes de asilo, refugiados y terroristas”.

Aunque los atacantes de París eran ciudadanos europeos, las huellas de dos de los suicidas coinciden con las de dos personas registradas como refugiados en la isla de Leros. EFE