Compartir

La de Carlos Llano es una historia de superación y esfuerzo. Una de esas vidas para las que solo unos pocos parecen llamados. Y, sin embargo, Llano no cesa de repetir en su libro, 'De oficinista a finisher', que no se considera especial.

Hace memoria de sí mismo como un joven más bien vago, con una vida normal en la que el deporte, si bien era una afición, no constituía una actividad más importante que otras habituales en los jóvenes. Su historia comenzó a cambiar con una lesión de rodilla en la universidad: se rompió el menisco y el ligamento cruzado y el médico le dijo que le sería casi imposible volver a hacer deporte.

Al contrario de lo que pudiera pensar el médico, yo estaba seguro de que volvería a jugar al fútbol. Sin tener ni idea de si era la mejor de las opciones, elegí empezar a correr como receta para tener fuertes mis cuádriceps. Comencé corriendo veinte minutos, tres días la semana a 8km/h, en la cinta del polideportivo municipal. No hacía frío y escuchaba música, era la forma más cómoda de hacerlo. No estoy muy seguro de cuándo pasó, pero en algún momento esa obligación dejó de ser tal. Correr me animaba y sentía que tenía más energía para el resto de mis actividades diarias, y pasé a hacer ejercicio de tres a cinco días por semana. Poco a poco se había convertido en un hábito, y si podía, salía correr los siete días de la semana, aunque fuera un ratillo por la noche antes de cenar“.

EL MARATÓN DE LAS ARENAS

Hasta aquí la historia de Carlos puede ser la de muchos aficionados que, poco a poco, asientan sus hábitos y se convierten en 'runners'. Pero en su caso, ocurrió algo especial. Un 'click' mental le hizo dar un paso más allá. Le sucedió viendo por Eurosport la retransmisión del 'Marathon des sables'. “Ver aquellas mil personas corriendo, durmiendo y disfrutando del Sahara me pareció tan increíble que pensé: 'buff', ¡yo también quiero hacer algo así!'; de no verlo, a lo mejor, nunca lo hubiera hecho, quién sabe…“, cuenta.

Pero claro, plantearse un reto como el Marathon des Sables, no es cualquier cosa: se trata de una prueba de entre 6 y 7 días de carrera en la que se recorren 251 kilómetros en total, con las dificultades que supone correr en un mar de dunas y con las altas temperaturas del desierto.

Tuve la mala suerte de que ese año raptaron a tres cooperantes españoles en el Sahara, y yo, ni más ni menos, y de la noche a la mañana le digo a mi familia que me quiero ir al Sahara. La primera reacción fue casi como si me fuera a la guerra“, cuenta.

Más allá de los miedos lógicos ante una experiencia desconocida, la estupefacción de familia y allegados, está la cuestión meramente física. Hoy día Llano admite que lo que hizo fue una locura: “Pasé de correr 40 minutos a hacer el Marathon Des Sables en unos meses. Si hubiera ido más despacio en mi preparación seguro que hubiera sufrido menos“, admite.

En este sentido, y aunque se dice poco amigo de dar consejos, sí tiene algunos para quienes se planteen de pronto enfrentarse a un reto semejante: “Les diría que fueran muy constantes entrenando, que fueran progresivos en distancias e intensidades y, sobre todo, que disfruten, que lo pasen bien“. Y añade: “Ahora están de moda las carreras largas, pero no por ser más larga tiene que ser más divertida. Que cada uno haga lo que le motive con independencia de los demás“.

LA VUELTA AL MUNDO A LA CARRERA

El Marathon des Sables no fue sino el pistoletazo de salida en la nueva vida de Carlos Llano, que hoy compatibilliza su empleo en la banca con las carreras más exigentes del mundo: el Atacama Crossing, el Ultraman de Canadá, la Ultra Africa Race… ¿Qué tienen las carreras que tanto enganchan? “El deporte en general crea adicción y tiene una explicación biológica: cada vez que lo practicamos producimos endorfinas con su consiguiente efecto de bienestar. Cada carrera es una experiencia diferente, un lugar del mundo distinto y un choque cultural nuevo. Es la forma más mágica de viajar que he conocido“, asegura.

En este sentido, de todas sus experiencias Llano destaca los paisajes del Desierto de Atacama. “Es el desierto más árido del mundo y la zona de la Tierra más parecida a Marte y a la Luna. Es un lugar único“.

La belleza de los paisajes y de la experiencia no exime de momentos de intenso sufrimiento, que Llano describe con pelos y señales en su libro. En el Atacama Crossing, por ejemplo, describe el horrible destrozo que supone correr sobre salares, que funcionan casi como cuchillas en las zapatillas del runner. Es en este punto en el que entra en juego el músculo más difícil de entrenar: el cerebro.

Piensas en lo mucho que has entrenado, en lo estricto que has sido, en los días laborables que empiezas a entrenar a las cinco de la mañana para cuadrar entrenamiento y vida laboral, e inmediatamente y por inercia tu cuerpo y tu mente quieren seguir luchando, ese dolor ya no es tan intenso y esa duna es mucho menos empinada“.

Las inscripciones y los viajes hacen que se trate de un deporte caro. Sin embargo, para Llano no es necesario gastarse demasiado dinero en material. “La bicicleta me la compré en el segunda mano y sigo usando el mismo cortavientos o el mismo saco de dormir que me compré hace seis años para hacer la primera carrera“.

UNA FORMA DIFERENTE DE VER EL MUNDO

Uno de los aspectos para él más destacados de estas experiencias es lo que te pueden llegar a abrir la mente. Llano dice sentirse ahora más responsable del mundo y de los demás: “Lo que realmente me hizo cambiar el chip fue viajar al proyecto Wend Be Ne Do en Burkina Faso. Conocí niños que vivían en la más absoluta pobreza, dormían en el suelo y no siempre podían comer, pero no paraban de reír y de jugar. A mí la vida siempre me ha tratado extraordinariamente bien y no supe darme cuenta del todo hasta vivir este impacto emocional tan grande“, cuenta.

Como resultado de esa experiencia Llano de hecho abrió su propia organización, Childhood Smile, dedicada a la captación de recursos y apoyo justamente a ese proyecto, Wend Be Ne Do, del que dependen 326 niños y 259 adultos afectados por el virus del sida en Burkina Faso.

Ahora compatibiliza esta labor solidaria con nuevos retos deportivos que espera poder abordar este año. “Me encantaría hacer alguna carrera en EEUU. Estoy pendiente de que me toque el sorteo de la Western State. También tengo prácticamente decidido ir en Mayo al desierto más antiguo del mundo, en Namibia, a hacer una carrera de autosuficiencia de 250 kilómetros“.